martes, 29 de diciembre de 2009

CRECIENTE DE GARZA

CRECIENTE DE GARZA
CRÓNICAS CANINAS

(Divagancias amazonenses)

Ramón Iribertegui

1

1973
La somnolienta tarde atabapeña comenzaba a despertar y con ella, mi modorra canina se desperezaba poco a poco. Está claro que el clima que tanto influye en la indolencia de los homínidos atabapeños, también repercute en el carácter de nosotros los cánidos. Un desacompasado martillear sobre una antigua y herrumbrosa máquina que se usaba para laminar el caucho en la época de la Rubber Company allá por los años 40, terminó por despertarme. El viejo Siballaba, revertía sobre el hierro oxidado, la profunda arrechera que llevaba por dentro.
Me levanté y con un movimiento típicamente canino, esa especie de sacudida eléctrica que va desde la cabeza hasta el final de la cola y que los humanos no pueden imitar, quedé listo para emprender otra jornada de mi perra vida.
Antes de arrancar, sentado de lado en mis cuartos traseros, jurungué mi oreja con la extremidad inferior derecha y lamí los intersticios de mi pezuña izquierda, mimando una parte de la piel en donde pocos días atrás me había hincado con una espina. Mientras llevaba adelante mi manicura ritual, contemplé de reojo a Don Luis Siballaba en sus obsesionantes y constantes golpes a la máquina laminadora. De vez en cuando engrasaba sus engranajes e intentaba inútilmente mover los pegados rodillos con una manivela. ¡Pobre humano! No lo envidio.
Menudo de complexión, el rostro estaba surcado de arrugas poco profundas y coronado por un negro mechón de pelo lacio. Sus ojos reflejaban el cansancio, no de años sino de penas.
Llevaba una vida más perra que la mía. De madrugada, montaba en su curiara y buscaba su sustento en la generosidad del río. Abandonado por Elisa, su mujer, e ignorado por los hijos, trataba de poner de nuevo en marcha su vida, con idénticos escasos resultados como los logrados hasta ahora con la herrumbrosa y vieja máquina laminadora de caucho. Según me iba alejando del fondo de su casa, se oían cada vez más débiles los tristes martillazos.

Son ya las 5 y media de la tarde atabapeña. Me dirigí hacia el barranco del barrio Solano. A esta hora, cuando el sol traspasaba la frontera y se hacía colombiano, llegaban las primeras curiaras de pescadores. Sus rostros denunciaban el resultado de la pesca. Ya se asomaban los compradores atabapeños y los más agalludos bajaban a trompicones el pequeño barranco y hasta se metían en el agua para revisar personalmente el tipo de pescado y escoger su sarta. Algunos, ni real llevaban, prometiéndole al pescador el pago inmediato. El pescador rezaba para que en la rebatiña no hubiera guardias, ni políticos, pues eran muy malos pagadores... En pocos segundos, el pescador subía el barranco con menguado real y excesiva esperanza.
¿Qué hago yo ahí? No me gusta el pescado crudo... Pero observo al dueño o a la dueña de casa que lleva la mayor sarta. Por la noche caeré furtivamente por los alrededores de esa casa, y si hay suerte y no tengo problemas con mis afines cánidos, me alimentaré suficientemente. Son estrategias que un perro “libre” va ejercitando con inteligencia y premeditación. Aunque los humanos crean que sólo nos mueven los instintos...

Cayó la tarde.
Es sábado y la luz eléctrica se alargará un poco más: hasta las 12. En Atabapo se celebran con alegría el inicio de la vida y la hora de la muerte. No por razones filosóficas, sino porque cuando pare una mujer o se vela un muerto, dejan la luz prendida durante toda la noche. Normalmente, la Planta eléctrica se prendía a las 6 de la tarde y se apagaba a las 9 de la noche. Estamos en el año 1975.
Atabapo, a pesar de ser un pueblo pequeño, conserva el rango de antigua villa, con barrios o zonas muy bien delimitados. No es lo mismo vivir en el Centro que vivir en La Punta o en la Carretera. Como en todo pueblo, hay conciencia de centro y periferia. Para algunos puede convertirse en una referencia social.
La Planta eléctrica, en la esquina sureste del campo de fútbol, había sido hasta hacía poco el límite del pueblo. Poco a poco fueron surgiendo las casas, carretera adelante. Así surgió el barrio La Carretera.
El Barrio La Punta en cambio, bordeaba la pequeña bahía o ensenada que el Atabapo formaba en su creciente, antes de desembocar en el Orinoco.
El Centro, es el barrio cuadriculado en manzanas o cuadras a la antigua usanza española, en torno a la Plaza Bolívar. En momentos de silencio y soledad, un experto puede percibir cierto murmullo de la historia, de tantas generaciones que desde 1758 deambularon por estas calles. Entre el río y la Plaza, el vetusto caserón de Tomás Funes; por allá, hacia el río, cuentan que estuvo la casa en donde éste mató al Gobernador Pulido; más arriba, dicen los viejos que enterraron a los muertos de la rebelión de Mayo de 1913; y siguiendo hacia el Este está el antiguo cementerio que guarda ya muy pocas tumbas identificadas, la más célebre la del tirano Funes.
Rodeando la Plaza están la Iglesia, las Escuelas, los edificios públicos, la Guardia, la Medicatura y otras instituciones oficiales. Sus calles son las únicas del pueblo que tienen un baño de petróleo ya totalmente despellejado.
Ni que decir tiene que el aspecto lúdico, alegre y bochinchero del atabapeño se desarrolla mayormente en los barrios periféricos. Ahí se hacen los bonches y fiestas más sabrosos y también los estropicios y peleas más espectaculares.

Aquella noche, la fiesta en el Barrio de la Carretera arrancó a ritmo de vallenatos y cumbias, salpicada con alegres guarachas de la Billo’s y los Melódicos. A pesar de que en Caracas en esos años, los arreglos de los Dart y los Impala invadían las discotecas con la música de los Beatles, en Atabapo la música colombiana era predominante, aunque también se dejaban oír las llorosas lamentaciones de los Angeles Negros, los Terrícolas y los Pasteles Verdes.
Perico Yumure, el anfitrión, había colocado las sillas delante de la vivienda y con una seriedad extraña, repartía en vasos de plástico blanco los primeros palitos de aguardiente. Su rostro impenetrable no traslucía sentimiento alguno. Daba la impresión de que lo que estaba haciendo lo hacía mecánicamente, como cumpliendo órdenes.
Aleida, su esposa, de mediana estatura y rellenita de formas, rezumaba toda ella ardiente sensualidad. Sus risas en el interior de la casa, rodeada de comadres y amigas, eran más bien escarceos nerviosos y exagerados que denotaban más el cosquilleo sensual que le proporcionaba la cercanía del macho, que las ganas de bailar. De vez en cuando, Aleida oteaba el horizonte exterior asomada a la puerta, como buscando a alguien.
El tocadiscos lo manejaba Obdulio Martínez, un joven estudiante, primo de Perico, a quien le gustaba el bonche y sabía más de discos que de libros.
La gente iba llegando en pequeños grupos: unos en silencio, otros entre risas escandalosas, unos solitarios, otros en pandilla. Se colocaban en semicírculo delante de la casa al otro lado de la calle, como esperando una ceremonia. Los más animosos entraban a la sala en busca de pareja.
La sala de la casa, un espacio de escasos metros con piso de cemento pulido, era la pista de baile. Después de cada pieza, los hombres salían sudando a chorro.
Más alejados estaban los más tímidos o “rosquillas” como les dicen, alrededor de una botella de Guárico. Ellos no bailan nunca. No saben. Ni el alcohol logra desinhibirlos para bailar. Pasan años para conseguir mujer. Muchos de ellos ya dejaron de ser muchachos.
Se celebraba una Promesa. Una razón más que válida para celebrar una fiesta. Las Promesas son para cumplirlas. Si me sale algo bien, le prometo al Santo o a la Virgen montarle una fiesta. Los atabapeños pagaban esas promesas con más fidelidad y prontitud que otro tipo de deudas. Perico Yumure pagaba esa noche una misteriosa y personal promesa.
Algo presentía yo. Mi olfato canino me advertía que algo malo sucedería esa noche. Como en toda fiesta atabapeña, no había nada de comida. Sólamente bebida. ¿Qué hace un perro si no hay hueso? Abandoné la fiesta cuando la música se hacía más romántica: “Y volveré...” lloraban lánguidos los Angeles Negros, y cuando me alejaba lentamente, creí escuchar a lo lejos el bolero “Cuatro cirios encendidos…” en la felpuda voz de Javier Solís. La noche con ese canto se tiñó de una atmósfera pavosa.
Me largué y después de recorrer varias calles del centro, olisqueando aquí y allá, bajé la calle Bolívar hasta la orilla del río, frente al Comando de la Guardia. Allí me enrollé debajo de una voladora volteada a los pies del Cacure de Carlitos Herrera.
En la radio del que estaba de guardia sonaba una melodía suave en la voz aterciopelada de Nicola di Bari cantando en español:
“…un vagabundo como yo,
que busca la felicidad,
en el fondo busca en la vida
un amor que no tiene...”

Me quedé dormido, arrullado por el húmedo rumor del río.

A las tres de la mañana me despertó la algarabía de fuertes gritos y rumor de gente que corría calle abajo. Unas mujeres lanzaban verdaderos alaridos de dolor intercalados de frases en kurripako. Desde mi escondite observé que entre cuatro personas cargaban a un joven sin sentido. Muy pronto prepararon una voladora y acostaron al joven que tenía los ojos cerrados y una espuma blanca cubría sus entreabiertos labios.
A los pocos minutos, la voladora dejaba tras de sí una estela blanca en aquella negra noche que hacía del Atabapo un río profundamente más negro.
Con un breve recorrido entre los dos o tres corrillos de gente que se quedaron charlando a la orilla del río, haciéndome el pendejo, pronto me enteré de lo sucedido: “Celos, malditos celos...” Un Otelo tropical podría escribirse nuevamente... El joven Anaure, recién egresado del servicio militar, fuerte, elegante y pretencioso quiso pescar en pecera. Hacía varias semanas que rondaba a Aleida, la esposa de Perico Yumure. Este, enterado al regreso de su último viaje a Puerto Ayacucho, preparó la fiesta minuciosamente. Bien asesorado por un viejo brujo kurripako, dejó caer una sustancia preparada en uno de los vasos de ron, que inexorablemente fue a parar a manos del joven galán en esa noche.
Lo demás se supone: dolores repentinos, vómitos y arcadas… Ayudado por los compañeros lo llevaron al Dispensario médico. Pronto, el enfermero de guardia, después de auscultarlo, decidió su traslado inmediato a Puerto Ayacucho. En plena noche sin luna. En Atabapo hay motoristas veteranos que conocen el río de memoria.
Anaure llegó cadáver al Hospital. Al día siguiente recibía cristiana sepultura en San Fernando.
Yumure pagó su Promesa y desde aquel día, dos familias se hicieron enemigas para siempre.


DOS

Tengo que hablar de mí. No me gusta hacerlo.
Es raro que un perro hable de sí mismo. Esa debilidad se la dejamos a los humanos. Se cansan de hablar pistoladas, llenan de papel las bibliotecas, archivos, estantes, en todo tipo de lenguas. Papeles y libros que casi nadie conoce. Pero el mundo sigue igualito. ¿Por qué? Cada uno lee lo que le interesa. A nadie le interesa lo que le importa al otro.
Hace poco se dio a conocer el mapa del genoma humano y ¿qué dijeron los científicos? Que los humanos se diferenciaban mucho menos de lo que creían, de nosotros los perros. Pero yo no estoy de acuerdo con esa frase despectiva y racista. Estoy seguro que los perros superamos a los homínidos en más cosas de lo que ellos creen. Y también estoy seguro que los homínidos, al menos muchos de los que yo conozco, tienen mayor coincidencia de genes con las ratas que con los perros.

Me llaman Inavi.
El Inavi es el Instituto Nacional de Vivienda. No sé si me llaman así porque yo no tengo casa, o si mi nombre procede de Inawi, que en lengua Baré significa «perro de agua».
En realidad, yo soy un perro callejero, un vulgar “Cacri” (Callejero-Criollo), un “tamborero”.
Si hurgara un poco en mi pedigrí seguro que encontraría algún antepasado aristócrata, Terrier por parte materna y tal vez un negro Pastor belga entre los ancestros por línea paterna. Pero no quiero ser pedante como los hombres, llamados “amigos del perro”, que a cada rato te están diciendo:
- ¿Sabes?.. Mi abuelo era español, o francés o italiano.
- Mi abuela era canaria o inglesa, o escocesa. Gran cosota...

Yo soy un perro vagabundo, callejero, trashumante, Mi historia comenzó en Caracas en los años tensos del gobierno de Betancourt, el padre de la democracia sostenida, que se abandonó en los brazos del gringo para liberarse de la cayapa que le tendían Chapita y Fidel Castro. No me gustaban los tiros ni las bombas y ya entonces, no me interesaba ninguna ideología que no fuera la de mi sobrevivencia.
Sin saber ni cómo ni por qué, aparecí en esta tierra.
Puerto Ayacucho, la capital, me pareció un pueblito del Oeste americano. Muchos bares, algunos comercios, gente que bullía por las calles a pesar del intenso calor húmedo, pegajoso, con plazas acogedoras y sombreadas por enormes mangos y sarrapios.
Exceptuando a una hilera de jivi a las puertas del cine “Continental” propiedad del viejo Alcalá, lo que más resaltaban en los hombres eran las facciones mestizas sumamente variadas. El mestizaje en el hombre, como en el perro, es predominante en esta región. De vez en cuando entre los homínidos sale un Hitler alemán o un Arzallus vasco con pretensiones racialmente “puras”. Entre los perros todavía no surgió ningún profeta de pedigríes excluyentes. Los que sí excluyen, son los dueños de los perros que transfieren y pagan en sus mascotas, el pedigrí exclusivo y puro que quisieran para ellos. Por eso yo no tengo amo.
Recorrí todo el Sur, de aquí para allá, pasando hambre como todo perro entre indios. De ese tiempo me quedó esta estructura corporal alargada y flaca como la de un galgo subdesarrollado.
En tiempos de Caldera, con el programa de Codesur, el estado hizo un gran esfuerzo para hacerse presente en estas tierras olvidadas del Amazonas: grandes proyectos de producción agropecuaria, estudios sobre futuro desarrollo minero, inicio de trabajos de infraestructura, carreteras, picas, mejora y aumento de las comunicaciones y… hasta fundación de pueblos fantasmas, como San Simón del Cocuy en el profundo sur.
Fue en este tiempo cuando, escondido en una de las muchas chalanas que transportaban material de construcción y distribuían sacos de semilla de pasto caducada por las diversas comunidades indígenas, desembarqué en San Fernando de Atabapo. Y aquí me quedé. Aquí desarrollé mi filosofía canina, la base ideológica de todo perro callejero, el auténtico perro libre. Me identificaba con lo que cantaba Sabina, el rockero español que como yo, tiene alma de perro callejero:
“...algunas veces vuelo,
y otras veces me arrastro
demasiado a ras del suelo.
Algunas madrugadas me desvelo,
y ando como gata en celo
patrullando la ciudad...”

Yo no soy un perro sujeto a dueño, ni soy perro que menea la cola servilmente ante el amo que le tasa una comida cuando a él le da la gana. No soporto ver esos perros domesticados por sus amos que se dejan lavar con champú de olor, que les aplican secador, y se dejan poner lacitos de colores.
Yo no tengo casa. Mi hogar es la tierra. No tengo responsabilidades de cuidar casa, ni esposa, ni hijos. No tengo códigos ni leyes. Vago de aquí para allá, según me conviene. Duermo aquí o allá. Me da lo mismo. Lo que no tengo no lo deseo, lo que tengo, lo regalo o lo comparto libremente. Es mi generosidad la que me hace superior a los demás. Aunque no tenga nada, soy más rico que los demás. El único pecado que yo no soporto es la tacañería, la pichirrez, el egoísmo.

Los patrones culturales del cacri están reflejados y proceden de nuestro mito de origen. Algunos creen que nosotros somos el bagazo de los animales. Que somos una equivocación de la naturaleza. Que podíamos dejar de existir y todo seguiría igual. Pues, no señor. También nosotros tenemos nuestro bagaje cultural. También nosotros tenemos algo que enseñar al resto de los mortales.
Ciertamente que esto hará reír a más de un homínido pretencioso. Si hasta con los de su especie fomentan ese racismo, xenofobia y marginalidad, figúrense ustedes los que pensarán de nosotros los cacri. Sí aceptan como compañía a perritos bonitos, obedientes, que se arrastran delante de sus amos como esclavos sumisos.
Nosotros somos el prototipo de la libertad, de la ruptura de todo tipo de yugos y cadenas, sean éstas de hierro o de oro. Y esto nos viene a nosotros desde muy antiguo, lo cargamos ya en los genes. Los antiguos nos han transmitido el origen de este ethos, de esta forma de ser en el mundo, de lo que en realidad es un perro cacri.
Nuestra cultura es ágrafa, por lo que la transmisión oral fue fundamental en lo que voy a contar ahora. Los canólogos, al igual que los antropólogos, siempre se preocuparon por la conservación de estos signos culturales más que por la liberación del hambre, las enfermedades, y en nuestro caso, de las pulgas y garrapatas que nos aquejan. Algunos canólogos dicen: “Debemos darnos prisa en codificar todo lo relacionado a esta cultura, tipo de ladrido, mitos, ritos, tradiciones, bailes, etc… de tal manera que, aunque desaparezca esa especie canina, su gran riqueza cultural se conserve en el tiempo.”

Este es uno de nuestros mitos de origen:

“Sucedió en la cuna del tiempo, después del diluvio universal, cuando al salir del arca de Noé, hombres y animales tuvieron que hacer un esfuerzo enorme de reproducción para poblar la tierra nuevamente.
La especie canina estuvo siempre domesticada o condenada (según desde el ángulo que se mire) a vivir en convivencia con los hombres. Solo una rama o clan de “Canis lupus” hizo la guerra por su cuenta y rechazó todo tipo de habitabilidad con los hombres, porque estos estaban empeñados en enseñarles el debido respeto por las ovejas y otros animales caseros. Ellos no lo aceptaron y se fueron a la guerrilla hasta el día de hoy.
Entre los demás descendientes del Supercanis, nuestro ancestro común, no tardaron en asomar sus dferencias.
Un grupo clánico agarró para sí las casas mejores, los homínidos más ricos y las matronas más exquisitas. Estos son los que hoy conocemos como “Canis agallutus”, es decir que, en lugar de pulmones tenían muchas agallas. Miraban, por encima del hombro a los otros perros a los que consideraron eso: el perraje.
Los excluidos del reparto del poder, los llamados “Canis simples”, son los ancestros de nosotros, los actuales “cacri”.
Ahí empezaron a gestarse nuestros genes y asentarse las bases de nuestra cultura. Pero faltaba aún lo que daría la impronta o sello imborrable de nuestra filosofía de la vida.
Como los hombres se organizaron en sociedades y formaron gobiernos, también los cánidos se dispusieron a formar un gobierno.
Se lanzaron dos candidatos que lideraban las dos filosoflas de vida del mundo canino: un “Canis agallutus”, con gran poder y riqueza que había aprendido muy bien la astucia, las triquiñuelas legales y las trampas de sus amos, que lo asesoraban, poniendo a su disposición todo tipo de recursos. Por otro lado, estaba un “Canis simplex” liderando a todo el perraje, a los cacri. Sin recursos económicos, novatos en política, idealistas, con el supuesto apoyo de una mezcla de tendencias divididas entre liberales y talibanes que se mordían entre sí. Con quintacolumnistas que recibían por debajo prebendas del “Canis agallutus, esperando sólo la ocasión oportuna para pasarse al enemigo. Todo esto, daba muy pocas esperanzas de triunfo.
No obstante se comenzó a trabajar con ahínco. Se formaron comités para recolectar fondos económicos, asesores de imagen para presentar al candidato con una mayor simpatía, acceso a los medios de comunicación, se creó una trama de relaciones en las zonas más deprimidas donde habitaban los cacri etc.
La esperanza crecía día a día. La concientización del perraje avanzaba progresivamente según se acercaba el día de las elecciones. Los “Canis simplex” confiaban en el apoyo de la mayoría.
Y así fue. Ganaron los cacri. Ganó el perraje. Aquello fue una gran fiesta. Hasta algunos “Canis agallutus” se disfrazaron de cacri para celebrar ese día, se mezclaron con el perraje y le dieron sus palmaditas en el hombro al candidato ganador.
Fue el triunfo de la esperanza. Se vislumbraba un horizonte de cambio, de progreso. Los cacri volvíamos a ser gente, como en los tiempos míticos, en donde no había diferencias entre animales de dos o más patas.
Pero ¡qué desilusión! Poco tiempo después de la victoria, nuestro líder fue transformándose al contacto con el poder y del dinero. Cuando un líder termina una discusión o diálogo argumentando: “Esto es así porque lo digo yo, que soy la máxima autoridad”, está demostrando incapacidad absoluta para gobernar.
Ya no confió más en sus amigos, aquellos que lo habían ayudado en el camino a la victoria. Fue cerrando puertas y ventanas y se convirtió en un animal solitario, accesible sólo para un pequeño grupo de asesores extraños; se encerró en un entorno muy estrecho y se olvidó de aquellos que lo habían ayudado a derrotar al “Canis agallutus”.
La desilusión fue tan grande entre todos los “Canis simplex” que desde entonces, nunca más quisieron saber de gobiernos, ni de estados caninos, ni de clases sociales, ni de leyes, ni de amarras a líder o patrón alguno.
El cacri se hizo anarquista total. El perro cacri se convirtió desde entonces, en el prototipo del perro libre por excelencia”.

Ahora, después de esta pequeña zambullida en la mitología ancestral canina, el lector ya está en grado de comprender un poco más la filosofía de la vida de un Cacri. Te invito a que continúes.

A veces, me invade una sensación de soledad y romanticismo. Los humanos creen que es su patrimonio exclusivo. Contemplo la belleza de la noche, el guiño cómplice de las estrellas y canto con Sabina, ese cantor de la vida bohemia y callejera:
“Y algunas veces suelo recostar mi cabeza
en el hombro de la luna;
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad,
que se llama soledad....”

Pero trato de sacudirme esa pesadilla y practico mi deporte favorito mientras recorro una y otra vez las calles del pueblo.
En las noches oscuras, practico el “racquet club “, esto es, paso raqueta a aquellos que, ahítos de alcohol, amanecen tumbados en las aceras. Es una lucha por la vida y además es divertida. Es interesante ver sus caras cuando despiertan, descalzos, o buscando inútilmente sus carteras. Todavía no lo han declarado deporte olímpico, a pesar de su antigüedad.

Soy adeco de corazón, porque políticamente es lo que más se parece a un perro callejero. El adeco es diplomático, no dice nunca que no, promete siempre y después hace lo que le da la gana, teniendo siempre una excusa para todo.
- Mira, compañero, necesitaría unas láminas de zinc para...
- No se preocupe, compañero, eso está hecho. Venga mañana...
Y al día siguiente el “compañero” salió de viaje.., y no se sabe cuándo viene.
No tienen enemigos eternos. El que hoy es una rata para ti, mañana puede ser tu curruña, tu pana querido. Nunca dicen “jamás”, sino “puede ser”, “tal vez”, “quizás”. Aunque se cierren todas las puertas de salida, siempre dejan una ventana como vía de escape. Así como los jivi son maestros de la sobrevivencia ancestral, los adecos son maestros de la sobrevivencia política. El gen adeco nunca muere. Se transforma, se mimetiza, se disfraza… pero no perece. Eso sí, en los últimos veinte años se contagiaron de virus EPA y se convirtieron, como narra nuestro mito, en “Canis agallutus”.
Los cacri estamos vacunados contra eso, pero los científicos aseguran que los adecos y los copeyanos fueron los vectores más importantes de dicho virus. Y ya está haciendo estragos entre los que les sucedieron en el poder, sobre todo en los que se creían químicamente puros: los militares.
Tradicionalmente, el pueblo pobre, el cacri humano, fue adeco. Este partido, a pesar de que intencionalmente cultivó en estas tierras la ignorancia que le produjo grandes dividendos, hay que reconocerle que caló profundamente en la sicología de la gente. Ama lo que ama el pueblo, fomenta y estimula sus defectos, y en su inconsciente, todo adeco pobre quiere ser como el adeco rico que le habla y le engaña.
El copeyano en cambio, no llegó a calar en el pueblo. Es más acartonado que el adeco y cae mejor entre las clases medias y altas. Además tiene el «sambenito» de curero, y el pueblo sencillo es cristiano, pero no curero.

Un perro viejo como yo, no quiere pasar por la vida sin dejar algo a la posteridad. Sin cursos de postgrado, ni aportes a la investigación como hacen los humanos, nosotros los cánidos debemos valernos como aquel famoso candidato a presidente, de la “universidad de la vida”. Nuestra tecnología se basa en la observación. El hombre en cambio, le gusta experimentar en los otros.
El hombre es un salvaje que va a la luna y es experto en computación y hace experimentos con los animales que más se le parecen: las ratas y los monos. Menos mal que no nací ratón o mono.
Con mucha paciencia y observación de la tecnología miniaturista de los japonenes, construí dos mini-Chips experimentados en mí mismo, no en otros. Los coloqué disimuladamente, uno en cada oreja: el “caraotómetro” en la derecha. Ya ustedes saben bien lo que detecta. Y el detector del virus “EPA”, en la izquierda.
Apenas me encuentro con alguien que sufre de alguno de esos virus, el minichip envía una señal ultrasónica percibida solamente por mi oído canino. Si los hornínidos descubrieran este invento mío, serían capaces de presentar mi candidatura para el premio Nobel y me enviarían a Suecia... Me figuro a un cacri vestido de frac... Sería horrible.

De mis antepasados, de la época del caló barriobajero caraqueño, conservo algunos términos que sólo un grupo de atabapeños iniciados entiende. Les pongo un ejemplo con su traducción:
Alguna noche, si estoy “en la quebrada de Tacagua” (sin dinero, quebrado) y hay “Velódromo Teo Capriles “(un velorio) o algun vecino “hediondo a mortadelo “(muy enfermo, agonizante), me doy un “voltio “(una vuelta) por allá para echar un “Vicente”(una ojeada), por si hay algún “novillo” (novato, inocente) a quien darle una “jalea de mango” (jaladera) para bajarle unas “lucas”(mil Bs.) -o- al menos unas “tablas “(cien Bs.), o hacerle un “Roberto Hurtado” (un pequeño hurto, robo). Después, si hay algún “sobrino “(sobrante) o “algodón “(algo) de “villasmil”(dinero), iremos a “pedal y bomba”(a pie) a la otra parranda. Si tenemos problemas con algún “chuleta ahumada “(chulo, alzao), le damos “cortijo y su combo” (corte) y “chao baby” (adiós, nos vamos)…
Soy tempranero.
Cuando aún no clarea el día y apenas el olor a guarapo colado comienza a olisquearse por las esquinas de Atabapo, ya regreso yo de mi primer periplo por el pueblo y comienzo a planificar mi día, porque la vida de subsistencia debe planificarse muy bien, de otro modo corres el peligro de reducirte a esqueleto andante.
Cuando el pueblo se va despertando y los madrugadores atabapeños se acercan al puerto a esperar el barco de Magua cargado de pescado, casabe, seje y manaca, desde mi escondrijo modulo y humanizo mi voz, cada vez que alguno pasa cerca, diciendo algo así como:
- “Cojo curlember “.
Y el semidormido y despistado peatón responde automáticamente:
- Bien...
- Poco apoco...
O también:
- Más o menos...
- Bien, gracias...

Como en toda vida, humana o canina, se sufre pero se goza. Digan lo que digan los humanos, en la vida estamos para jodemos los unos a los otros.
Caninamente hablando, no es una filosofía muy acertada, pero en mi relación con los humanos he captado que es la mejor.
Es la mía.

TRES

Atabapo a comienzos de los años 70 era un pueblo pequeño y madrugador.
Lo que de él escribió el famoso viajero alemán Koch Grumberg: “Hay muchos holgazanes y les gusta dormir mucho...” es embuste. Lo de holgazanes, no digo nada, pero lo de dormir mucho no es verdad. El atabapeño se levanta temprano; tan temprano, que a veces ni se acuesta…
Aquella madrugada enfilé el camino de Súpiro, la ensenada profunda que hace el Orinoco pocos kilómetros antes de la desembocadura del Atabapo. Allí estaba situada la balsa flotante de la motobomba que surtía de agua al pueblo. Las estrellas parecían cocuyos titilantes picándole el ojo a silenciosos amantes, muy poco antes que la lechosa claridad del alba absorbiera su brillo. (Me pasé de romántico...)
Cuando me asomé al río, una sombra subía por el barranco. Era el viejo “Mandarria” que venía de darse el baño mañanero. Me quedé observándole. Era un hombre de rostro curtido, con unos ojos negros que parecían dos pozos profundos de sabiduría y de misterio, al mismo tiempo que reflejaban una picardía especial que le daba cierto aire juvenil. El pelo abundante un poco rizado, comenzaba a blanquear lo que, sumado a otros detalles, indicaba que los rasgos de los ascendientes criollos prevalecían sobre los indígenas.
Era el que cuidaba y arreglaba la motobomba que proporcionaba el agua al pueblo. Conocía de memoria esa motobomba vieja y remendada. Entre ambos se daba una especie de relación amorosa. Hasta le hablaba cariñosamente, cuando tercamente se negaba a prender:
- Vamos, vieja, ¿qué te pasa? ¿Estás brava? ¿Me vas a echar esa vaina?...
Y con cariño la sobaba como solicitando la respuesta de la vieja maquinaria. El conocía de memoria sus debilidades, pues la había remendado decenas de veces. La quería como si fuera una criatura suya, pues en efecto se podía decir que él la había construido y reconstruido.
La motobomba siempre le fue fiel. Mientras él la mimó, San Fernando nunca se quedó sin agua.
El viejo Mandarria, motobombero del pueblo, además de experto fontanero era conocedor del antiquísimo arte del fuego. Tenía una fragua en su casa y como el dios Vulcano, doblegaba y modelaba el hierro construyendo todo tipo de instrumentos o piezas necesarias, como trempes, zagallas, arpones o enormes clavos para el falqueo de los grandes bongos.
En sus años mozos fue correo. Desde Puerto Ayacucho hasta San Carlos de Río Negro recorrió los ríos a canalete y palanca. No son de extrañar sus nervudos músculos con tal entrenamiento.
No sé si el apodo de “Mandarria” se debía al permanente uso de este instrumento en la fragua, o si en cambio se refería a la fuerza terrible de sus manos. Sus dedos eran de hierro.
Además de herrero y mecánico era también el sobador y curador oficial de todo tipo de esguinces, dislocaciones y problemas de tendinitis. Sus dedos de hierro engatusaban al paciente por un largo rato, calentando la parte afectada con un bálsamo que él mismo componía. Mientras tanto, le narraba los cuentos más estrafalarios e interesantes. Como aquél que le oí contar mientras sobaba el tobillo del curita recién llegado, después de un partido de fútbol. Estaban en la sala, y yo como siempre, haciéndome el loco me enrollé en una esquina, haciéndome el dormido y escuchando todo.
- Estábamos de pesca en el Ventuari. Pescábamos para comer y asábamos algo para llevar a la familia. Sí había mucho pescado por allá. Ribazones de pavón, bocachico, payara… de todo había. Tú echabas el guaral y... ¡zas!.. Ajile seguro... Ahí pescaba hasta el más panema...

Los dedos de Mandarria se deslizaban suavemente por el tobillo lesionado, mientras el paciente, anestesiado por el cuento se había olvidado de su problema.
- Una noche tuve un sueño raro. De repente me encontré hablando cara a cara con un viejo pavón. De esos bien pintados, con un ojo amarillo y negro grande en la cola. Me recomendó que debíamos respetar la naturaleza. Me dijo que nosotros no éramos los amos de todo. Que cada mundo tenía sus leyes y éstas debían cumplirse, pues de otra forma, la armonía se rompería y las consecuencias serían terribles. Al decir la palabra “terribles “, los ojos del pavón brillaron mirándome de forma amenazadora…

Y Mandarria... soba que te soba...

- De mañana, impresionado aún por el sueño, después de tomar el guarapo caliente, le conté a mi compadre Arsenio las impresiones de aquel raro sueño.
- No le pare a eso, compadre. A lo mejor le cayó mal el ajicero de anoche. Mire, ayúdeme a embojotar estos cartuchos de dinamita. Verá qué pesca milagrosa vamos a hacer… Como en los viejos tiempos. Cuando yo era chamo, teníamos que surtir de pescado a los barracones del viejo Néstor. Era el sistema más rápido y efectivo de conseguir pescado…

Y Mandarria, soba que te soba... Y el cura muy atento.

- Esa tarde, antes de oscurecer le acompañé de lejos en la curiara. Arsenio iba en un pequeño bongo con un indio maco que guaruqueaba. Mi pensamiento voló a la conversación con el viejo pavón del sueño, y hasta me pareció verlo asomarse entre las aguas verdeoliva del Ventuari. Estaba yo en estos pensamientos con la mirada fija en el río cuando... ¡¡¡Boooom!!!

- ¡¡¡Coñooooo!!! ¡¡¡Aaaaay!!! - gritó el cura.
- Es la primera vez que le oí gritar una grosería a un cura - dijo sonriendo Mandarria volviendo otra vez a los masajes suaves - Ya está… Ya está.
El viejo después de la suave sobadera, había apretado sus dedos como tenazas de hierro, colocando en su sitio los tendones dislocados. El cura sudaba del dolor.

- Los cartuchos explotaron antes de llegar al agua y la explosión le arrancó de cuajo el brazo a mi compadre Arsenio. Los tendones y la carne quedaron en jirones rodeando apenas el hueso sangrante y descarnado. Aquella noche tuvimos que amputarle el brazo con un machete.
Nunca se me olvidará la mirada del viejo pavón del sueño. Desde entonces, sólo pesqué lo que necesitaba para comer yo y los míos.

- Bueno curita, en la próxima le cuento cómo maté un tremendo caimán de un solo pescozón. Ahora estamos listos para echarnos una bien fría...

Y después de varias horas, terminaron ambos cantando “las mañanitas”…


CUATRO

Atabapo estaba en una encrucijada cultural.
Un pueblo encerrado en sí mismo, con mínimas comunicaciones y población básicamente indígena, se vio sacudido de repente por un ir y venir de personas extrañas, planificadores, proyectistas y también turistas de un organismo estatal llamado Codesur. Los aviones empezaron a venir cada vez con más frecuencia, aunque el Aeropuerto no estaba preparado para tanto ajetreo. Maquinarias enormes llegaron por agua y abrieron picas hacia el Sur.
Uno de los planes era unir San Fernando con el Alto Orinoco y ya estaba proyectado un ferrocarril hacia el Sur. El Ministerio de Obras Públicas y el de Minas establecieron sus oficinas en el pueblo. Aumentó el empleo, aunque sólo temporal, pero en Atabapo comenzó a circular el dinero como nunca se había visto antes. Algunas familias se trasladaron a San Juan de Manapiare, pues ahí estaba el polo de desarrollo más fuerte de Codesur.
El movimiento desarrollista fue enorme y esperanzador, a pesar de que voces críticas advertían sobre los aspectos negativos que incidirían sobre el ambiente y las comunidades indígenas. Unos consideraban que el impacto ambiental era mínimo y controlable, otros en cambio creían que el desarrollismo es un dios Molloch al que necesariamente hay que sacrificar todo lo que entorpezca el llamado progreso.
A los homínidos les encantan estas discusiones y polémicas. Después de hablar en Congresos, Reuniones, Cumbres, Simposios etc. al final se hace siempre lo que dicen los de arriba. Es lo que ellos llaman “democracia participativa”, discuten entre todos, pero las decisiones las toman los de siempre.

San Fernando de Atabapo contaba para aquel entonces, como todos los pueblos del interior, con un Prefecto, un Juez, un Cura y un Sargento. Sólo faltaba el Médico para conformar ese quinteto representante de las fuerzas vivas que no faltan en ningún pueblo tradicional.
El Ciudadano Prefecto variaba según soplaba el viento político desde la capital Puerto Ayacucho, y según se moviera la comidilla de dimes y diretes que surgían entre familias con influencia política. Don Tito era una persona seria, con lentes gruesos de miope... Muy educado como la gente de entonces. Era el único panadero del pueblo y lucía siempre una camisa blanca impecable, de manga larga.
Don Gil, el ciudadano Juez, era un hombre robusto, de tez blanca y ojos extrañamente verdes; coronaba su cabeza con un elegante sombrero “pelo ‘e guama” color marrón oscuro. Su imponente figura clásica atravesaba la Plaza en dirección al juzgado inexorablemente todos los días, a las 8 am.
El Cura Fernández era un dinámico gallego con una gran capacidad apologética y de auto-convencimiento. Su pronunciación de “zetas” y “jotas” profundas chocaban con la suavidad del hablar amazonense. Creía firmemente que los demás estaban tan convencidos como él, de todo lo que predicaba.
El sargento Rodríguez era el Comandante de puesto de la Guardia Nacional. Hombre dialogante y comprensivo. Los Guardias acantonados en Atabapo, por lo general, estaban casados con mujeres de la región y conocían el ambiente e idiosincrasia de la gente. Muy raras veces ocurrían problemas entre civiles y militares. Posteriormente, cuando empezaron a llegar Subtenientes de carrera, jovencitos e inexpertos, comenzaron los problemas.
Con la llegada del Dr. Gerardo en 1961 se completaba el quinteto tradicional representativo del pueblo. Ahora sólo faltaba que se juntaran de vez en cuando para tratar los problemas del pueblo, llevar a instancias superiores las necesidades del común, pautar directrices a la ciudadanía y acaso jugar alguna partida de dominó, tute o ajiley.
La presencia de los médicos en la población fue siempre intermitente. No duraban mucho. Por lo general eran extranjeros.
El joven médico, español, llegaba de Puerto Páez, pequeña población del sur de Apure. Alto, flaco y un poco desgarbado, venía acompañado de su joven esposa, Doña Blanca. Ella superaba los cánones de belleza de las atabapeñas, que en su estilo, también se ven muy bellas.
El pueblo de San Fernando, en su pobreza y con una población de unos 600 habitantes, debió parecerle una ciudad si lo comparaba con la miseria de Puerto Páez. Aunque el ambiente dejado en la España miserable de la postguerra, no era tampoco un grato recuerdo.
De familia tradicional, no tardó en entrar en sintonía inmediata con el cura del pueblo. Su esposa, de carácter muy jovial y trabajadora, se hizo muy amiga de las Hermanitas a las que ayudaba en su trabajo con las niñas.
Desde un comienzo se hizo muy amigo del tradicional P. Fernández.
Como tenía una buena voz, le ayudaba en la misa los domingos cantando antiguos cantos religiosos. También en las veladas académicas de la escuela y en el teatro, el Dr. Gerardo prestó su melosa voz para actos culturales y zarzuelas.
De arraigada fe católica, no se perdía una misa y comulgaba todos los domingos. Buen deportista, promocionó entre los jóvenes el “Atlético Atabapo” un equipo que hizo despegar la fama de Atabapo como el pueblo más futbolístico del Amazonas.
La primera dificultad que tuvo que enfrentar fue la reticencia de Doña Blanca quedarse en el pueblo. Le perjudicaba el clima. Dejaba España, una tierra con problemas, para encontrar otra peor, con más incomodidades. Ya Puerto Páez estaba lejos, ahora San Fernando le parecía el fin del mundo. Pensaba en los hijos que crecerían en este pueblo, desarraigados totalmente de sus familias.
Todas esas razones el Dr. Gerardo las comprendía, pero no quiso mirar hacia atrás. El era joven y dentro de cada español hay un quijote, un aventurero y un conquistador.
Doña Blanca cierto día se fue con los pequeños. Regresó a España.
Gerardo encajó el golpe aparentemente bastante bien. Se entregó de lleno a su trabajo profesional, visitando las familias, organizando la Medicatura, desahogándose en el deporte y reuniéndose con sus contertulios tradicionales:
- Ya lleva un tiempo aquí, Doctor ¿Qué le parece el pueblo? ¿Cómo lo ve? —le preguntó Don Gilberto, el juez.
- Si esta gente sigue bebiendo de esta manera, dentro de unos años tendremos en este pueblo una generación de idiotas.
Los contertulios se miraron serios. Aunque ninguno de ellos bebía excesivamente, el tema del alcohol era tabú a nivel de autoridades. Nadie se atrevía a ponerle el cascabel al gato. Pues, quien más quien menos, tenía una especie de botiquín en su casa. Con licencia expresa o tácita, la venta de alcohol era la base de la economía sumergida atabapeña. La cerveza y el ron eran lo que más ayudaba para redondear los tacaños sueldos.
El cura fue el que más aplaudió la frase de Gerardo, aunque tampoco le caía mal una cervecita, de vez en cuando...

CINCO

El viejo Mandarria lo había repetido varias veces:
- Esa es la cueva de un caimán viejo, está cebado. En verano, de vez en cuando, se deja ver en aquella laja, abriendo por un largo rato su gran bocota hacia e1 sol.

Aquella tarde, un numeroso grupo de jóvenes estudiantes, sobre todo muchachas, salió de paseo hacia Súpiro. Con ellos iba Armindo, el enfermero y el joven Subteniente Chourio Míguez, maracucho, pequeño de estatura, pero muy crecido en pretensiones y personalidad.
Echando ojo a los paquetes y ollas que llevaban, olí que habría abundante y sabrosa comida. Y esto era importante para un Cacri como yo. Por eso, haciéndome el loco como casi siempre, guié a la comitiva por el viejo camino de Súpiro.
El día estaba radiante y nadie pensaba en el caimán, tanto más que Mandarria tenía fama de embustero.
Al subteniente le llamaban “Funecito”. No era mala gente, pero los jóvenes oficiales recién salidos de la Academia, estaban empeñados en hacerle comprender al pueblo que la ley debía hacerse sentir para que se percataran así de la existencia y necesidad de la autoridad y de la importancia de los representantes de esa ley.
¿El pueblo caminaba con toda normalidad y armonía? ¡Eso era lo normal! ¿Qué debía hacer la autoridad? ¡Había que acabar con esa normalidad! Por ejemplo: ¿Había dos carros en el pueblo?... “Hay que pedir los papeles. Los del carro, los del dueño, los del conductor”.
¿Había cuatro motos y siete bicicletas?... “Pedirle papeles a todo el mundo”.
¿Todas las tardes salían los pescadores, a buscar en curiara el pescado de cada día?... “Desde ahora, todo pescador debe pasar por el Comando para dar su nombre. Y al regreso se personará nuevamente en el Comando donde indicará la cantidad y el tipo de pesca”.
¿Semana Santa? Operativo y Orden correspondiente: “Nadie podrá bañarse antes de las 6 a.m. ni después de las 6 p m”. Precisamente lo contrario a lo que desde siempre se hacía en el pueblo.
Muchas de esas órdenes no las hubiera firmado, ni el Coronel Funes en su buena época. El tirano Funes era el mayor referente que al respecto tenía el atabapeño.

De todas formas, esos eran líos de los homínidos y a mí no me interesaban. Yo tenía que cuidarme más bien, de los pasantes de medicina que de vez en cuando, metían estricnina en pedazos de apetitosa carne, con el fin asesino de eliminar el exceso de perros callejeros. Un auténtico holocausto canino que nadie condena. ¿Quiénes son los animales? ¿ellos o nosotros?
Después del almuerzo campestre, el mujerío se atomizó en pequeños grupos. María, Gardenia, Lorenza y otros nombres tan criollos y vernáculos, como Yulay, Arcimar, Yelitza, Yuleidy, Nairobi, Jeicy etc. Todas chicas atabapeñas, muchas de ellas se distinguían por las cualidades cantadas por Sabina, el poeta de la vida callejera, en aquellos versos:
“Ellas tenían:
la frente muy alta,
la lengua muy larga
y la falda muy corta...”

Unos grupos cerca del río, otros arriba sobre el barranco, se entretenían en conversaciones triviales. Las risas de los diversos grupos se sucedían espontáneamente. Y yo aproveché esos momentos de distracción para hacer un “racquet” de la comida que había sobrado. Sin que se percataran, me raspé más de una olla.
Los dos galanes del grupo, Armindo y el teniente, tomaron una curiara amarrada a la balsa de la motobomba y, cada quien con su canalete, se adentraron en el Orinoco dando una vuelta por la ensenada de Súpiro.
El enfermero, aunque era veguero, no indígena, se defendía con el remo. El teniente denotaba que era la primera vez que lo usaba, tratando de imitar los acompasados golpes de su compañero.
Me puse de pie y me asomé un poco más al barranco, con cierta curiosidad morbosa, al darme cuenta del escaso equilibrio que tenía el teniente. En efecto, al adentrarse en una pequeña corriente en la boca de la ensenada, el balanceo se fue acentuando y al perder la serenidad, se volteó la curiara. Mi ladrido alertó al grupo de mujeres más cercano, que empezó a gritar y agitar los brazos.
No había que preocuparse demasiado. Ambos eran buenos nadadores y estaban muy cerca de la orilla.
El enfermero Armindo nadaba adelante en un crawl perfecto, como lo hacen todos los amazonenses. Detrás, seguía el teniente muy de cerca; cuando faltaban unos diez metros desapareció de repente, dejando sólo por instantes una mano que se movía en un gesto dudoso que cada quien interpretó después a su manera. Unos leyeron despedida, otros desesperación, otros petición de ayuda...
Los gritos, lloros y nerviosismo de las jóvenes rayaba en la histeria, como era normal en esos casos. El pobre Armindo no sabía si echarse al río como le gritaban algunas muchachas, o correr en busca de ayuda al pueblo.
El cansancio y el susto le hicieron recordar las palabras de Mandarria sobre el caimán cebado de Súpiro.

El operativo para recuperar el cadáver del teniente duró más de un mes. Hombres ranas de la Guardia Nacional peinaron la profunda ensenada retirándose vencidos.
El padre, un viejo maracucho que cifraba todas sus esperanzas en ese hijo, hacía continuos viajes a Atabapo. Lloroso y acongojado, recorría las calles del pueblo mientras la gente lo miraba compasiva cuando se dirigía a la Iglesia para encargar misas para que apareciera su hijo.
Nunca más apareció.

SEIS

Con el entusiasmo de recién graduada en odontología y con las motivaciones magnificadas por la propaganda radial de Codesur, sus proyectos, “la nueva frontera” y la aventura, vimos llegar a San Fernando a la más o menos joven Noelia, con ganas de comerse el mundo y con mil sueños en su cabeza.
Para un perro como yo, no es que interese mucho el que sea más o menos joven. Me enteré rápidamente que tardó en graduarse por sus aficiones al mundo de la radio. Con lo que ganaba como locutora, y otras cosas, financiaba sus estudios en la UCV.
De mediana estatura, ojos grandes con una casi imperceptible desviación estrábica, melena negra abundante, lo que le faltaba en belleza le sobraba en personalidad. Personalidad que apenas podía contener un ego de ilimitadas pretensiones dominantes. Pero en el Atabapo de entonces todo lo que llegaba de afuera, destacaba sin mayores esfuerzos.
Apenas me crucé con ella en la calle, el chip detector de mi oreja izquierda, emitió un sonido penetrante que indicaba una fuerte intoxicación de virus EPA.

Después de instalarse en una pequeña casa, comenzó el trabajo con puntualidad profesional, conociendo poco a poco al personal paramédico y enfermeras con las que pronto establecerá una intensa y cómplice relación.
Los primeros saludos con el médico fueron estudiadamente fríos. Las enfermeras le habían contado los pormenores sobre la vida del galeno, los recientes problemas familiares y su crisis sentimental. El ambiente ideal para “echarle los perros” y dar el primer paso de lo que ella alguna vez soñó.
Sabía que la herida estaba abierta. Doña Blanca se fue con los hijos, pero aún era la esposa de Gerardo. Con paciencia y tino, sabría tenderle sus redes. Ella sabía esperar.
Por las enfermeras supo que ya estaba perdiendo la melancolía que le había dominado por largo tiempo y comenzaba a sonreír. Hasta se permitía gastar algunas bromas a las mujeres en la consulta.
Noelia, en los largos intervalos entre los escasos pacientes, hablaba con las enfermeras y les comunicaba sus sueños:
- En Atabapo hay que cambiar muchas cosas. Faltan comodidades: el servicio del agua es malo, la luz eléctrica dura sólo tres horas, no hay camas, ni neveras, el aire acondicionado es desconocido... Se podría crear un Comercio que diera la oportunidad de hacer despertar a este pueblo atrasado y dormido...
Las mujeres boquiabiertas absorbían toda la perorata sin pestañear, asintiendo levemente con la cabeza, pero sin dejar de preguntarse ¿y con qué real se puede conseguir todo eso tan bonito?
- Eso es fácil. Hoy todos fían. Hasta las grandes empresas trabajan con el crédito, con el fiado. Además, yo me doy cuenta que aquí en Atabapo, circula el dinero. Lo que pasa, que sus maridos se lo beben todito en ron. ¿Y ustedes? Nada... Es hora de que despierten las mujeres. No sean bobas…

Y así, poco a poco, la conciencia feminista iba cundiendo entre las enfermeras y mujeres más cercanas. De los efectos de esta prédica fui testigo yo, tengo que reconocerlo. En mis circunvalaciones mañaneras, mezcladas con el olor a guarapo recién colado, se oían gritos e imprecaciones y hasta sonido de potes y platos que volaban y caían:
- Sancocho de vidrio vas a comer hoy, maricón. Toda la paga te la bebiste con tus amigos.
- Cálmate, vieja... que tú tienes real. Pásame un préstamo.

Alguna, bien talludita y de armas tomar, ya se atrevió a pegarle al marido. Marina le dio una paliza a su marido y el escándalo fue tal, que algún vecino le gritó:
- Compadre, póngase los pantalones.
- Mira, ven tú a ayudarle, coño ‘e tu madre – le increpó la doña.

Pasaba el tiempo y la “dotora”, como la llamaban, iba ampliando su círculo de influencia y, poco a poco, fue trayendo los primeros cachivaches..: camas, muebles de recibo, radios, grabadores y abundante mercancía. Aprovechando las malsonantes “penetraciones” médicas por las comunidades indígenas, además del asesoramiento y la visita médica, éstas recibían también el primer anzuelo del consumismo, metiéndoselo por los ojos y creándoles nuevas necesidades. Lo pagarían poco a poco, con lo que pudieran, con fibra, mamure o “lo que sea”...
El pueblo, perdiendo con frecuencia su perspectiva y su memoria histórica, ya no se acordaba de años atrás, cuando el “avance” y el “fiado” les había jugado una mala partida a sus abuelos, en la época de la goma y del chicle y más recientemente, con la fibra del chiquichique.
El pobre de Amazonas había internalizado la dominación desde hacía siglos.
Primero fue el español de la Colonia; después el criollo, que siguió dominándolo. Fueron muchas las variables que lo presionaron e impidieron para que fuera él mismo. Buscó el mimetismo en el lenguaje, por eso fue perdiendo el suyo. El mimetismo en la política, hizo que vendiera la conciencia. El mimetismo en la religión, perdiendo la suya y sintiéndose perdido en un supermercado de propuestas religiosas. Y ahora el mimetismo en la economía, desequilibrando la suya en la feria del consumismo que se le proponía.

Los primeros pasos estaban dados. Amelia compró un barco que recorría el Atabapo y el Orinoco. Hizo contactos con vendedores y exportadores de fibra. La mujer se había trazado un claro objetivo y hacia él se dirigía dando los primeros pasos, lentamente.
Al cruzar la plaza Bolívar en dirección a la Escuela Granja, la vi sonreír satisfecha. Yo continué debajo del sarrapio intentando recuperar una noche de mucho ajetreo.





SIETE

Tuve una noche de auténtico sabueso.
Están pasando cosas que nunca se habían visto. Yumure dejó a su mujer y a los carajitos. En Atabapo normalmente, no se toman tan en serio los cuernos. Me extrañó esa decisión tan recia.
Este es un pueblo que fue el nudo del mestizaje, el taller de aprendizaje del indígena a la vida urbana, el puente de la migración hacia el norte. Desde hacía varios siglos se venía pagando el peaje en especie: Marisa tiene 4 carajitos, uno de cada hombre, Eloína 7, de tres maridos, Argelia tiene dos de uno y espera el tercero de otro...
Lo de Yumure se complicó. Hacía varios meses que no salía del barrio La Punta. En el bajo del Sr. Guarín, lo he visto platicar por largas horas con un señor alto, demasiado joven para tener el pelo tan canoso, con un bigote demasiado negro como si estuviera pintado. Por su acento, debe ser colombiano y no lo disimula. Desde hace tiempo se le ve por el pueblo de forma intermitente. Aparece un día y desaparece otro. Se le ve por todas partes caminando, como si no pusiera interés en nada, como si sólo fuera a lo suyo, pero para mí que no pierde detalle de nada. Sumamente educado, saluda a todo el que pasa con una delicadeza rayana en la zalamería. Sin embargo, para mí es un duro; sus ojos aguarapados son fríos, y su mirada comunica todo lo contrario a lo que expresan sus palabras y ademanes.
En una esquina de la Plaza afiné mi oreja para escuchar.
- Ya pensé en lo que me dijo, Sr. Jairo. Estoy decidido ¿Cuándo me voy?
- Mañana de madrugada. A las cuatro lo espero en el bajo de Guarín. Traiga sólo lo esencial para el viaje.

A las cuatro de la mañana estaba yo, hecho el loco, enrollado a orillas del río y dispuesto a no perderme detalle.
Primero llegó Jairo que, junto a dos cachifos, puso una voladora en el agua. Rodaron un tambor de gasolina y, cuando estaban montándolo, llegó Yumure.
- Pues hijueputa, eche una mano Yumure, que no se le van a caer los anillos, oiga. - le dijo Jairo.

Una vez embarcados, se ayudaron con unos canaletes dejándose arrastrar silenciosamente por la corriente hasta traspasar la isla que cierra la ensenada. Allí, prendieron el motor 40 H.P. y se dirigieron Guaviare arriba.
Faltaría una hora para el alba cuando atravesé el bajo hasta el puerto real. El guardia de turno tenía sintonizada a millón Radio Rumbos, con una música llanera que preconizaba el amanecer.
Como es natural, no se enteró de nada.


OCHO

Hoy regresó Doña Blanca, la esposa de Gerardo, el médico. Está próximo a resolverse un nudo de telenovela.
Todo el pueblo conocía que Gerardo estaba liado con Noelia. Doña Blanca venía dispuesta a poner en tres y dos a su marido.
Habló con él. Gerardo le quiso dar largas al asunto. Alegó razones jurídicas: “Abandono de hogar”... Razones religiosas: “la mujer debe seguir al marido”…Doña Blanca le echó en cara su desfachatez. Gerardo negó la relación que todo el mundo conocía y que toda mujer intuye instintivamente.
Mientras tanto Noelia, desde su casa, agazapada como leona tratando de defender su presa, se preparaba para la pelea. Dos hembras y un macho. Estaba servido el tradicional melodrama homínido.
El pueblo estaba dividido en tres opiniones: aquellos que admiraban la delicadeza y buenas maneras de Doña Blanca y lloraban su desgracia; aquellos que justificaban a Noelia y Gerardo, pues la ausencia de Doña Blanca dejó el campo libre a Noelia; y por último, aquellos que no se interesaban del pleito diciendo: “ellos son blancos y se entienden”.
Yo estaba allí cuando se encontraron frente a frente las dos mujeres. El aire, a pesar del húmedo calor atabapeño, pareció congelarse por instantes. Me recordé del álgido momento que antecede al desenfundar de las pistolas en los duelos de aquellas viejas películas del Oeste, en blanco y negro, que pasaban en el pequeño cine de los curas.
Doña Blanca caminaba solemne, pero serena, frente a la casa en cuya puerta se erguía Noelia con aire desafiante. Ya de lejos, empezó a gritar improperios y razones de hembra a la defensiva. La gente que rondaba en la plaza miraba con disimulo la escena. Doña Blanca, con la autoridad de la esposa ofendida, despreció con su silencio la chabacanería y poca clase de la otra.
Al día siguiente se fue Doña Blanca para siempre.

Todo cambió desde entonces. El plan de ataque de Noelia fue frontal. Ya no permitirá que Gerardo se le escape.
La marcha de Doña Blanca golpeó al médico. Entró en una crisis de duda y depresión. En un momento de desaliento quiso abandonar el trabajo e irse de San Fernando. Estaban alistando la embarcación cuando un grupo de hombres sacaron a tierra la voladora impidiendo el viaje. El mito de que la población impidió la marcha de Gerardo continúa vivo hasta hoy. Pero los mitos suelen tener orígenes muy humanos. Yo vi cuando Noelia habló a dos hombres para que impidieran la salida de Gerardo. Y no se fue.

Desde entonces Noelia echó mano a todo. No lo dejaba ni a sol ni a sombra, pusanas, brujería, todo lo que le aconsejaban las enfermeras y las amigas. Rita le trajo una pusana que le había dado una curripaca y que a ella le había amansado al hombre “muy alzao”. Arlenis, famosa en el pueblo por el dominio que tenía sobre el marido, a quien tenía sute de palizas y humillaciones, le contó su secreto: llevar por un día en el zapato el bistec que al día siguiente le prepararía en el almuerzo. Y así fueron lloviendo recetas y consejos en un amplio repertorio, para que libremente Noelia escogiese.
Gerardo, no sé si por estas artes o por otros motivos superó su crisis y volvió a su ritmo de trabajo normal. Por la mañana salían juntos para el Liceo, impartían sus clases y por la tarde atendían a los pacientes. Fue en ese tiempo cuando también Gerardo se contagió del virus EPA, según lo detectó mi infalible chip.


NUEVE

Me acosté en el bonguito del viejo Siballaba.
Le tengo cariño al viejo, pero no soporto verle golpear día tras día la máquina laminadora de caucho como esperando, cual otro Aladino, la aparición de un Genio para pedirle imposibles deseos.
Lo esperé en el bongo hasta que vino con sus aperos de pesca. Ya hacía tiempo que no salía a pescar de noche. Muy de mañana, se dirigió Atabapo arriba a amarrar sus rendales y soltar sus boyas. Y a hablar sólo. Bueno... sólo no. Me habla a mí. Yo lo miro fijamente, prestándole atención, aunque él no me mira casi nunca. Los viejos le paran poco a uno, tienen muy poco que aprender; han vivido tanto… a veces parece que te están escuchando, pero no, sólo se escuchan ellos. Son como el radio de don Acisclo que sólo capta Radio Continente...
Después de tres cuerdazos, arrancó tosiendo el motor 5 HP. que yo no sé de dónde saca la fuerza, por lo destartalado que está.
El río estaba subiendo. Aunque el río Atabapo no tiene una corriente muy bullera, es una fuerza imponente, lenta y silenciosa, que invade las orillas cubriéndolas implacablemente. Era como la fuerza del chisme en un pueblo pequeño. No hay quien lo detenga.
El run-run del motor era adormecedor, aunque sus toses intermitentes hacían que Siballaba volteara de vez en cuando, como para regañarle. El viejo iba muy serio como siempre, con las arrugas cada vez más profundas haciendo cerco a sus ojos negros y con los labios apretados como con rabia.
En la actividad de la pesca, al contacto del río, Siballaba se transformaba. Sus ademanes lentos y cansinos se convertían en movimientos ágiles, yo diría que felinos. Se multiplicaba. Iba de aquí para allá. Pescaba con la vista puesta en los rendales. Apenas veía hundirse una boya, se lanzaba al agua y con pocas brazadas se sumergía, y a poco, regresaba con la presa en sus manos. Seguía pescando con el ojo puesto en los rendales. Otro chapuzón. Revisaba nuevamente…

- ¡Maldito caribe!
Le había trozado el guaral llevándose el anzuelo. Sacó una cajita de su chácara y con maestría montó otro rendal. Estaba recogiendo su guaral con cuidado, mientras veía de reojo la bulla que hacía un pavón cazando carípiti, esos pescaditos enanos condenados a vivir y morir en cardumen.

- ¡Ya voy p’allá, pintoso!, ¡ya voy p’allá!...
Recogió el guaral en un cilindro de palo de boya y se fue diez pasos río abajo, en medio de unos enormes troncos limosos semicubiertos, que eran el coto de cacería de un enorme pavón. Me fui detrás de él.
Se desentendió de guarales y boyas y centró todo su interés en la pesca del voraz cazador de río. Siballaba preparó su plan con astucia. Cargó el anzuelo con una carnada superabundante y lo lanzó entre los palos desnudos en la cueva del policromo pescado.

- ¡Come, jartón, come! Ya te vas a jartar...
Y dejaba que el pavón comiera la carnada con toda tranquilidad. Nuevamente llenaba el anzuelo y nuevamente dejaba que el pavón comiera. Y así, una y otra vez, cebándolo lentamente.
Yo estaba sentado en la playa, a dos metros del agua, dispuesto a no perderme ese desafío entre el viejo y el pez. Y me alegraba de ver a Don Luis emocionado, completamente abstraído de sus penas y desilusiones y alejado del persistente martilleo sobre la vieja máquina oxidada.

- ¡Ven, maricón, ven! Come tu carnada que pronto la vas a botar.
Siballaba preparó esta vez la carnada con especial atención. Puso la justa cantidad camuflando el gancho mortal del anzuelo. Sus ojos brillaron y los músculos de la cara se tensaron un instante. Lanzó el guaral que atinó preciso en la cueva del pavón cebado.
Fueron momentos de suspenso. Se sentía que el viejo pez olía la trampa. Esta vez no tocaba la carnada. Era un duelo, un mano a mano entre dos viejos y astutos cazadores.
El brazo de Siballaba parecía un arco en su máxima tensión. De un momento a otro, el latigazo muscular desembocaría en un éxito o en un fracaso.
Siballaba lo sabía. El pavón lo estaba tentando por cansancio. Esperaba su descuido, su distracción. Sabía que atacaría de forma rápida. Ganaría el más veloz. Siballaba no pestañeaba. Eran los momentos cruciales.
De repente, el brazo se movió como un resorte y el hilo de nilón tenso, empezó a romper la superficie del agua como escribiendo de aquí para allá violentos renglones de desesperación. El pavón había caído. Siballaba, aunque no sonreía desde hacía muchos años, tenía en la boca una mueca parecida a una sonrisa.
Cuando los colores del pavón ya danzaban en el agua color ámbar de la orilla, Siballaba jaló el guaral cansado de tan largo toreo, y sacó a la superficie al viejo cazador. Ya en la orilla, éste dio una enorme pirueta y se zafó del anzuelo. El viejo Siballaba quiso agarrarlo, pero el pavón, cual pelota saltarina, dio otro salto acercándose peligrosamente al agua. Yo empecé a ladrar con todas mis fuerzas, al ver al viejo arrodillado tratando inútilmente de levantarse. Con un brinco que no sé de donde me salió, caí con las patas delanteras sobre el lomo del pavón, a escasos centímetros del agua. El pescado me dirigió una mirada en donde se mezclaban el miedo y el odio. Siballaba se recuperó y agarró por las agallas el pez, echándome de reojo una mirada de agradecimiento.
La lucha había terminado.

Recogió los rendales y las boyas. Estas, sin nada. Aquellos, con suerte dispareja. Pero la victoria sobre el viejo pavón lo animó sobremanera. Habló como nunca...
De regreso el motor no quiso prender, por lo tanto nos vinimos a garete, dejándonos arrastrar por la perezosa corriente. El viejo guaruqueba de vez en cuando con el canalete.
Entonces, por vez primera, me habló directamente:
- Estamos en “creciente de garza”, Inavi. El río sube como echándoselas de que es él quien manda. Pero no. Es alegría de tísico. Dentro de unos días empezará a bajar poco a poco, día a día. No podrá hacer nada. Pronto asomarán las playas blancas y quedarán al aire, como si fueran los huesos del río.
- Todo lo que sube, baja, Inavi. Todo… La naturaleza, el hombre y todo lo que hace el hombre: las ideas, la política, la religión, el poder, la cultura, el arte...
- “Payaso, soy un pobre payaso...” - tarareó desafinadamente y con voz cansada el bolero de Javier Solís — “... que en medio de la noche...”

Yo lo miré asustado y pensé para mí: ¿Será que se volvió loco?

- Es triste la vida de un viejo, Inavi - continuó Don Luis mientras el bongo descendía suavemente por el Atabapo - Es triste, pero es normal que los hijos que van creciendo, descubran poco a poco que el padre no es el muchacho de la película... pero es muy triste que los hijos de uno consideren al padre como un huevón... Y es más triste aún, que los hijos se enteren por los compañeros, de lo que está haciendo su madre…

Don Luis todavía quería a Elisa, pero cada vez que pensaba en ella y en lo que hacía, le venían ganas de romper a martillazos la pesada laminadora de caucho que tenía en el fondo de su patio.

- Todo tiene su creciente de garza. Lo que hoy está arriba, mañana bajará. El hombre es iluso y cree que siempre está creciendo. No quiere ver las bajadas, los fracasos. Cree que esos fracasos son parte del crecimiento... Pero al final, si tú sumas los triunfos y las derrotas, las subidas y las bajadas, verás que éstas son mucho más que aquéllas. Sabio es aquel que sabe reconocer en la vida sus “crecientes de garza”...
Yo asentía con un sonido continuado, casi humano, mientras frotaba fuertemente con la pata trasera mi oreja derecha, con gran peligro de dañar el minichip caraotómetro.
Siballaba se me acercó y pasando la mano por mi cabeza, notó en seguida la causa de mi rascadera y mis atiplados gruñidos. Rápidamente, con sus dedos arrancó una gorda garrapata que se alimentaba de mi sangre desde aquella noche de juerga que pasé en el Nigual. El Nigual era la esquina enfrente de la vieja Planta en donde desde siempre se planificó construir la Casa del partido Acción Democrática y que nunca se terminó. Así me pagó Siballaba el favor que le hice atrapando al viejo pavón.
Yo no sé si todo ese discurso era para mí o si era para reafirmarse más en sus ideas. Ciertamente, desde que la vieja Elisa, hambrienta de carne fresca, lo abandonó por un carajito y desde que los hijos se fueron, el viejo Siballaba ya no recordaba en su vida ninguna “creciente de garza”.
Su vida ya era pura bajada...

Llegamos al puerto y él caminó lento hacia la casa con unos pescados de más, mientras que yo me fui hacia ninguna parte, con una garrapata de menos.

Terminó la siesta. Me dispuse a hacer mi recorrido vespertino. Se presentaba un día interesante para un correcaminos como yo.

DIEZ

Al cura Fernández lo sustituyeron tres curas más jóvenes que iban muy pronto a revolucionar el concepto de cura que se tenía en el pueblo, no sin el escándalo correspondiente de las personas más conservadoras. La relación con la gente se hizo más abierta, hasta los borrachitos empezaron a frecuentarlos, porque no tenían problemas para echarse una cervecita en alguna bodega, cosa muy criticada por algunas beatas del pueblo.
El pueblo se despertaba con la música que ponían en la torre de la Iglesia y cuando algún político anunciaba su venida, por los megáfonos de la torre sonaban con fuerza las canciones de Alí Primera, Mercedes Sosa y de otros cantores de protesta…
Los muchachos los tuteaban y echaban bromas ante la mirada circunspecta de las monjitas que decían que no respetaban al sacerdote. Con ellos jugaban a fútbol en pantalones de deporte e iban con ellos a la playa a bañarse.
Montaron conjuntos de música y grupos de cantores de aguinaldos y gaitas, pero sobre todo le dieron un auge enorme al deporte. Lograron animar a veteranos que ya se habían dejado llevar por la pereza y la cerveza y todo el pueblo fue una fiesta cuando se inauguró la Liga Menor con más de 30 equipos. También animaron las tardes con veladas culturales y teatros. En ese tiempo se inició la famosa representación de la Pasión en Semana Santa de Atabapo.
Las relaciones de los nuevos curas con las autoridades del pueblo fueron muy buenas al principio. Las circunstancias que fueron surgiendo enrarecieron paulatinamente el ambiente, sobre todo entre el galeno y la Iglesia.

En los tiempos de escasez, que coincidían generalmente con la época de invierno, mi hambre canina, se mitigaba en la casa de dos viejos. Uno era Don Luis, que cuando él tenía comida siempre me guardaba un repele. El otro era el viejo Chiva o Hermano Francisco del Mazo: un misionero ecologista que parecía la reencarnación de aquel otro homínido, famoso por su amor a nosotros los animales, llamado como él: Francisco de Asís.
El viejo Chiva o Champlín era un diminuto viejito de larga barba blanca. En su habitación tenía un sistema ecológico perfecto: un gran sapo que se alimentaba de cucarachas y otros insectos. Las enormes telarañas que cubrían amplias extensiones entre esquinas y escondrijos de su habitación, eran la mejor trampa para mosquitos y zancudos. Nos ponía la comida en un mismo plato a gatos y perros y comíamos en perfecta armonía, como queriendo demostrar con animales diferentes y enemigos lo que era imposible conseguir con los homínidos.
Allí iba yo con frecuencia a temperar mi hambre en los días malos. Siempre nos trataba con cariño. Era buena gente el viejito. Un Robin Hood de los pobres: se privaba de alimentos que sustraía de la mesa para dárnoslo a nosotros.
Un día llegó muy triste. Venía sin nada en la mano, con una cara de resignación que terminaba siempre en una sonrisa:

- Je, je.. .Hoy no tengo nada. Me cosieron los bolsillos. No pude esconder nada.

Las que le lavaban la ropa le hicieron esa fea jugada, pero no se desalentaba y, poco a poco iba consiguiendo otras cosas.
No sólo era bueno con nosotros. A todos trataba bien. Tenía un don especial para entretener a los cachorros de homínidos, pequeños y grandes. Con frecuencia se veía en un pasillo a un buen grupo de ellos con la boca abierta, pendientes de su palabra cuando narraba sus fantásticas peleas con el diablo y transmitía maravillosas visiones futuristas.
Un día, se fue enfermo y no volvió más a Atabapo. Murió en Caracas y si existe un cielo para todos, debe estar allí rodeado de perros, gatos, pájaros y otras creaturas, repartiendo comida… sin peligro de que le cosan los bolsillos.


ONCE

Ganó Carlos Andrés Pérez.
La guaracha caribeña se mezcló con el rock del Norte y Venezuela bailó a un ritmo desenfrenado. Una piquiña y sarpullido de millones invadió a todo el país. Impulsos mesiánicos empujaron a Venezuela hacia un protagonismo basado en el petróleo. El dinero invadió la calle y creció la clase media.
Venezuela se dedicó a vivir de rentas ¿para qué trabajar? ¿Tenemos petróleo? Vivamos de él. El virus EPA se expandió como una pandemia por el país. La burocracia creció como un tumor. Un trabajo que podía hacer una persona y le sobraba tiempo, empleaba a cinco personas cobrando sin trabajar. Y así como se nacionalizó el petróleo en Venezuela, se nacionalizó también la flojera.
¿Para qué estudiar? Bastaba que el niño asistiera a clase, estudiara o no, supiera o no, para pasarlo de grado. Y así como se nacionalizó el hierro, la ignorancia se nacionalizó en el país.
En Atabapo, aunque en forma más lenta, también se notó este proceso. Cuando ganaba un partido había renovación, no de ideas y métodos que son los mismos, sino de personal. Y eso, desde un punto de vista era justo; si no, comerían siempre los mismos. La alternabilidad en el poder es una de las virtudes democráticas.
- Ahora nos toca a nosotros, que en el anterior período “chupamos cable”.
La oposición se identificaba con la “peladera”, con la “mamazón”. La victoria en cambio, traía consigo la abundancia de contratos, de oportunidades, de comisiones, de casas, de carros, de triquiñuelas mil.

La retórica era la forma literaria más usada en la política. De boca para afuera, se estigmatizaba al ladrón, al corrupto, al sospechoso de enriquecimiento ilícito. Pero internamente se le admiraba, no se sentía ningún rencor; más bien se le envidiaba. La palabra “corrupción” era una entelequia, una quimera, o una “mamadera de gallo”. Esto lo saben todos. La prueba estaba en que no hubo preso alguno por corrupción. La retórica en Venezuela enterró siempre a la justicia.
Por eso se acabó la vergüenza por estas tierras; es una de las consecuencias del virus EPA. Los auténticos ladrones, no los pobres “roba gallinas” que están en la cárcel, los de cuello blanco andan con la cabeza bien alta por la calle, te saludan con sonrisas y hasta se presentan a ocupar cargos públicos con la mayor desfachatez.
De ese tiempo le viene a los adecos la reconversión gastronómica y la adicción al whisky con hielo, “maraqueaíto”. Hace pocos años, en pleno trabajo de subsistencia, escarbaba yo en los pipotes de basura de las esquinas atabapeñas y lo que había era pura botella de Guárico, un ron blanco, tan malo como barato. Ahora, los pipotes rebosan de elegantes botellas de Old Parr. El paladar del atabapeño se refinó.
En muy pocas cosas se notó el cambio en este nuestro Sur.
Mientras que por allá en el Norte, vientos fuertes de renovación, al son de ritmos alegres de guitarras, flores, y del eslogan hippie de “hagamos el amor y no la guerra”, clamaban por un cambio de paradigma, por un nuevo mundo sin guerras ni rencores, aquí en Atabapo ese viento llegaba sólo como una imperceptible y suave brisita.
Por ese tiempo se hicieron algunas mejoras en el pueblo. Se asfaltó el Aeropuerto y se colocaron las cloacas. Pero como siempre, con poca visión de futuro. Mientras que en Puerto Inírida, Colombia, un pueblo que estaba dando los primeros pasos, colocaban unas tuberías enormes de cemento, en Atabapo ponían tubos de plástico de apenas 6 pulgadas.

Las guerras y rencores seguían alborotándose en este pueblo que históricamente estuvo casi siempre signado por las peleas, revueltas y asesinatos.
Esta brisa de cambios trajo como consecuencia la guerra de los sexos.
Eran las once de la noche y yo andaba emparrandado con unos compinches cánidos siguiendo a una jebita en celo. Ya saben cómo es eso. Nosotros no somos como los homínidos que pueden hacerlo cuando quieren. Tenemos que esperar a que ella esté “preparada”. Por eso los cánidos somos muchos más castos que los humanos y respetamos más.
Nosotros estábamos en las cuatro esquinas, entre las casas de Don Tito y Don Oesile cuando, a esas horas de la noche venía llorando Celeste, la hija mayor de Siballaba, la enfermera, toda despeinada y desarreglada.
Al verla de ese modo la seguí hasta que entró hecha una furia en casa de Doña Rosa, la Prefecto. Con gestos, lloros y lamentos, Celeste expuso su caso ante la extrañada matrona, que a la luz de una lámpara Colemann le daba los últimos toques a un vestido de una de sus muchas ahijadas.
Doña Rosa era una doña de armas tomar. Descendiente de antiguos caucheros funeros, no se arredraba ante hombres ni mujeres. Con los brazos en jarra, un cuerpo superabundante y una voz de trueno, sabía poner a cada quién en su sitio. Por eso cuando había problemas se dirigían a ella antes de acudir a instancias oficiales. Celeste acudió a ella corriendo a explicarle su caso.
- ¡Ay San Dios, San Diosito! ¡No me creo que Don Cheo haya sido capaz de pegarle a su mujer! René, Negro, vayan con esta mujer a la casa y traigan al sinvergüenza ese.
Cuando llegaron a la casa de Don Cheo, Celeste se quedó afuera, no quiso entrar. Los muchachos encontraron a Don Cheo, todavía medio mareado, sangrando como un San Roque con una tremenda cuca en la cabeza, fruto del golpe que le había propinado Celeste con una olla a presión.
Lo llevaron no a Doña Rita, sino a la Medicatura para que le pararan la sangre y lo cosieran.

- ¡Ay San Diosito! ¡Pobre Cheíto! — dijo Doña Rosa cuando se lo contaron.

Celeste y sus amigas se reunían de vez en cuando en alguna casa, para charlar escanciando una que otra cajuela de cerveza. Todas tenían problemas de pareja: borrachos, flojos, mujeriegos... todos los insultos llovían sobre sus maridos.
Casi todos ellos eran obreros de Obras Públicas que, al cambiar el gobierno se quedaron sin trabajo. Mataban sus horas de ocio charlando y bebiendo. Juntos, se animaban y se hundían. Pero nadie hablaba de sus mujeres.
Y así, se fueron separando un buen número de parejas estables. Ellas formaron el grupo llamado de las “quinceañeras”, pues todas ellas pasaban ya del “cabo de Buena Esperanza”. Como los hombres, celebraban los fines de semana con tremendas rumbas y fiestas en donde el ron seguía a la cerveza y los escándalos a los buenos modales. La liberación femenina y la guerra de los sexos estaba en marcha.
Los maridos “botados” a su vez, Don Cheo, Mapuey, Chuíto, Chiriguare, Saña, y otros más, lo tomaron con gran estoicismo y no hicieron mucho alboroto. Formaron el “Grupo Aguila” y, desde el Parque de los Mangos frente al río Atabapo, contemplaron a partir de entonces atardeceres esplendorosos. Los amaneceres, desgraciadamente, estaban cada vez más cargados de neblina espesa.

DOCE

El tiempo pasa y los pueblos cambian.
Algo estaba pasando en Atabapo. Los muchachos cada vez eran más avispados. Cada vez que iban a la capital, Puerto Ayacucho, regresaban con algo nuevo, una moda, una franela, unos zapatos de tacón enorme, un pantalón acampanado o alguna expresión típica, y comentaban en corrillos la última película vista en el Don Juan o en el Continental.
Los nuevos curas que llegaron después del P. Fernández tenían fama de bonchones, les gustaba la música de protesta, el deporte, querían que los tutearan. Un nuevo ambiente había invadido el pueblo.
El Comercial “Hergón” de los galenos prosperaba a ojos vista: la venta a plazos de neveras, camas, lavadoras, ropa, calzado, relojes, prendas varias, se multiplicó. El peligro de idiotización de la población que, en un arranque de honestidad había pronosticado en otro tiempo el Dr. Gerardo, no fue óbice para que se expendiera licor al mayor y al detal en su negocio. Había dinero en la calle y había que aprovecharlo.
El consumismo le entró a los atabapeños por los ojos. Nunca habían visto tanta facilidad de adquirir corotos. No se daban cuenta que estaban atándose una cadena al cuello. Las necesidades iban creciendo día a día y los estímulos también. Si la vecina tiene esto ¿por qué yo no? Y así empezaron a comprarse ropas, prendas y tremendos equipos de sonido, cuando en la casa no había ni sillas para sentarse.
El progreso de Atabapo es, como dice Siballaba, una “creciente de garza”. La bajada venía después. Cuando Noelia se sentaba al ladito del pagador y con una sonrisa, recogía antes de que llegara a las manos del dueño, las quincenas casi enteritas de los endeudados.
- Toma. Me quedas debiendo todavía. - Y le daba un resto que no le llegaría para aguantar la quincena.
Yo mismo vi cuando entró en el patio de Sañita y le quitó el motor, porque no le había pagado la cuota.
La pelea abierta con los curas reventó cuando estos criticaron en los sermones y convencieron a los maestros y otros trabajadores de lo ilegal de esa práctica. Y el clímax llegó cuando no se les permitió más ser padrinos en los bautizos.
El cambio que todo el pueblo notó en Gerardo fue que, según iba creciendo el influjo y la cercanía de Amelia, más se alejaba de su antigua amistad con los curas. Ya no cantó más en la Iglesia y nunca más asistió a misa los domingos. Anteriormente, cada vez que había bautizos, como es tradición en los pueblos pequeños, Noelia y Gerardo eran los padrinos más solicitados. No había familia en el pueblo que no fuera compadre de los galenos. El compadrazgo cristiano fue usado siempre por el explotador como una cadena de oro para el explotado, Es como el lacito bonito o el collar “anti-pulgas” que le ponen los amos a algunos “canis agallutus”, mis imbéciles hermanos.
También en las aulas comenzaron a influir en los alumnos con discursos anticlericales decimonónicos, con los temas de siempre: la existencia e historicidad de Cristo, la evolución, los amores de la Magdalena etc. Los alumnos comentaban esas cosas sin pararle mucho.
Yo seguía con entusiasmo estas peleas, e iba de aquí para allá tratando de seguir el hilo. ¿Era una lucha por el poder? ¿Tenían poder los curas? ¿Tenían poder los galenos? ¿Se quebraba el poder clerical? ¿Era inocente esa pelea?
El atabapeño creía que era eso: una de las muchas peleas entre blancos en las que el indio siempre fue espectador y en las que a veces era obligado a tomar partido y a ser carne de cañón.
En realidad, el cerco se iba estrechando. Nadie podía ponerse en contra de los galenos. En el Comercio tenían la manija de la deuda. El virus EPA seguía contaminando el alma. En Educación eran los profesores con más horas en el Liceo. La Sanidad dependía de ellos. Si a todo esto se le añadía una cada vez mayor influencia política, nos damos cuenta que no había escapatoria posible.

- “El viejito Chiva se coje a las muchachitas que van a pedirle galletas”.
El Hermano Chiva de quien ya les hablé, era un santo anciano, querido y apreciado por todos, de casi 80 años, a quien como es natural, ya no se le paraba ni con estaca, y por aquel entonces no habían descubierto la Viagra.
La noticia se la llevaron a la parroquia dos profesores, testigos presenciales del chisme rastrero, lleno de alevosía. Uno de los cura fue personalmente a reclamárselo, pero Gerardo negó totalmente que él hubiera dicho nada. Cuando el cura quiso llevar las cosas al juzgado, los dos testigos se rajaron:
- Tú sabes. Tengo hijos chiquitos... Si se enferman ¿a dónde los llevo?..
- Es mi compadre... tú comprenderás...

Tal vez la decepción y la rabia, que también los curas sufren como todos los hombres, hizo correr por el pueblo una nueva maldición, más o menos velada para unos, pero lo suficientemente clara para otros.
La maldición de un cura no era extraña a la tradición atabapeña. Como en muchos pueblos del llano venezolano, también aquí existía la leyenda de que un cura, en tiempos de Funes, maldijo a este pueblo. La lentitud del progreso de este pueblo y la apatía por lo comunitario en las autoridades y los pobladores, contribuían cada vez más a que el pueblo le prestara más credibilidad a ese mito.
De la maldición antigua yo no sé nada. Pero de ésta, sí. Yo la escuché.
Palabra de perro.

TRECE

31 de Diciembre.
Una noche para olvidar. Era fin de año y yo creí que era fin de mundo.
Como todos los perros, en estas fechas de Navidad yo me la pasé encuevado. Nuestros tímpanos superdelicados sufren lo indecible con los triquitraques, “tumba ranchos”, silbadores, bombas, cohetes y otras barbaridades que el homínido inventa para esos días de fiesta. El homínido añora la guerra, aunque predique la paz, por eso hasta en los momentos más alegres explota esos artefactos como si fuera una guerra de broma. Por experiencia debía saberlo: no hay guerras de broma. Pero sí, algunas de ellas son estúpidas. Como la de esa noche.

Estaba yo acostado en el bajo de Marakoa, en uno de los rincones más oscuros, frente al comando de la Marina, cuando escuché un disparo seco. No era un triquitraque.
No sé si por miedo o curiosidad corrí hacia la luz, en donde un grupo de marinos rodeaban un cuerpo exánime y sangrante. El centinela ya estaba muerto cuando ingresó a la Medicatura.
- ¡¡¡Invade Colombia!!! - gritó el Alférez.- ¡Cada uno a sus puestos!
- ¡¡¡Fuego!!!
Y ahí, ya no supe donde esconderme. Corrí hacia el centro escapándome de las ráfagas de Fal que agujereaban los bongos amarrados en la orilla del río. Un gentío que salía del teatro de los curas venia corriendo atropelladamente.
El jeep de la guardia recogió a los efectivos casa por casa. En la Prefectura, de prisa, se repartieron a los civiles las enmohecidas escopetas o chopos antiguos que desde años dormían en el depósito de la policía.
Todos los disparos se dirigían hacia la costa, pues aunque no se veía a nadie, el enemigo debía estar allí, en el río. El subconsciente, alimentado con tantas películas de guerra, indicaba que la supuesta invasión debía comenzar ahí, por el río. Esa noche se gastó más pólvora que en todas las Misas de Aguinaldo. El espíritu patriótico y el enfermizo odio a Colombia, crecieron en muchos y alcanzaron límites irracionales.
Cuando el Corregidor y los policías colombianos acantonados en Maviso, al otro lado del río, escucharon todo el ruido y la profusión de pólvora, se animaron a participar en la fiesta. De madrugada, a canalete, en pequeñas curiaras y vestidos de civil desembarcaron en la laja de Marakoa y recorrieron un pueblo totalmente muerto.
No hubo misa de fin de año, se suspendieron todos los bonches y fiestas, la población se encerró a cal y canto en sus casas, hasta que el nuevo día se fue desperezando y la gente comenzó a asomarse con tiento.
Se corrió la voz que pocas horas antes del disparo mortal, habían visto a Yumure y al misterioso caballero colombiano paseando por Solano. Una lluvia de comentarios, dimes y diretes, se oyeron en cada esquina. Cada quién tenía una versión de los hechos, un análisis político, algo que le habían dicho, todo el mundo tenía su verdad, cada cual más estrafalaria.
La realidad era otra. Tristemente simple. Un pobre marino oriental, lejos de su casa, de su novia, despechado y deprimido en una tierra tan lejana y distinta, en un momento de obnubilación se descerrajó el tiro en el pecho.
Lo demás, toda la pantomima de la “invasión de Colombia”, fue fruto del subconsciente enfermizo del alférez. Todo patriotismo barato suele esconder otras cosas.
¡Vaya noche que pasé! Para los caninos, las Navidades son las fiestas más odiosas. Menos mal que ya se fueron junto con los cohetes, los tumba ranchos, los disparos y.... las invasiones.

- ¡¡¡Extra!!! ¡¡¡Extra!!! ¡Noticia de última hora!..
Interceptado el mayor alijo de cocaína en Venezuela. Ayer, en horas de la tarde en el Aeropuerto Cacique Aramare de Puerto Ayacucho, un efectivo de la Guardia Nacional interceptó una avioneta con siglas extrañas que intentaba abastecerse de gasolina.
En la revisión de rutina se descubrió la droga camuflada. Supimos por el mismo efectivo, que intentaron sobornarlo con una jugosa cantidad en dólares. Notificado el Comando, muy pronto se presentó un oficial que dio a la prensa las declaraciones correspondientes.
Felicitamos al Guardia Nacional que dio un ejemplo de entereza y honestidad en el cumplimiento de su deber. Aunque supimos por otra fuente, que el Oficial al conocer los detalles de la operación, le dijo al Guardia: “Vaya al pueblo, compre dos brazadas de cuerda y cuélguese”.
¡¡¡ Inalcanzaaaaaable!!!

No sé si dije que últimamente algunos muchachos estaban rarófilos, extraños, como queriendo ocultar algo. Cuando se acercaba alguien al grupo, se callaban y se hacían los locos. Otras veces se iban hacia el fondo del Aeropuerto o a la orilla del río, como huyendo de la gente. Menos mal que de mí no sospechaban y, haciéndome el bolsa, me acerqué a ellos para saber lo que se traían entre manos estos aprendices de homínidos.
- Mira, chamo, el “man” del comando me pidió mercancía.
“Mito”, caraqueño muy maleado, era un sobrino de Dupa, que se entendía y proveía a los marinos y guardias jóvenes procedentes del centro, ya habituados a la hierba. El chamo logró enganchar a un buen grupo que poco a poco fue creciendo.
Cuando en la casa de los Dupa sonaba a pleno volumen “Samba p’a ti” de Santana, todos los chamos, marinos y guardias caraqueños, sabían que había mercancía nueva.
Los periódicos, que por casualidad llegaban a San Fernando, hablaban de la expansión de los sembradíos de droga por el Guaviare. Decenas de familias de indígenas piapoco y jivi fueron desplazadas de Barrancomina y San José del Guaviare hacia el Este obligándolas a cruzar el Orinoco.
Eso, y la generosidad de Venezuela en regalar la nacionalidad, fue el origen de varios pueblos como Primavera y Laja Lisa, a lo largo del Orinoco. Pronto el trabajo estacionario de la recolección de hoja de coca encontrará en estos indígenas la mano de obra natural al otro lado de la frontera. Y en las elecciones de Colombia y Venezuela son estos mismos indígenas a quienes los politiqueros manejan y manipulan a su antojo.
Estaba yo durmiendo el ratón de una noche de pecado debajo de unas lonas en el bongo de la prefectura, cuando oí el ruido del motor y sentí el balanceo producido por un grupo de homínidos que iba tomando asiento, cada quien donde podía.
Cuando quise salir, ya el bongo estaba pasando el chorro de La Punta. Yo aproveché para estudiar el ánimo y el grado de aceptación de un cánido entre ellos. Para suerte mía, la mayor parte de ellos eran intelectuales venidos de Caracas y algunos funcionarios que habían pernoctado en San Fernando. La tolerancia en ellos, suele ser mayor que la que usan los atabapeños con nosotros los perros.
Eran expertos venezolanos en Educación Intercultural Bilingüe, una cosa rara que empezaba a estar muy de moda entre los intelectuales, indios e indigenistas. Tenían una reunión en Laja Lisa con sus colegas de Colombia.
Desembarqué el primero y casi me caigo en el agua, con grave peligro de perder todo el tufo intelectual que se me había pegado durante el viaje con sus conversaciones.
Llegamos al gran rectángulo central rodeado de casas y presidido por dos mástiles en donde ondeaban por igual las banderas colombiana y venezolana. Por la izquierda, desde una casa en piernas con techo de palma, salieron los intelectuales y funcionarios colombianos a saludar a los colegas recién llegados.
Cuál seria mi sorpresa al ver en primera fila al caballero colombiano, alto y canoso, saludando cortésmente a todos 1os invitados. Era el mismo que yo encontré en San Fernando repetidas veces,.
Estuve siguiéndole la pista todo el tiempo. Se salió de la reunión y habló con Félix, el capitán de Laja Lisa. Después, entró en una casa y al salir lo esperaba Torcuato Vera el comerciante de Amanavén. Al rato, por el camino del río conversó con Pancho Videra, uno de los compradores de gasolina de La Punta.
Frente a las banderas, el maestro del pueblo trataba de convencer a los alumnos, alineados en dos filas, del momento importante del que eran protagonistas. Con gran seriedad y mayor desafinamiento, se entonó el himno de Venezuela: “Gloria al bravo pueblo...” Apenas se oía y daba la impresión de inseguridad y desconocimiento de la letra.
A continuación, el himno de Colombia. Esta vez los cantores gritaban a voz en cuello: “¡Oh gloria inmarcesible!...” Era natural. Todos lo habían aprendido muy bien desde pequeños.
Todo resultó como estaba programado. Discursos. Trabajo por grupos. Conclusiones. Comida. Partido de fútbol entre Colombia y Venezuela...
Antes de que se despidieran, decidí encaminarme con rapidez hacia el bongo y esconderme entre las lonas. Muy cerca, estaba amarrado otro bongo cargado de tambores vacíos. Todos saben la inclinación que tenemos los perros a meter la nariz donde no nos llaman. El olfato, junto con el oído, son los mayores regalos que Dios nos dio.
Buscando algún resto de comida, me monté en la proa y curucuteé entre unos cartones mojados. Más allá, cerca de los tambores, vi unos huesos con presa de carne aún aprovechable. Ya iba a hincar los dientes, cuando un olor penetrante frenó mi apetito y empecé a toser, reculando inmediatamente. Era el mismo olor del frasquito que usaba Yajaira, la nieta sifrina de Siballaba, para limpiarse el esmalte de las uñas. Uno de los tambores estaba roto. El olor del líquido, mezclado con el agua del bongo, no era perceptible sino por un olfato canino.
Cuando subíamos el Orinoco, recordé aquella noticia que días atrás se difundió por Atabapo. Habían encontrado en la chalana del señor Maniglia 40 tambores de esa misma sustancia que no recuerdo cómo se llama. A lo mejor, era para establecer una fábrica de frasquitos limpiadores de uñas, como el de Yajaira. Digo yo, en mi total ignorancia... Al parecer, el culpable del contrabando fue el pobre cocinero, el único que metieron preso.
La figura del caballero misterioso, siempre cortés y elegante, no se me iba de la mente, y sólo al recordarlo, mi olfato percibía la misma picazón que me da cada vez que se abría el frasquito de la sifrina Yajaira.
Ya en Atabapo, salí corriendo calle arriba hacia la casa de mi amigo don Luis. Al ver un corro de gente toda seria y hablando en voz baja, me detuve y afiné el oído.
Yo conocía al chamo Manuel. Era uno de los que escuchaban “Samba p’a ti”... amigo del malandro Mito. Se le fue la mano. Una sobredosis.
El pueblo se despertó de un sueño. No sospechaba lo que estaba pasando. Mito desapareció con su “Samba”. No se le vio más por muchos años. El cura, después de una confidencia de un marino, se reunió con los tenientes de la Guardia y la Marina. Varios efectivos fueron trasladados inmediatamente.
Demasiado tarde. Un muerto, y la plaga ya había comenzado.

¡¡¡Extra!!! Extra!!! ¡1Ultima hora!!
Preso en Apure el candidato de la oposición del Territorio Federal Amazonas. Noticias de última hora nos informan que en la avioneta particular del candidato fueron halladas unas dosis de cocaína. El candidato acusa al otro candidato de ser una burda maniobra de guerra sucia. Aclara que demostrará su inocencia.
De otra fuente supimos que también puede ser una venganza por motivos de faldas.
¡¡¡Inalcanzaaaaaaable!!!


CATORCE

Atabapo es único.
Lo que a los homínidos les sucede en Atabapo no les sucede en ninguna parte del mundo. Creo yo.
Que en un pueblo en donde sólo hay tres carros, se produzca un choque con la única avioneta que aterriza de vez en cuando por aquí, es verdaderamente insólito.
Don Cheo iba un poco “entonao” esa mañana manejando el camión de la basura y cruzó la pista cuando el avión salía, llevándole el ala. No hubo daños personales que lamentar, aunque el avión quedó averiado por varias semanas.

Eran las primeras motos que se veían en Atabapo. La carretera de tierra que construyó Codesur hacia el sureste, era la pista natural para probar las máquinas a toda velocidad. Desde el Desecho hasta el Pozo, bello paisaje de aguas frías y límpidas en donde los atabapeños se refrescaban en las cálidas tardes de verano, era la ruta preferida, sombreada por grandes y vistosos morichales.
Eran las seis de la tarde. El sol pintaba de oro las orillas atabapeñas e iba apaciguando el calor. Los dos aspirantes a campeones salieron del pueblo poco a poco. Superaron la bajada del Desecho, una depresión en forma de V por donde en tiempos de lluvia, se abrazan las aguas del Orinoco y del Atabapo, convirtiendo por meses a San Fernando en una isla.
Superado este escollo, roncaron los motores y se lanzaron a una desenfrenada carrera. Llegaron a Cascaradura, la pequeña comunidad indígena con la intención de comprar pescado. Una familia estaba celebrando una fiesta y les brindaron algo más que pescado. Entre palo y palo, pasaron las horas. Entre cuento y cuento, bebieron hasta saciarse.
Ya de madrugada, los tambaleantes y neófitos motorizados se despidieron. Las blancas dentaduras brillaban a la luz de la luna en una sonrisa obligada. Montaron en sus caballos rodantes y enfilaron la oscuridad de la carretera, rota solamente por los haces de luz de los potentes faros. De forma inconsciente, se lanzaron en aceleración constante con la cabellera al viento y unas sonrisas bobas tatuadas en el rostro. No se percataron que a esa velocidad el pueblo estaba, cada vez más cerca, tan cerca, tan cerca, que no se percataron que estaban en pleno Desecho.
A gran velocidad volaron con sus motos estrellándose contra la subida del Desecho, y mientras los motores se iban apagando y las ruedas de las motos volteadas rodaban cada vez más lentamente, las sonrisas de los rostros se fueron apagando poco a poco.
Cuando el viejo Campos, el motobombero que sustituyó a Mandarria, muy de mañanita se dirigía a Súpiro, asustado, creía que eran las Animas que vagaban en pena llorando en el fondo del Desecho. Se acercó y vio a los dos motorizados, uno a poca distancia del otro, que gritaban y lanzaban ayes de dolor. El viejo, entre asustado y no queriendo meterse en líos, se fue lo más pronto que pudo, a dar cuenta a la Guardia de lo que había visto y escuchado.
El Jeep de la Guardia, poco después, descargó en la acera delante de la medicatura, la carga doliente. Mientras llegaban los enfermeros y el médico, tuvieron el tiempo suficiente para despertar con sus doloridos ayes a todos los vecinos de la Plaza.
Resultado: varios brazos y piernas fracturados, contusiones abundantes y las motos inservibles.

Acevedo es un homínido superflaco. Cuando se ríe, la dentadura superior es puntiaguda como la quilla de un barco, con los incisivos un poco abiertos. Es tan flaco como yo. En su costillar se puede tocar marimba perfectamente y cuando se emborracha y se pone pantalón corto, sus piernas parecen dos palillos. Si le montaran una coraza y otros arneses y lo armaran con una lanza y un escudo, sería el mejor retrato de Don Quijote de la Mancha. En resumen, es la versión mía en clave humana.
Muy amigo de Doña Rosa y de su marido el Juez, era como uno más de la familia. Faltaban muy pocos días para la fiesta de los 15 años de Carmencita, la más joven de las hijas, y los trajes de Atabapo no estaban a la altura y no lucían lo suficiente para la hija mimada. Había que traerlos de Puerto Ayacucho.
Se halló la solución. El Flaco Acevedo iría a Puerto Ayacucho y en contacto con la comadre de Doña Rosa, le comprarían el vestido quinceañero apropiado y Acevedo lo traería inmediatamente.
Y aquí fue donde el gato se subió a la batea. El Flaco Acevedo, se encontró con Argenis, un hijo del Juez, parrandero y bebedor, y... adios luz que te apagaste. Se pasaron varias noches de parranda y francachela, jugando gallos a costa del vestido de Carmencita, que se quedó sin traje, pues nunca llegó a Atabapo.
El Flaco Acevedo fue declarado persona no grata en la casa de Doña Rosa y el Juez no quiso verlo más nunca, ni en pintura…

En el incipiente despertar turístico se publicitaron las blancas playas atabapeñas y fue por este tiempo, cuando el esquí acuático comenzó a surcar por primera vez las negras aguas del Atabapo.
El futuro turístico de Atabapo se vislumbró con Codesur en el gobierno de Caldera, cuando se construyeron en el extremo de la Punta de Don Diego ocho lindas churuatas, añadiéndole a la inspiración arquitectónica indígena y a la frescura de sus techos de palma, la solidez de los materiales duraderos y modernos.
La Conahotu, institución oficial del turismo, escogió la más bella vista panorámica sobre el Atabapo. Era, juntamente con la pavimentación del Aeropuerto y de las primeras calles, la semilla del posible despegue turístico de la zona.
Pues bien, a los pocos meses de inauguradas, con el cambio de gobierno y el cese de los proyectos del gobierno anterior, las “Churuatas Hotel” fueron abandonadas a su suerte. Algunas fueron eventual estancia de los indígenas que venían a San Fernando, otras se convirtieron en antros, “polígonos de tiro” y letrinas públicas, desvalijadas de todo lo útil y poco a poco, se le fueron cayendo los techos de palma convirtiéndose en unas penosas ruinas.
Pasarán varios años antes de que vuelvan a resurgir de sus cenizas; pero esta vez, ya no para establecer la base de un futuro desarrollo turístico, sino para convertirse en cuartel de la Armada. Así perdió el pueblo de Atabapo el lugar más bello y prometedor de la zona.
El atleta Alberto Escobar, siempre buscando nuevas experiencias, estaba haciendo los primeros pinitos en el esquí acuático. Se fueron varios amigos hasta Amanavén con la voladora a hacer una diligencia y Alberto se empeñó en salir desde allá con los esquíes. La fuerza del Guaviare en esa curva es muy fuerte. La voladora, por error del motorista arrancó hacia atrás, siendo arrastrada con gran fuerza por la corriente, alcanzando a Alberto que desapareció debajo del agua. Los motoristas empezaron a gritar, la gente de Amanavén corrió inmediatamente a buscar entre las aguas al esquiador, pero nada que aparecía.
Tras unos momentos de angustia y esperando lo peor, descubrieron a Alberto Escobar agarrado a un barco de la orilla, sin decir nada, sonriendo tímidamente. Se acercaron a él, creyéndolo sangrante y gravemente herido, ofreciéndole las manos para subirlo a cubierta.
Les explicó que no podía salir del agua, porque estaba completamente desnudo. La propela le había arrancado toda la ropa. Se alejaron de la orilla poco a poco, hasta que más arriba, sin tantas miradas curiosas, Alberto se subió a la voladora con esquíes y en traje de Adán.

Doña Rosa fue Prefecto de Atabapo por varios años. Mujer sin muchos estudios, pero con un gran temple y sentido común y una voz estentórea que se oía a cuatro cuadras a la redonda. José Luis Bueno era el secretario de la Prefectura y el que llevaba todo el papeleo oficial. Hombre culto, con buena caligrafía, pero excesivamente aficionado a los tragos. Doña Rosa se la pasaba reprochándole repetidamente este vicio, llegando a amenazarlo con botarlo del trabajo.
Cansado José Luis de tanto regaño, planeó su desquite. Aquel día lunes por la mañana, amaneció José Luis extrañamente sobrio. Doña Rosa se preparaba para salir de la Prefectura con su ancho sombrero indio de moriche, cual pamela tropical en su cabeza cuando, con toda la seriedad de un acto protocolar, José Luis la interceptó diciéndole:
- Doña Rosa, tiene que firmar este Oficio para el Gobernador. Se lo lleva ahorita mismo el Comandante de la Policía que viaja por agua a Puerto Ayacucho.
Doña Rosa, que había dejado sus anteojos en casa, se apoyó en la mesa y firmó el Oficio sin detenerse a leerlo y, entregándoselo a José Luis, le dijo:
- ¡Hmm! Finalmente... Una mañana que no hueles a ron...
José Luis, al ratico, se desternillaba de risa con sus compinches y amigos del Grupo Aguila.
Les mostró el Oficio en donde la misma Doña Rosa había firmado, sin saberlo, su destitución de Prefecto de Atabapo.
Naturalmente que el Oficio no llegó a Puerto Ayacucho.
El que sí fue destituido de Secretario, fue José Luis.

En el año 1976, el río creció de forma nunca vista. Fue invadiendo poco a poco las calles del pueblo y las embarcaciones atracaban al frente de la Iglesia. Era interesante ver a los muchachos pescando en la Plaza Bolívar. Por varios meses, Atabapo tuvo pretensiones de ser una Venecia tropical, por cuyos canales se paseaban curiaras en vez de góndolas.
No sólo fue un hecho interesante sino trágico para muchas familias. Todo el Barrio Don Diego tuvo que ser desalojado, pues el río disolvió el bahareque de las casas a más de un metro de altura.
Se inundaron muchos conucos indígenas, preconizando escasez de mañoco para el próximo año.
Entre los damnificados atabapeños no se perdió el humor. Inventaron el cuento y se lo aplicaron al Sr. Azavache, según el cual había presentado a la Gobernación la relación en la que se declaraba damnificado por los 140 patos que se le habían ahogado en la creciente.

Bajó el río
Después de la “creciente de garza”, en pleno noviembre, el Atabapo descendía de manera inexorable. El calor pegajoso aumentaba día a día y se pegaba a la piel como garrapata asquerosa. Las primeras quillas de arena blanca se teñían de color ámbar y asomaban con timidez en el río. Los racimos de manaca aún no pinteaban, pero los mangos ya se cubrían de flores infinitas tiñendo de malva las verdes copas. Bandadas de escandalosos pericos se hartaban comiendo semillas en los camorucos de la Plaza. El ambiente se relajaba, como en toda población de la costa, esperando a veraneantes y turistas.

De mañanita, clavado en el tronco del sarrapio de la Plaza, apareció un mensaje misterioso: “Mañana será el día. Llegó tu hora. Huye si no quieres morir”. Firmado: “Los Buitres”. Esta pandilla dirigida por Wachu Piñate, era la que en los días de Semana Santa iban de un lado al otro del Aeropuerto, prendiendo pequeñas candelas para engañar al Sr. Martínez Gil que se la pasaba covando toda la noche en búsqueda de entierros con morocotas.
Por primera vez desde el día en que desapareció, se vio a Yumure por la Punta, taciturno, callado, misterioso. Apenas salía de casa. Estaba cambiado. La tez se había oscurecido, sus músculos se habían fortalecido, pero sus ojos seguían siendo inexpresivos. Siempre iba acompañado del misterioso caballero alto y canoso. Una vez, caminando detrás de ellos, aunque hablaban en voz baja, me pareció oír la palabra “Comandante”.
A mediodía, Chirote, el eterno enamorado, el galán, el Cyrano de Bergerac atabapeño, el imitador de Sandro y Leonardo Fabio, el “toro enamorado de la luna”, en una acto supremo de amor desesperado, pasó delante de la casa de su amada, su adorada Julieta, y a pecho descubierto, se clavaba sin mucho convencimiento con una botella rota.
El candidato a suegro, Don Nepo, lo corrió diciendo:
- ¡Péguese más duro, pues! ¡Dele sin miedo, hijueputa!
Otra vez, lo corrieron también e intentaron meterlo preso, porque con una bácula amenazaba con dispararse delante de la casa de su amada, si no se la daban en casamiento. Le quitaron la escopeta… No estaba cargada.
Cuando la policía fue a buscarlo a la casa, ya se había escapado. Por el bosque de la laguna estuvo varios días y noches de prófugo mientras las pesquisas policiales sólo encontraban mensajes en las cortezas de los árboles: “Por aquí pasó Chirote”.
Mientras la inteligencia policial estaba ocupada en descifrar y atrapar a los autores de los mensajes de los Buitres, y últimamente los de Chirote, la Guardia vigilaba como siempre, rutinariamente su comando. Mientras tanto, de noche, los faros iluminados del carro de Noelia, desde la última roca de La Punta, lanzaba mensajes cifrados hacia la orilla colombiana. Al rato, llegaba un barco que descargaba la mercancía que Pechón y sus cachifos no tardaban en llevar al Almacén.
Hoy se me dio por el lado romántico. Contemplaba el atardecer debajo de un sarrapio de Marakoa, y escuchaba los cuentos amenos del viejo Acosta, cuando vi pasar hacia la playa a unas imponentes muchachonas que yo conocí de carajitas. ¡Cómo pasa el tiempo! La Chuma, aquella gordita
insignificante, debe tener hoy unas medidas 90-90-120. Por ese mismo camino van la Chama, Mireya, la Chema, ¿Qué comerán estas muchachas? Y yo tan flaco...

Allá estaban, en la incipiente playa, retozando los carajitos. El malandro Macha y su pandilla. El sinvergüenza venía por la mañana y hacía sus necesidades en un hoyo superficial. Después invitaba a Chara, a Chura, a Cuyina, al Indio Pito y otros a jugar a la caza del tesoro. Premio para el que encontrara la sorpresa que él había escondido. Manos a la obra. Todos comenzaban a escarbar en la arena.
El, desde el agua, dirigía el juego con una sonrisa de caballo que reventaba en carcajadas cuando el primer incauto se embarraba con la fatídica sorpresa.

Por allá va Candy, la sobrina de la doctora. Era una catirita muy simpática y buena estudiante, que su mamá envió a estudiar a San Fernando con su tía. Pero como toda muchachita a su edad, estaba descubriendo el mundo y, como es natural, ya varios abejorros le rondaban zumba que zumba. El más insistente era Argenis, uno de los hijos del Juez.
Volví a ponerle atención a lo que decía el viejito Acosta… Y que asaltaron el barco de la doctora Amelia en pleno Orinoco. Les robaron todo y a Tomás lo cortaron y ataron a un árbol en la orilla colombiana.
Lo mismo había pasado con otros dos barcos días atrás. Aunque últimamente se estaba hablando mucho de la guerrilla, el viejo Acosta creía más bien que eran bandidos que sabían muy bien cuando subían los barcos y los asaltaban.
- Las guerrillas no son robagallinas - sentenció el viejo.

Anoche hubo bonche en “La vida no vale nada”. Esta bodega o negocio de Tertu, imitando el célebre Casino de Montecarlo, estaba encaramado en un risco rocoso que se alzaba sobre el Atabapo. Aunque ahí no había ruleta ni otros desencantos que incitaran al suicidio, el peligro de que algún borrachito se cayera al río, siempre era una posibilidad.
Tertu era un hombre con una filosofía especial. Negado para los negocios, era feliz cuando en su casa estaba llena de gente, siempre reinaba ambiente de fiesta y alegría. Era optimista radical, siempre veía el lado bueno de las cosas. Pero siempre salía perdiendo en sus proyectos. Pero no se amilanaba. Terminaba uno, pero ya estaba pensando en otros dos. El era capaz, cuando se acababa la cerveza, de ir a comprar más y venderla más barata de lo que le había costado, con tal de que la gente no se fuera de su casa.

Por ese tiempo estaban asfaltando el Aeropuerto. Aunque el anuncio de que ya estaba inaugurado había sido publicado en “El Nacional” un año antes. Total, ¿quién conoce en Venezuela dónde quedaba San Fernando de Atabapo? … “Por allá lejos, por Santa Elena de Uairén”- dicen.
Todos los gobernadores que pasaban por Atabapo anunciaban infaliblemente la inminente solución del eterno problema de la gasolina. Pero todo seguía igual.

En Venezuela, de Samariapo para abajo, el tiempo no es oro. Es otro. Todo va terriblemente lento. Y esa lentitud se te va introduciendo en los huesos, vas haciéndola tuya, se te pega poco a poco, sin percibirla. Es como si por extraña transfusión, corriera verde savia en lugar de sangre por las venas y que, en lugar de ascender y ayudarte a crecer en movimiento, sólo descendiera y produjera en ti raíces que crecen hacia abajo, como anclajes en el subsuelo. Después de pasar un tiempo en estas tierras, miras como un extraterrestre a cualquiera que cree que ha encontrado la solución fácil y rápida al problema más sencillo. Conozco gente que llegó a esta tierra con ganas de comerse el mundo: dinámicos, ágiles, emprendedores… Hoy son personas que caminan lentos y tienen la mirada cansina. Y no por viejos.
La manigua pudo con ellos.
Pero no todo es tan sencillo. La vida parece que sigue igual. Aparentemente, nada cambia. La canícula lo envuelve todo en una pesadez agobiante y pegajosa. Pero si uno se fija un poco, aunque no tenga alma de poeta canino como yo, detrás de las apariencias ve muchas cosas más.

QUINCE

Candy estaba en problemas. Sus tíos no la dejaban salir de noche. Argenis, el galán, rondaba la casa pero no podía verse con Candy. Una carta de ella a su mamá quejándose de la severidad excesiva de su tía, hizo que aquella se presentara en Atabapo en la mayor brevedad posible.
Lo que era una aclaratoria familiar normal que podía haberse dilucidado entre cuatro paredes, terminó en una reyerta verbal a muerte entre las dos hermanas. Para maravilla de todo el pueblo, subió a instancias judiciales.
Y digo “subió”, porque el juzgado estaba en el primer piso del único edificio de dos plantas que había en el pueblo. Y digo: “para maravilla de todo el pueblo”, porque como el Juez tenía problemas de oído, todo el pueblo se enteró de las declaraciones, alegatos e insultos que ambas hermanas se endilgaron.
- Tu hija es una callejera...
- Tú no tienes moral para decir eso...
- Yo soy responsable...
- Cuando estudiabas en la universidad...
- ¿Qué vas a decir tú?
- Eras una p... ¿te acuerdas cómo se te rompió el brazo?...

No escribo todos los apelativos que se dijeron, porque en mi ignorancia perruna, desconozco la mayoría de ellos.
El espectáculo fue bochornoso. Yo estaba debajo del camoruco de la Plaza, rodeado de curiosos que no podían dar crédito a lo que oían.
Al siguiente día, Candy se fue con su mamá y nunca más volvió por Atabapo.
Con gran pesar de Argenis, el galán…

Hubo cambio de gobierno en la capital. Un presidente que en la campaña se había promovido con el eslogan: “El es como tú”, nombró gobernador de Amazonas a otro “como él”. Ambos estaban infectados por el virus EPA.
Como siempre sucedía en tales circunstancias, en Atabapo se dieron los gatopardianos cambios, para que todo siguiera igual. En donde, los pocos de siempre mejoran, y los muchos de siempre siguen igual: como yo… ladrando.

La explotación del oro estaba prohibida en Amazonas, pero la compra del oro era libre. Como me dijo un maco:
“Eso es como si una ley te permitiera tener hijos, pero te prohibieran acercarte a una mujer para tenerlos”. Naturalmente que nuestro amigo maco no sabía nada de los bebés probeta, pero su lógica era aplastante…
Todos sabían en Atabapo quiénes compraban el oro y no tenían problema alguno.
El indígena siempre tuvo problemas. Tradicionalmente, siempre explotó el oro. Pero si la Guardia le agarraba con unos gramos encima, se los decomisaba. Y ¿a dónde va a parar el oro decomisado? Misterio. Nunca se supo. Bueno… de que se sabe, se sabe…

La escuela Granja era una institución educativa atabapeña dependiente del Ministerio de Educación que, junto a la más antigua Escuela Junín, la escuela de los curas, eran los pilares educativos fundamentales del pueblo.
Después de los años iniciales de gran florecimiento con unos directores y un grupo de educadores responsables, entró en una crisis institucional. La sucesión de Directores Encargados sin escrúpulos e infectados del virus EPA, que derrocharon el presupuesto y, con desfachatez alienaron los bienes nacionales propios de la escuela, como motores, camión, planta eléctrica, y otras cosas, vendidas en Colombia junto con maquinaria de limpieza sofisticada, lavadoras secadoras, planchadoras industriales y herramientas perdidas por abandono y desidia, hicieron decaer a la institución en la más ruinosa postración.
Hubo un auténtico asalto a láminas de zinc, cables etc. Yo vi cuando con el maestro de guardia sacaban la comida de los internos en carretillas para intercambiarlas por otros servicios. El deterioro de baños, dormitorios, puertas y ventanas condujeron a la casi ruina de la institución.
Además de los gruesos desfalcos, el presupuesto de la escuela lo manejaba el Jefe de la Zona Educativa. Algunos Directores Encargados, se sintieron manipulados y renunciaron a la primera. Otros, conniventes, hicieron su negocio aprovechando los cambalaches y facturas chimbas. Hubo gente que se enriqueció a costa del hambre de aquellos muchachos. Hubo algún Director de Educación estadal atacado del virus EPA que construyó casas y cambió de carro periódicamente, gracias al hambre, la miseria y maltrato de estos internos, preponderantemente indígenas.
Y nadie fue preso.
Como tampoco metieron presa a la doctora Amelia aquella noche en la que el teniente de la Guardia requisó el almacén y encontró un contrabando de cajas de whisky. El poder político funcionó y al que sacaron de Atabapo fue al primer Teniente que quiso, inocentemente, ponerle el cascabel al gato.
Pero sí fueron presos por tres años Yacame y Pelusa porque hicieron un “roberto hurtado” en el almacén de la doctora. Se les levantó un expediente en donde intencionadamente, le aumentaron de forma exagerada el monto total de lo robado: motores, ventiladores, ropa, calzado, artefactos eléctricos, chinchorros, trajes, ollas, etc. Era de tal volumen lo supuestamente robado, que no hubieran podido transportarlo ni con un camión 750.
Yo vi cómo se metieron aquella noche por el techo y no quise ladrar. Vi lo que sacaron. Comparado con el saqueo de la Granja y de otras dependencias, y comparado con los altos intereses que Noelia cobraba en las letras del fiado, éste fue un robo de gallinas, como el que le hacían los sábados por la noche al gallinero del Hermano Chiva, para hacer un sancocho.

DIECISEIS

Amanda entró a la casa de Don Luis y se puso a lavar los peroles amontonados en la choza que le servía de cocina. Los secó y colocó en una tabla forrada con un periódico amarillento, Dios sabe de qué fecha.
Preparó guarapo y el olor a café recién colado embriagó a Don Luis, interrumpiendo brevemente los acompasados martillazos que daba sobre la herrumbrosa máquina laminadora de caucho.
- Venga Don Luis, deje de hacer tanto ruido con ese martillo.

Don Luis sentía un especial cariño por Amanda. Hermana menor de Elisa, mil veces se arrepintió de no haberla elegido para casarse con ella. Alegre pero juiciosa, buena paridora como Elisa, trabajadora y ordenada, buena esposa y muy buena ama de casa pues tenía siempre limpios a sus carajitos.
Aunque ya no era joven, mantenía una figura esbelta y armónica, dentro de los parámetros de la belleza atabapeña. La sonrisa siempre pronta, mostraba unos dientes extraordinariamente blancos. La sonrisa hace que todos parezcamos más jóvenes de lo que en realidad somos. Por eso yo siempre estoy pelando los dientes.
El viejo Don Luis saboreó más la figura de Amanda que el cafecito recién hecho.
Mientras tanto, Amanda se metió en el cuarto, arregló un poco el mugriento colchón, le puso encima una cobija y. sentándose en el borde de la cama se quitó la blusa, dejando al descubierto unos pechos si no turgentes, sí aún de muy buen ver.
- Venga, viejo, lo estoy esperando.
Cuando entró Don Luis y vio a Amanda semidesnuda, con los brazos extendidos hacia él, los fuertes y blancos muslos asomando bajo la falda, quiso dar media vuelta y salir del cuarto.
Amanda se levantó y con fuerza, lo detuvo lo atrajo hacia el catre.
- ¿A dónde vas tú, viejo marico?
Sin dejarlo pensar, le quitó la ropa y abrazados, se acostaron en el viejo catre en donde retozaron largamente. El oxidado catre empezó a chirriar, primero lentamente y después cada vez más aprisa, hasta que poco a poco se fue acallando en un sabroso silencio.
Por la mente de Don Luis desfilaron rápidamente los años felices con Elisa… ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez? Estaba como avergonzado frente a Amanda. Cerca de su oído le susurró quedo:
- Gracias Amanda, pero ¿por qué hiciste esto? ¿Por compasión?
Amanda lo abrazó por última vez.
- Hay que ayudar al prójimo ¿o no? Y yo últimamente, te he visto tan triste...
- Gracias, Amanda. Eres muy buena.

Amanda se vistió con rapidez y, después de lavar las tazas del café, se marchó sin despedirse.
Don Luis quedó así, casi desnudo, ensimismado mirando al techo, mientras dos tuqueques se perseguían jugueteando por la pared, y en el tocadiscos de la casa vecina escuchaba una voz límpida que cantaba:
“Besos, ternura, cuánta locura...
Para entrar en el cielo
No es preciso morir...
Besos, ternura...”

Yo, que estaba en el patio cuando vi salir a Amanda terminando de abrocharse la blusa, lancé mi típico aullido de lobo enamorado:
- Aúhhhhhhhhh...

Al rato salió Don Luis con cara de felicidad y me dirigió una pícara mirada llena de complicidad. Como dice Don Gil: “El que ha sido marinero, cuando ve la mar suspira”...
Se sentó y con la mirada perdida en el horizonte habló muy quedo:
- Es mi “creciente de garza”, Inavi... De aquí en adelante, todo es bajada...

DIECISIETE

La luz de la tarde languidecía prematuramente a causa de una garúa fina e impertinente. Preconizaba un aguacero blanco y apenas se divisaba difuminada la isla que cierra el puerto real.
Un bongo grande que bajaba por el Atabapo atracó frente a mi casa-voladora. Era el de Don Aragua, comerciante y transportista de Maroa que iba camino de Samariapo y sólo esperaba reponerse de gasolina para bajar al día siguiente.
Estaba yo en uno de esos momentos aburridos, con la mente en blanco, cuando la mirada atraviesa lo material y se pierde en lo infinito sin pensar en nada concreto. Son momentos estúpidos que todos tenemos. Los hominidos también. Varias veces observé a algunos de ellos con los ojos muy abiertos y con cara de beodos. Dan la impresión, como el niño del «diente roto» del cuento de Arraiz, que se hallan en una meditación trascendental e inteligente o que están elucubrando sobre quién sabe qué problema de vital importancia. Embuste. No les crean. Están completamente idos de este mundo. Como yo ahora.
Me despertó una visión inesperada. Una ejemplar cacri de formas bien proporcionadas, entradita en años, más gordita que yo pero de muy buen ver todavía, se asomó tímidamente por la borda del bongo yavitero.
Mi reacción fue inmediata pues me cayó simpática. Me levanté, sacudí mi esquelético físico, saqué pecho y con el caminar más elegante y pintoso que estaba a mi alcance, me acerqué al bongo y le di un meloso ladrido de bienvenida invitándola a mi casa.
La cacri, de un pelaje amarillento-ocre más oscuro que el mío, se asomó curiosa y, después de ciertos remilgos caninos, bajó del barco siguiéndome hasta mi casa-voladora.
Como la lluvia seguía constante, tuvimos tiempo para hablar y conocernos. Nació en Democracia, un pequeño caserío del Guainía, pero de pequeñita la llevaron a Maroa y ahí se quedó. Será por eso que es un poco faramallera.
Me di cuenta que no era una cacri de raza, sino que un raro mestizaje en sus camadas ancestrales, tal vez producto del cruce con algún perro turista, hizo que la filosofía libertaria propia del perro cacri se diluyera con el tiempo. Por eso hoy vive como servicio en la casa de los Aragua. Pero esto no le quitaba nada a su bella estampa y sus cualidades de buena conversadora.
Hablamos de todo un poco. A pesar de su adhesión al hombre-amo, conservaba muy bien el aire de desenfadada superioridad que los cacri tenemos sobre los homínidos y demás animales.

- ¿Supiste lo de la avioneta que se cayó por el Guainía? – preguntó.
- Sí. Murieron todos.
- No. Encontraron a la doctorcita – dijo ella.
- ¿Cómo? Eso sí no lo sabía - respondí yo.
- Tú sabes muy bien la imbecilidad de la que hacen gala los humanos. Cuando se cayó la avioneta había un tiempo como éste: cielo bajo y plomizo con una incesante lluvia en donde casi se respiraba agua en lugar de aire. La gente de Playa Blanca, cerca de donde yo nací, escuchó una gran detonación en la parte de Colombia, al otro lado del río.
Un día después un viajero que subía hacia Maroa, les dijo que una avioneta estaba perdida. Que había desaparecido. El capitán de la comunidad sacó su viejo radio y trató de sintonizar alguna emisora. Las pilas estaban agotadas y, después de unos breves carraspeos, enmudeció para siempre. Habría que esperar al P. Weslao para encargarle unas pilas nuevas.
- ¿El P. Weslao? – pregunté.
- Sí. Es un cura con una filosofía parecida a la tuya: libre como el viento, que no para por mucho tiempo en ningún sitio. Va de acá para allá por todo el Guainía haciendo el bien a todos.
- Sigue. ¿Qué pasó con la doctorcita? ¿No murió?
- Al día siguiente aparecieron unos bongos y voladoras llenos de gente, con chalecos amarillo candela, con las siglas DC (Defensa Civil). Venían de Caracas y Puerto Ayacucho, cargados de aparatos, radios, brújulas, cuerdas, salvavidas etc.
Un helicóptero sobrevolaba la zona de vez en cuando tratando de divisar algo, pero era imposible. Era un día como el de hoy, de aguacero blanco, en donde las nubes rozaban las copas de los árboles.
Los pueblerinos de Playa Blanca les hablaron sobre el ruido enorme que habían escuchado. Ellos anotaban en unas libretas, con aire de homínidos sabelotodo. Cuando el capitán de la comunidad les dijo que pensaba enviar un grupo de hombres para explorar, enseguida se lo prohibieron alegando “que para eso estaban ellos allí”. Pobres estúpidos. Se creen que saben caminar por el monte mejor que el indio que nació en esas selvas.
Pasó el tiempo y no encontraban rastros de la avioneta. Esperaban que el tiempo mejorara y en efecto, mejoró. Fue cuando finalmente encontraron los restos de la avioneta.
- Toda quemada. De eso nos enteramos nosotros aquí. Todos muertos - completé yo.
- No señor. Y aquí fue donde se demostró la estupidez de los homínidos. Defensa Civil, como todo organismo oficial, vive del éxito de sus operativos, su existencia y presupuesto se justifican si obtienen resultados positivos.
- (¡¡Jo!! Me salió charlatana la jeba… ¡Qué lengua!) - pensé para mí.
- Al acercarse a los destrozados y quemados restos de la avioneta, Defensa Civil sacó conclusiones inmediatas. Había un cuerpo todo carbonizado y, después de ver el desastre en su conjunto, concluyeron que todos habían muerto carbonizados.
Se difundió la noticia, se les avisó a los familiares y con los restos del cadáver encontrado, Defensa Civil recogió unos diminutos huesecillos que supusieron que era lo que quedaba de la diminuta doctorcita de Maroa.
No importaba que no hubieran aparecido rastros del cadáver del piloto. No importaba. Se había tomado una decisión y ésta encajaba perfectamente en el razonamiento lógico del homínido.
Llegaron a Maroa las urnas que habían de acoger los restos y así enviarlos a las familias. Con anterioridad, el juez y el médico rural reconocieron los restos mortales y firmaron el Acta de defunción oficial.
La familia de la doctorcita, con gran dolor recibió la urna y antes del entierro, organizó el tradicional velorio.
- Eso lo supimos aquí en Atabapo. - Le dije, esperando que terminara su rollo.
- Pero no sabes el final. Cuando los familiares estaban en pleno velorio sonó el teléfono. Cuando la mamá escuchó la voz de su hija, casi se desmayó. Era la doctorcita que le estaba hablando por teléfono.
- ¿Y entonces? ¿qué habían metido en la urna?
- La lapa. Si señor. Los huesos de una lapa que una familia le había dado para llevársela a unos parientes de San Carlos.
Cuando se fueron los de Defensa Civil, los indígenas de Playa Blanca, curiosos, quisieron ver el lugar y los restos del accidente. Se metieron por un cañito que nacía cerca del cerro donde supuestamente se había estrellado la avioneta. Cuando el caño se hizo cada vez más estrecho, divisaron algo que se movía. Se acercaron y encontraron a la exhausta doctorcita en un estado lamentable; los gusanos habían hecho casa en sus múltiples heridas y parecía aún más pequeña de lo que en realidad era. Apenas tenía fuerza para hablar. Logró decir que el piloto estaba herido allá atrás. Siguieron el rastro y lo encontraron ya muerto. Demasiado tarde.
Dispusieron un bongo con motor y salieron inmediatamente hacia San Carlos de Río Negro.
Llegados allá, la gente salía al paso de aquella procesión de indígenas que cargaban en un katumare a la diminuta doctora. En la medicatura la limpiaron, le sacaron los gusanos, desinfectaron y le hicieron las primeras curas de sus múltiples heridas. Lo que declaró la doctorcita vino a corroborar una vez más la estupidez humana.
- ¿Cómo podían confundir los huesos de un homínido con los de una lapa? Si fuera un perro, todavía, pero una lapa... ¿y qué médico era ese? ¿No estudió anatomía? - concluyó finalmente mi invitada - Sucumbió a la fuerza de eso que ellos llaman lógica, y ante eso, los homínidos dejan de razonar. No quieren entender que en Amazonas la lógica no existe.
- ¿Y tú? - le dije con sorna - ¿por qué, si conoces la estupidez del homínido, vives con él y le sirves como esclava?
- ¿Cuántos años tienes? - me preguntó.
- Cinco. Soy un cacri adulto.
- Cuando tengas los míos o algunos más, pensarás distintamente. “Nada hay que haga envejecer tanto, como el miedo continuo de llegar a viejo”… La vejez genera dependencia y anestesia la libertad.
- Te has hecho lógica como los homínidos...

Pasamos el aguacero que duró toda la noche dentro de mi casa-voladora.
Sé que los lectores están curiosos de saber lo que pasó ahí dentro. Pero se van a quedar con las ganas…


DIECIOCHO

- Don Tapo, ¿ya sabe? Por ahí vienen otras elecciones - dijo el viejo Yavinape.
Yavinape era un joven avejentado por el alcohol. Botiquinero de profesión, le crecía la panza al mismo ritmo que le disminuía el cerebro y sufría de estreñimiento cerebral: sólo con grandes esfuerzos producía alguna idea.
- Si las elecciones dieran de comer... - dijo Tapo.
- Aquí en Atabapo dan de comer a muchos. Ahora casi todos viven de eso…
- Yo ya estoy viejo pa eso, Yavinape.
- Hmmm… Pa eso y pa lo otro, porque vamos, Don Tapo, usted ya ni con Viagra...
- ¡Grosero! - y le lanzó un bastonazo que Yavinape esquivó con un brinco - Tú cállate, que eres más inútil que teta ‘e macho.
Don Tapo era un viejo baniba, bajito de estatura pero con una chispa fulgurante y socarrona. Nacido Pasimoni adentro, en el municipio Río Negro, viajó y trabajó por toda la geografía del estado, mientras tuvo fuerza. Hacía años que se había asentado en San Fernando, tal vez porque el agua oscura del Atabapo le recordaba la de su Pasimoni natal.
Frente a la cancha de fútbol estaba su casa. La llamaban la “Tapoteca”, porque todos los fines de semana, infaliblemente se prendía una fiesta al son de un enorme equipo de sonido. Cuando no cumplía años una de sus cinco hijas, los cumplía la silla o el equipo de sonido o la cocina u otro objeto. Pero en su casa siempre había baile los fines de semana.

- Deja la agresividad, Tapo — dijo Don Gil — que tú ya no estás p’a eso.
- ¿Tú también vienes con la mamadera de gallo?
Don Gil, además de ser Juez, era el intelectual del pueblo. Persona chapada a la antigua, de principios inamovibles, y como toda persona que pasa de los sesenta años, muy crítico de las generaciones presentes. Era reposado, observador y tranquilo en el hablar.
- ¿Supiste lo del diputado Mirabal? Después de todo lo que le dijeron sus compinches de partido, los insultos públicos que le dieron a él, a su mujer, a su familia...
- Sí. Me dijeron que ya está con ellos otra vez.
- ¿Será que esta gente ha perdido todo el sentido del honor y del respeto? Por cosas más nimias que éstas, en mis tiempos hubieran brillado los revólveres...
- Mira Gil, Amazonas y el cielo se parecen mucho. En ellos todo es posible. El honor no es más que una palabra. A ti te gusta mucho hablar de eso, pero lo que hoy vale es el dinero, el negocio, la política... «En política no hay odio que aguante las caricias del poder».Vete a ver tú lo que le dieron para que se echara patrás. Además, me dicen que un virus peligroso está atacando fuerte a los políticos.
- ¿Sida?
- No. EPA.
Un peatón que pasaba por allí, se volteó rápidamente, creyendo que era a él a quien llamaban. En Atabapo se usa mucho: “Epa, ven acá...” “Epa ¿cómo estás?...”

La tarde caía perezosa. Los viejos, sentados delante de la casa de Don Gil y apoyados en sus bastones, gozaban la brisa que se levantaba por el Este y cimbreaba levemente las ramas de los mangos.
- El amor y la política son muy semejantes. Basta que recuerden cuando éramos jóvenes. Todo era entusiasmo, emoción, alegría... - expuso Don Gil.
Yo, que estaba acostado escuchando la cháchara de los viejitos, lancé al viento el acostumbrado aullido del perro enamorado:
- Aúhhhhhhhhh…
Tuve que levantarme rápidamente, pues el bastón de Don Tapo se movió amenazador en mi dirección, que después cambió de rumbo hacia Yavinape cuando le dijo malicioso:
- ¿Y qué se va a acordar de eso, Don Tapo?
Don Zoilo continuó serio:
- …Después llega el cansancio, la rutina y el aburrimiento... Ahí es cuando van apareciendo los coqueteos, arrumacos, sonrisitas y besitos a escondidas de tu mujer... Y después vienen los cachos... Y si los cachos duran y crecen, llega la ruptura total... Y lo más fuerte es, que después pasan delante de ti, agarraditos de la mano y besándose como adolescentes primerizos. Al final, te botan como un cacharro inútil.
- Sí, pero eso le pasa también a los que se portan bien - afirmó socarronamente Don Tapo –Fíjate en Siballaba. El siempre fue monocuco: no conoció a nadie sino a Elisa mujer ¿y qué le pasó? Lo botaron también.
- Y ¿qué tiene que ver todo esto con la política? — terció Yavinape, cuyo logro intelectual más brillante en su currículum había sido el de árbitro de bolas criollas en el bar “El Completo”.
- En política pasa lo mismo – explicó Don Gil - Primero, mucho entusiasmo, apurruñadera y mucha alegría, después rutina, cansancio y aburrimiento. Y ahí es cuando salen los coqueteos y los cambios de camisa... Fíjate en Naranjo. Tremendo líder copeyano. Después se hizo masista y ahora es adeco...
- ¿Y Merino? Tremendo adeco era él… Peleó con el Alcalde y se convirtió a la V República — añadió Yavinape. Y ahora tiene una infección muy fuerte de EPA.
- ¿Y el Quemao?.. Fue adeco, de Camino Independiente, copeyano y ahora ... de lo que venga — terció Don Tapo.
- Y ustedes los ven con la cabeza bien alta, inocentes. Para ellos, cambiar de partido y de ideas es como cambiar de camisa, la misma vaina. En otros tiempos no era así.
- En la política como en el amor, se da ese doble movimiento: amor y odio. Hoy ves que se guindan en alabanzas y jaladeras hacia alguien, por radio o televisión, mañana ese mismo, se la pasa mentándole la madre y le dice hasta del mal que ha de morirse. Fíjense que también en la política se ven casos de sadomasoquismo...
- ¡Coñooo! Sí está hablando fino, Don Gil... “Sado” ¿qué?.. - preguntó Don Tapo.
- Hay tipos que los meten en un vainón, los calumnian, los patean, los escupen y hasta los meten presos... y a los pocos meses, a esos mismos tipos los ves arrodillados, guindándose otra vez, jalando otra vez por radio, por la prensa, como diciéndole al que lo envainó: ¡pégame otra vez, mi amor! ¡castígame!
- Yo conozco a alguno de esos tipos — dijo Yavinape.
- También yo... - comentó Don Tapo.
- Asistir como observador a una campaña electoral y a unas elecciones es algo que produce náuseas. Trampas, zancadillas, traiciones, anónimos, pasquines, compra de conciencias, mentiras y promesas ridículas, reparto de dinero y alcohol, enchiqueramiento y secuestro de indios como si fueran animales... Todo esto constituye el surrealismo, no mágico, sino asqueroso de esta tierra.

- Aúhhhhhhhh.... - También yo asentí, y me alejé prudentemente del bastón de Don Tapo.


DIECINUEVE

Aníbal tenía quince años y estudiaba Sexto Grado. A pesar de estar en plena adolescencia, aún no había tenido experiencia sexual alguna. Su imaginación bullía y se hallaba en total efervescencia, sobre todo con los cuentos que echaban los compañeros un poco mayores que él.
Como en toda pandilla de chamos, cada quién contaba sus aventuras, verdaderas o inventadas, con lujo de detalles que ponían a Aníbal sobre ascuas y por ello, más de una vez, tuvo que consolarse en solitario.
Soñaba con una primera vez, para poder entrar así en el grupo de los grandes. Los pobres muchachos tenían que pagar su peaje para ser aceptados. Aníbal recordó aquella noche en la que fue retado por sus compinches: “¡Eres marico si no tomas!”. Se bebió de un solo trago media botella de Pampero. Ahora, esperaba entrar al grupo de los “grandes” por sus propios méritos y poder así contar sus hazañas.
Era viernes y en el momento del recreo, sentado sobre los tubos de la Plaza mientras mordisqueaba media “catalina”, se le acercó el Morocho que le comunicó sigilosamente que el sábado había un buen chance para él.
Aníbal esperó el sábado con ansia, pues supuso que el Morocho le ayudaría, por fin, a tener su primera aventura. Sentado en la baranda, voló su imaginación abstrayéndose de todo lo que le rodeaba, muchachos y niñas que retozaban bulliciosos en el recreo, carros y bicicletas que pasaban delante de él, muchachitas de pezones reventones que le miraban sonriendo pícaramente. Lo despertó el timbre chillón que le indicó que terminaba el receso. Al levantarse tuvo que disimular con los cuadernos para que los demás no se percataran de algo que le sobresalía en la parte delantera del pantalón.

Llegó el sábado y el Morocho le pasó el dato: “A las 10 de la noche en la casa vieja del Aeropuerto”.
Eran aún las 9 y ya estaba esperando al Morocho en la puerta de su casa.
Salieron por una calle que nunca había conocido la luz eléctrica y se perdieron en la cómplice oscuridad del aeropuerto.
Creían que eran los primeros, pero ya les precedían tres compañeros. Se saludaron con sonrisas nerviosas en el momento en que salía el primero abrochándose aún el cinturón. Al ver a Aníbal, se le congeló la sonrisa, bajó la cara y se fue rápidamente,
Pasó el segundo y luego el tercero y cuando ya les tocaba, Morocho le dijo:
- Vete tú primero.
- ¿Por qué no vas tú?
- No, entra tú.
Aníbal entró a tientas en un cuartucho cuya oscuridad superaba la del exterior,
- ¿Cómo te llamas? - dijo la muchacha desde un rincón.
- Aníbal — respondió mientras aflojaba la correa todo nervioso.
- ¿¡Cómo!? — y la llama de un mechero iluminé la estancia - ¿Quién te trajo aquí?
- Aníbal vio a su hermana Erlyn desnuda sobre un cartón, apoyada en el codo tratando de levantarse. El se quedó de piedra. Algo se había quebrado de forma espantosa dentro de él.
No supo por dónde salió, y no escuchó al Morocho que le dijo sonriente:
- ¿Tan rápido, chamo?
Lentamente, caminando como un zombie, lo abrazó la oscuridad de la noche, mientras con el dorso de la mano trataba inútilmente de frenar sus lágrimas.

¡¡¡Extra!!! ¡¡¡Extra!!! ¡¡¡U1timahora!!!
“¡¡¡Ocho muertos en Fila india.!!!”
Paré mi oreja asustado, dispuesto a escuchar el desarrollo de una tragedia cuando el locutor, sin asomo de rubor continuó:
“No, no, no...Perdonen... Ocho muertos en Finlandia…
Proseguí acostado tratando de conciliar mi sueño, mientras una voz engolada de energúmeno gritaba:
“¡¡¡Inalcanzaaaaaaaable!!!”




VEINTE

De todo se cansa el hombre... y la mujer ¿o se cansaron los dos?
“De quién fue la culpa no quiero saberlo”, cantaba un bolero antiguo...
Lo cierto era, que a pesar de las apariencias, que casi siempre engañan, a pesar de vivir en la misma casa, de ir juntos al Liceo, a la Medicatura y de que el comercio y negocios eran comunes, algo se estaba quebrando en la pareja.
En Atabapo, como en todo pueblo pequeño, todo se sabe. A mi olfato canino y a mi vida errante, sobre todo nocturna, ciertas cosas no se le escapaban.
Las idas y venidas, las entradas y salidas de un jovenzuelo guardia nacional, los ojos de pavón enamorado que se le ponían a Noelia cada vez que él hablaba, además de los dimes y diretes de los adolescentes alumnos del Liceo que también son unos linces para captar ciertas cosas, confirmaron un secreto a voces que recorrió todo el pueblo: la “dotora” está enamorada de un Guardia…
Y muchos curiosos de los barrios más alejados peregrinaban a la Plaza y a las adyacencias del Comando para conocer al Guardia afortunado. Unos se regresaban desilusionados: “Es una menudencia”... Otros sonreían: “¿Y qué tiene él que yo no tenga?...” Algún adolescente no tan inocente vendía empanadas, vociferando delante de Medicatura: “¡¡¡Carne fresca!!!... ¡¡Empanadas de carne fresca!!”

El nerviosismo comenzó a notársele a Gerardo en las aulas, en donde los alumnos de mayor confianza le lanzaban ciertas frases que tenían que ver con las protuberancias córneas que le salen a ciertos animales en la cabeza.
Gerardo mostró en esta situación la misma indecisión de la que había hecho gala en el momento de la separación de su primera mujer. O era ciego o aparentaba serlo. En el pueblo, todos lo apoyaban y compadecían frente a la actitud de Noelia.
Esta, con la cara cuidadosamente maquillada, elegante y solemne, cruzaba las calles del pueblo con la imperturbabilidad de una esfinge.
Hubo un momento en el que ella perdió la calma y se vio alterada y nerviosa. Miguel, el joven galán, había sido destinado al Puesto fronterizo de Santa Cruz, en el alto Atabapo. Los viajes continuos a Puerto Ayacucho en donde tocó varias puertas y todas las teclas políticas y militares con el fin de conseguir el traslado del efectivo, lograron su objetivo. Una voladora partió rauda Atabapo arriba, en busca de un amor extraño que ya no se podía ocultar.
Los acontecimientos se precipitaron: Un viaje de placer los llevó a la Isla de Margarita. Miguel, el guardia, estaba en una nube. Se acordaba de Cristóbal Rojas cantándole a la “Viuda millonaria”. Aprovechaba el momento de ceguera que sufría Noelia y gozaba de esa inesperada lotería. Ella tenía dinero, él tenía juventud y fantasía. Había que aprovecharlo todo.

Los estudiantes del liceo aprovecharon este momento estelar del idilio y nombraron a Noelia madrina de la Promoción. El bonche estaba asegurado. Hubo fiesta por todo lo alto, “hasta las cuatro, no más...” como decía Edgardo.
Muy temprano, una avioneta que había pernoctado en Atabapo, partió con la pareja feliz con destino desconocido. Sobra decir que en el pueblo hubo comentarios de telenovela.
Gerardo, al ver que esta fiebre de Noelia no pasaba, no aguantó más. Hubo separación de bienes y solicitud de divorcio. Ella se instaló en la otra casa y ya de manera abierta el guardia Miguel tomó posesión de sus nuevos dominios. ¿Qué hacía él en el Comando aguantando órdenes y gritos, cuando era se había convertido en el consorte de una de las mayores fortunas de Atabapo?
Pidió la baja y comenzó a trabajar en el negocio. El joven se mostraba emprendedor, viajaba a Puerto Ayacucho, las chequeras tenían su firma, transportaba gasolina, iba de aquí para allá. Era la envidia de todos sus ex conmilitones que soñaban con ganarse una lotería parecida.

Un día se notó gran revuelo frente a la casa de la pareja. La Guardia corría, la Policía tomaba notas, se hablaba de que estaba en camino la PTJ de Puerto Ayacucho. ¡¡Robaron la caja fuerte!! La pareja dormía al otro lado de la pared y nadie oyó nada... Todavía hoy se está esclareciendo el caso.

Mientras tanto, Gerardo seguía su vida de rutina: Medicatura, Liceo, casa... Para salvar la cara y hacer contrapeso al desprecio de Noelia se empató con una jovencita, después con otra; conocían todas ellas que no era el amor el que lo movía sino el despecho, por eso trataban de aprovechar su efímera pasantía recogiendo los despojos de dos vidas que se desmoronaban.

Recordé las palabras que Don Luis repetía con frecuencia:
- Todo río que sube, baja. Y cuando en plena bajada, se da alguna subida, no te preocupes: eso es “creciente de garza”... es alegría de tísicos... después... la bajada no la para nadie...”




VENTIUNO

Era la primera vez que viajaba a Puerto Ayacucho desde mi llegada a San Fernando. Me monté a última hora en una chalana que salía casi vacía. El motorista y los marineros estaban amanecidos, con los párpados pesados. No se enteraron cuando yo me introduje debajo de una lona.
¿Por qué me iba? Por un simple ejercicio de libertad. Los cacri, los perros libres por excelencia, de vez en cuando hacemos unos Ejercicios de Libertad. Una manera de demostrarnos a nosotros mismos que seguimos siendo libres, que no dependemos de nadie ni de nada, ni ansiamos falsas seguridades. A la deriva, cara al viento, afrontamos nuevas situaciones y experiencias, sin consultar el libreto, sin seguir pautas o normas.
No tengo a nadie conocido en la capital, ni me interesa, La aventura es la emoción del cacri.
Estoy seguro que regresaré con un nuevo aprendizaje que reforzará y ampliará mi filosofía libertaria.
El viaje en chalana era sumamente lento. No puedo salir del escondite para que no me vean los marineros que ya se van despertando. Menos mal que mi estómago estaba entrenado a los ayunos.
Entre sueño y sueño, contemplaba el paisaje monótono del Orinoco. Hasta los pájaros parecían aburridos de tanto verde y se escondían cansados de contemplar el fluir silencioso de aquella inmensa masa de agua.
Cuando dimos la última curva y divisamos el puerto de Samariapo, todos, también yo que salí de mi escondite, nos maravillamos de ver tanta gente a la orilla del río: militares, civiles, gente de Defensa Civil...
Atracamos y yo salté el primero. Di vueltas de corrillo en corrillo para enterarme de lo que había pasado: una desgracia. Una embarcación cargada de jóvenes músicos que iban a alegrar con su arte a San Fernando de Atabapo, acababa de ser arrastrada por el Orinoco hacia el raudal de Carestía hundiéndose en sus aguas turbulentas.
Los efectivos militares, acordonando el puerto, ordenaron a todos los civiles para que lo desalojaran. La orden provenía del Ministro de la Juventud que acababa de llegar para coordinar el rescate.
Como los perros, y mucho menos los cacri, no estamos sujetos a esas órdenes, me quedé esperando los acontecimientos a la orilla del río.
Llegó el Ministro, un odontólogo, flaco como yo, con fama de explorador, rodeado de los jalamecates de siempre, periodistas y camarógrafos incluidos. Supe que un grupo de yekuanas recién llegados, veteranos del río, se había ofrecido para participar en el rescate. No los aceptaron.
Al rato, vi que metían en el agua una pequeña canoa, de esas que llaman “Kayak”, usadas antiguamente por los indios del Norte, supuestamente superiores en tecnología a las curiaras usadas por los indios del Sur...
El Ministro pantallero, con traje de scout crecido y con un cuchillo de monte colgando de su cintura, supuestamente patentado por él, pero que yo ya había visto en una de las tantas estúpidas películas de Rambo.
El Ministro se montó en el “kayak” y ahí comenzó el show.
Un helicóptero, que “por casualidad” pasaba por ahí, con camarógrafo incluido, se detuvo en el aire en diversas posiciones para hacer las mejores tomas, los ángulos más favorecidos del Ministro luchando a brazo partido con las aguas bravas. Los camarógrafos, desde la orilla, no querían desaprovechar la ocasión de dar el “tubazo” del año: “El Ministro rescata a los náufragos”.
Fueron escenas deprimentes. Mientras un grupo de jóvenes acababan de ser sepultados en las correntosas aguas del Orinoco, la atención de los medios se centraba en un exhibicionismo asqueroso.
No recuerdo quién lo dijo, pero es verdad: “La vergüenza es una de aquellas cosas que cuando llega a perderse, nunca más se recobra”. Si fuera homínido, me moriría de vergüenza.
Las imágenes las vimos completicas en el telediario de la noche, en la casa de los Guaipo. Fue tal mi asco, que ahí terminó mi viaje a Puerto Ayacucho. Tomé rumbo a Atabapo en el primer barco en el que me pude esconder.
Mi Ejercicio de Libertad terminaba así en la conclusión ya conocida: el homínido da asco. ¡¡Deprimente!!

Un mes más tarde, reposando en mi casa voladora, escuché en la radio del efectivo que hacía guardia esa noche, a un tal Alí Primera cantando una canción compuesta por él en honor a los muertos del naufragio.
En ella no se nombraba al Ministro.
“Sólo se mojaron...
y en la orilla están,
secándose al sol,
pronto sonarán
Siento un gran dolor
en el costillar
se afloja el tambor
y es por la humedad.

Tin, Marín, que arda la candela
Tin, Marín, contra la humedad.

Madera olorosa
a jazmín, café.
Madera preciosa,
preciosa Madera
Madera esperanza
Madera canción
Haremos una mano con esa Madera
para golpear bien fuerte
a quien desde siempre
golpea y golpea,
nos golpea.

Muchacho, pásame los fósforos
que esa madera va arder
ese fuego, alumbrará
el camino p’a donde habrá que coger.
¿P’a dónde va a ser?
Cantar y cantar
hasta que la vida se vuelva un cantar
y nuestro combate, una sola canción.
Porque esa Madera
no sirve p’a guacal,
porque esa Madera es puro corazón.
Tin,Marín, que arda la candela,
Tin, Marín, contra la humedad.


VENTIDOS

Fueron días duros para Aníbal.
Sus compañeros de siempre: Tarira, Mono, Tapara, lo miraban de reojo, evitando encontrarse con él. Se sentían culpables y no sabían cómo decírselo. Otros sonreían, no se sabe si por malicia o por compasión y él, por varios días se mantuvo alejado y solitario.
Hasta que el Morocho le habló:
- Te juro que yo no sabía nada. Palabrita que no sabía quién era. Manaquita me pasó el dato. Yo no hice nada con ella, te lo aseguro. Erlyn quedó muy mal.

La mente del adolescente es como un pizarrón de escuela. Todo se escribe y todo se borra. Pero siempre quedan los restos de tiza. Aníbal trató de olvidar, pero cada vez que veía a su hermana, toda aquella escena volvía a su mente envenenándola. Felizmente, ella se fue a Puerto Ayacucho y no sabe cuándo volverá.
- Bueno, chamo, vas a tener que hacerlo con la vieja Elisa - le dijo el Morocho, medio en broma.
- ¿Qué Elisa? ¿La quinceañera?
- Sí, chamo. Con ella empecé yo. A ella le gustan los carajitos. Dice que de viejos ya se cansó. Pregúntale a Corroncho, al Gringo, a Tivitivi y a los demás. Todos nos estrenamos con ella. Si quieres, yo te hago la segunda y te aviso.
Aníbal, temiendo otra desilusión como la anterior, lo miró seriamente y le dijo:
- Déjamelo pensar.
Elisa, desde que dejó a Siballaba, se dedicó a la vida alegre. Libre de responsabilidades familiares, criaba sólo a Carlitos, un nieto de 5 años.
Frecuentaba el club de las “quinceañeras” y sus noches alegres eran tan conocidas en el pueblo como sus andanzas amatorias, especialmente con menores.
Pasaron los días y un lunes cualquiera, en el receso de la mañana, el Morocho se le acercó:
- Chamo, tienes chance. Le conté tu caso y me dijo que esta noche te pasees a las diez delante de su casa con unos cuadernos en la mano, para reconocerte.

Aníbal, que esos días estaba sólo en casa con hermanos pequeños, pues los padres habían ido a la mina, lo decidió inmediatamente.
A las diez paseaba sigilosamente delante de la casa de Elisa, con un cuaderno bajo el brazo. Había luz en 1a casa. El corazón le latía fuerte, y a ratos dudaba si debía esperar o escaparse.
De pronto, se entreabrió una puerta y desde una sombra a contraluz se oyó:
- Pssss....
Aníbal traspasó el umbral y siguiendo a Elisa a través de la sala, entró en una habitación en donde apenas cabía una cama enorme, de esas que vende la doctora, en donde dormía el nietico de cinco años. Elisa lo tomó con cuidado y lo colocó en el chinchorro que pendía justamente encima de la enorme cama.
Con morboso placer Elisa desnudó a un turgente Aníbal que trataba de esconder su torpeza detrás de una sonrisa idiota.
A las tres de la mañana, Elisa despertó al carajito para orinar. Aníbal se embojotó con la sábana pues le daba pena que lo descubriera, cosa muy difícil, pues el niño apenas abría los ojos por el sueño.
Mientras Elisa lo metía de nuevo en el chinchorro, le dijo somnoliento:
- Abuela, ¿por qué de noche siempre me acuesto en la cama y por la mañana amanezco en el chinchorro?
- Mijito, es el Niño Jesús que te cambia de sitio…

Poco después, aún de noche, Aníbal se vistió rápidamente y salió corriendo hacia su casa.
Ya acostado en su cama, pensando en su reciente experiencia, y repasando todos los detalles vividos esa noche, en realidad no supo si era felicidad o tristeza lo que le embargaba. No podía decir que había gozado enormemente. Pero fue la primera vez, y ya podía formar parte del grupo de los mayores sin complejos.

A la mañana siguiente supo que la policía había hecho una redada de presuntos violadores. Habían abusado de una muchacha en el bajo del pueblo y la mamá, muy brava, exigía una reparación.
Tras un tira y afloja con los padres de los sinvergüenzas, se llegó a una solución rápida y pacífica: 100 Bs. por cabeza.
Un virgo barato.


VENTITRES

Noelia, pasados los momentos de ardor y ceguera adolescencial premenopáusicos, cayó en la cuenta que el negocio no avanzaba. Las cuentas no estaban claras.
Pero lo que más la ponía nerviosa y preocupada fueron las voces que circulaban de que el “Adonis” margariteño lo traicionaba con una chamita.
Como en las películas, contrató un detective para que le siguiera los pasos durante las 24 horas. La desilusión comenzó a ganar terreno. Debía reconocer que la competencia con las pavas jóvenes era desigual. Ella, siempre en la cumbre, acostumbrada a comprarlo todo, no quiere convencerse de que había cosas en la vida que no se podían comprar, como antiguamente recomendaba Memo Morales en el pasodoble de la Billo’s: “Ni se compra ni se vende el cariño verdadero…”
El sinvergüenza de Miguel, daba una de cal y otra de arena. Se arrepentía. “No es para tanto...”, decía que eran habladurías de la gente... Noelia, todavía enamorada, le creía y confiaba otra vez en él.
Miguel sabía que las cosas se le estaban poniendo peligrosas y debía darse prisa. De mente ágil, como buen oriental, preparó con sumo cuidado su próximo y tal vez definitivo golpe.
Debía transportar desde Samariapo 50 tambores de gasolina, una moto y otras pertenencias.
¿Salió del puerto con la mercancía? ¿Lo vendió en el trayecto? Lo cierto fue que llegó a San Fernando sin nada, diciendo que lo habían asaltado y robado.
Fue la gota que rebosó el vaso. El amor más loco suele transformarse en el odio más irracional. Noelia lo acusó de autorrobo y Miguel puso tierra de por medio. Desapareció y se escapó a Margarita.
El resultado que arrojó toda esta tormenta tropical para Noelia, fue prácticamente la quiebra del negocio. Por más que iniciara la recaudación de las deudas y visitara a los morosos, se dieron claros síntomas de que el imperio se estaba resquebrajando. Nadie pagaba. Ya habían pagado demasiado.
Miguel, después de un tiempo, se marchó a Puerto Ayacucho y estaba trabajando con un carro libre. Al enterarse Noelia, comenzó una guerra sicológica, no se supo si estaba movida por el amor o por el odio. ¿Soñaba con el reenganche y la vuelta a aquellos días de locura, o la racionalidad había vuelto a su cauce y esperaba que le resarciera de los fraudes cometidos? La presión no podía pasarse de rosca, pues Miguel conocía muchos secretos sobre su vida y actividades.

Puerto Ayacucho era una ciudad nueva, aluvional, donde desembocaron migraciones de todo tipo; gente sencilla y crédula con una formación religiosa ritual y supersticiosa. Llaneros, campesinos de los estados Guárico y Bolívar e indígenas que abandonaron sus comunidades reagrupándose en barrios, tratando de mantener inútilmente las tradiciones que eran viables solamente en los lugares de origen.
Todos ellos eran pasto fácil de creencias esotéricas, sectas fundamentalistas y brujos irresponsables. Era común escuchar por cualquier emisora: “¿Desea ver el rostro de su enemigo en un vaso de agua?”, “Sufre usted de riñones, hígado, corazón o mal de amores?”, “Comuníquese con la Sociedad Katmandú. Tlf 070707 y encontrará lo que busca”.
En Atabapo desde siempre se recurría a la medicina tradicional, a los viejos shamanes y curanderos, pero algunos seudo-brujos veían en eso un filón para enriquecerse y hacían correr la voz de que “fulano” o “mengano” era un brujo buenísimo. Así le pasó al compadre Matías que fue a pedirle al brujo Cayupare que lo ayudara a encontrar el gato que se le había perdido. Pasaron los días hasta que un día se encontraron en la calle.
- ¿Y entonces? — le preguntó Matías.
- ¡Cónchale, compadre! Tengo que decirle que, lastimosamente, el gato suyo murió. Creo que lo mataron.
- ¡No sea marico, Cayupare! Fue el gato del carro, que me lo robaron...

No crean que era gente sin estudios o preparación la que acudía a esos fumadores de tabaco, lectores de cartas y otros esperpentos. Había profesionales de la educación, de la medicina, del derecho, y hasta gobernadores… También a los políticos últimamente, le dió por contratar brujos…
“De que vuelan, vuelan...”

Noelia se metió de lleno en este ajetreo de “búsqueda espiritual” esperando un resultado a corto o mediano plazo.
Un día, Miguel tuvo un choque aparatoso, después de la convalecencia, no pudo trabajar nuevamente. Una rara enfermedad, (hoy, a todo eso se le llama cáncer), lo fue secando poco a poco y lamentablemente, el ex soldado, que luego fue ex amante, murió y pasó a ser un “ex” total.
“De que vuelan, vuelan...”

Es triste cometer errores. Todos los cometemos. Es mucho más triste el no reconocerlo. Y eso le pasó a Noelia cuando pretendió salir elegida como Diputada en las elecciones que se avecinaban.
La única base popular que la conocía a fondo era de Atabapo. Pasó por alto los errores cometidos aquí; creyó en la proverbial capacidad de olvido del pueblo venezolano y en la inocencia indígena. Hizo su campaña. Visitó casas, reconstruyó relaciones, visitó antiguos compadres, comenzó a sonreír de nuevo.
Se había producido un cambio enorme. Hasta hacía poco tiempo todos necesitaban de ella, hoy ella necesitaba de los demás.
Resultado: sacó tres votos. Ni el pueblo venezolano fue tan olvidadizo, ni los indígenas resultaron ser tan inocentes.
Cuando uno está en “creciente”, comete muchos errores. Cree que la bajada nunca llegará.
Lloró amargamente. Trató de reestablecer contactos con Gerardo, pero ya era demasiado tarde. Se fue triste, triste. ¿Arrepentida? No sé.




VENTICUATRO

Una nueva etapa política se abrió en el Amazonas: El 23/07/92 el Congreso elevó a la categoría de estado al hasta entonces Territorio Federa Amazonas. Con ello, se daba un paso importante en la reafirmación política y en mayor posibilidad de desarrollo autónomo.
Con rapidez, se crearon las Juntas Organizadoras encargadas de gestionar la conformación de la futura División Político - Territorial del Estado: 7 municipios que aplacarían, por ahora, el apetito de los políticos antiguos y de los nuevos que empezaban a surgir como hongos.
Esas Juntas Organizadoras, a las que se les otorgó un presupuesto no muy grande, pero suculento, si tenemos en cuenta el escuálido o más bien nulo presupuesto de las Juntas Comunales preexistentes, no tenían control ni supervisión en los gastos.
En San Fernando, como en los otros futuros Municipios, no se supo en qué consistió el trabajo y los resultados de dichas Juntas Organizadoras, pero el virus EPA se expandió rápidamente, sobre todo entre los partidos organizadores que se repartieron el pastel.
Conocí funcionarios que lo que hacían era firmar los papeles que le presentaba el Presidente, el único que sabía el tejemaneje. Los jugosos sueldos que se asignaron morían casi siempre en el mismo sitio, el negocio del Presidente. Para los políticos y organizadores de dichas Juntas fue el negocio del siglo.
En el parto abunda la sangre y aquí, la sangre del parto de los nuevos municipios fue, una vez más, el abundante dinero de la nación que se dilapidó.

Comenzó la campaña electoral. Amazonas se vistió de fiesta. Se postuló la más variopinta fauna de candidatos para alcaldes y concejales. La degradación del ambiente comenzaba con carteles, afiches y vallas de los candidatos más pudientes y terminaba con las pintadas en los muros y paredes de casas de los más pobretones. Hasta las bellas rocas del Orinoco y Atabapo tuvieron que soportar el triste patronímico de algunos candidatos, afeándolas con pinturas blancas, verdes o amarillas.
Las trampas y manejos políticos nacieron en tiempo de la Colonia, se fueron perfeccionando con los años y se añejaron como los vinos, en los barriles de roble de los partidos: la inscripción de gente extraña en las listas de votación de los municipios, las oficinas de la Diex que se convirtieron en fragua de cédulas chimbas repartidas a colombianos y brasileros… Pocos días antes de las elecciones se multiplicaban los bongos y embarcaciones cargados de votantes que subían el Orinoco y el Atabapo. Había que madrugar en el trabajo político; un concejal en alguno de los nuevos Municipios, podía salir elegido con 30 ó 40 votos.
Se siguió el patrón o esquema de las campañas en el centro del país: los candidatos comenzaban visitando las casas, repartían sonrisas y besaban arrugadas viejitas, y cargaban niños mocosos en sus brazos.
Gerardo se lanzó a Concejal. Fue elegido sin hacer campaña. El arraigo que tenía en el pueblo, su entrega profesional como médico y profesor, unido esto a que siempre descargó sobre Noelia todos los aspectos negativos, las jugadas sucias, la fama de avaricia, los cobros de las deudas etc. “Eso es cosa de Noelia”, hizo que Gerardo ganara con la votación más alta un puesto en la Cámara Municipal

La esquizofrenia es la denominación común para un grupo de trastornos mentales. En sentido literal y etimológico significa “mente dividida”. Y aunque los médicos dicen con eufemismo que en realidad no se produce una disociación de la personalidad, sí dicen que los síntomas afectan áreas del pensamiento, las percepciones y las relaciones interpersonales. El paciente dice sus propios pensamientos en voz alta y realiza comentarios del todo inverosímiles.
Toda esta pequeña introducción la hago porque yo creo que la esquizofrenia es una enfermedad muy ligada a la política. Es una enfermedad tramposa y que conduce a la trampa.
Un esquizofrénico como un político, es capaz de decir todo lo contrario a lo que dijo apenas diez minutos antes, y convencerte de que él nunca dijo tal cosa. O busca la manera de hacerte comprender que le interpretaron mal sus palabras, o que la situación y el contexto eran distintos.
Al reclamarle un comentario inapropiado que hizo en clase, al salir del aula te puede decir que él no nunca dijo tal cosa. Después de votar a favor sobre una propuesta en la Cámara, nada más salir del recinto, puede exponerte los motivos por los que estuvo en contra de la propuesta aprobada.
Recuérdenle a un polítiquero electo lo que prometió en campaña, y ya verán las explicaciones que da. Casi te convencen.

Noelia viajaba de nuevo. Acostada en un chinchorro como la Madama Saba de la época cauchera, se la encontraba a veces por las riberas del Atabapo y Orinoco comprando fibra y cambalacheando en la frontera. A veces bajaba al pueblo con su inconfundible pamela color melón, para desahogarse con alguna de sus muchas comadres. No tragaba que Gerardo viviera con una indiecita que puede ser su hija.
Gerardo había envejecido. Se le veía pasear de vez en cuando, junto a su joven guaricha que lo seguía con aparente fidelidad.
Se jubiló de médico, aunque los antiguos moradores de Atabapo seguían peregrinando junto a él para que les recete. La fe de la gente y su acierto en los diagnósticos, le hacían más confiable que los jóvenes galenos que se iban después de uno o dos años.
Y la guaricha sigue esperando...


VENTICINCO

Año 1980.
El sentimiento de Venezuela hacia Estados Unidos, como el de toda América Latina en general, nunca fue de cariño. Cualquier incidente con Norteamérica producía reacciones viscerales antiyanquis en el pueblo. Reacciones que se mitigaban y volvían a su cauce con el tratamiento diplomático que siempre precedía al sector político.
Por las denuncias realizadas en Amazonas por el Capitán de Navío Mariño Blanco sobre la supuesta ilegalidad de las actividades de la Misión norteamericana “Nuevas Tribus”, los medios, la opinión pública y sobre todo el sector Universitario, llevaron adelante una campaña de sensibilización sobre dicha institución supuestamente misionera que, con menos años de presencia, superaban casi en el doble a los misioneros católicos.
Como en toda discusión nacional y en todas las corridas de toros, hubo división de opiniones.
Una Comisión interinstitucional visitó la sede de Tama Tama a fines de 1988 haciendo recomendaciones muy claras a los diversos Ministerios que representaban. Recomendaciones y conclusiones que nunca más se evaluaron.
En los años de mayor sarampión revolucionario universitario, por diversos medios se pidió la expulsión de dicha organización. Yo, que soy perro viejo, y de política sé un rato largo, me sonreí.

En Venezuela, como en todo el mundo latino, la retórica es el alma de la vida. Los discursos, proclamas, mítines incendiarios de gobernadores, ministros o presidentes, se apagan a la media hora de pronunciados. Y si hay caña de por medio se puede seguir discutiendo y “arreglando el país” hasta altas horas de la madrugada; pero cuando desaparece “el ratón”, todo aquello pasa y nadie se acuerda.
Le comentaba a mis congéneres que a los “gringos” nadie les tocaría ni con el pétalo de una rosa. Venezuela retóricamente, puede hablar mal de Estados Unidos; pero en la práctica, tiene que bailar al son de la música que ellos tocan.
Si las Nuevas Tribus fueran bolivianas, colombianas o guatemaltecas, ya estarían fuera hace tiempo, por razones fundadas en la “seguridad y defensa del país”.
Pero ¿ustedes se figuran un enorme titular de El Nacional o El Universal que dijera: “Expulsados de Venezuela 71 ciudadanos norteamericanos”?
No me hagan reír. Estos homínidos son bien bolsas… Yo que soy perro, les llevo una morena...

Otra movida que puso al Amazonas en las portadas de los periódicos fue allá por 1984 cuando un Ministro del Interior adeco, el Dr. Lepage, hizo el mismo descubrimiento y sacó la misma conclusión que cinco siglos antes, ya había sacado un señor llamado Colón, al encontrarse con la isla de Guanahaní: “El Amazonas es tierra de NADIE”.
Y como era de nadie, cualquiera (llámese Zingg, Pérez o Rodríguez), podía hacer lo que quisiera y apoderarse de 8.000 Has. de tierra, sin preocuparse de aquellos que ya desde hacía siglos vivían allí. “Yo compro esa tierra con Piaroas incluidos”. Eso sí, eso se hacía siempre en nombre del dios Progreso.
Se armó la sampablera, precisamente en el Hato San Pablo. Como siempre, unos a favor y otros en contra. El gobierno mandó una Comisión de políticos que, como era lógico, apoyó al poderoso.
Los indígenas piaroas se organizaron y, apoyados por abogados, sociólogos, antropólogos y la Iglesia, lograron plantar cara al abuso. Naturalmente estos apoyos fueron satanizados enseguida por Zingg y Cía.: son un conjunto de extremistas sandinistas, etarras, guerrilleros....
Y así nació la semilla de un “supuesto movimiento subversivo” en Amazonas. Cosa que puso “cabezón” al gobierno nacional de entonces, que nombró sucesivamente a dos Generales como Gobernadores de este Estado y que “revolucionario”.
Concluyó todo el lío con la victoria moral del indígena Pero como la moral importa poco o no existe en el mundo del capital, éste salió ganando asignándole nuevas y tal vez mejores tierras.
Pero algo estaba cambiando aquí. Ya no se podía decir que “Amazonas no era de nadie”. Se crearon movimientos, organizaciones, congresos y reuniones. Los indígenas se dieron cuenta que si querían sobrevivir, a nivel político tenían que abandonar sus divisiones y capillismos étnicos.
Por lo demás, los Generales gobernadores se percataron que estas tierras no eran semillero de subversión. Lo que tenían era un hartazgo de siglos de olvido, de explotación y abandono. Amazonas era la otra cara de la Venezuela petrolera. Ni gasolina tenía.

Y hablando de gasolina…
El ahorro de energía que Venezuela hizo en estas tierras, fue pequeño si lo comparamos con el gasto de la energía muscular que el amazonense gastó por muchos años para mover curiaras y bongos con canaletes y palancas.
Solamente había un expendio de gasolina en Ayacucho, en el extremo norte del Estado. Todos los pueblos del interior (184.000 Km2) debían peregrinar a la capital si querían surtirse del precioso carburante.
Con la Venezuela saudita, la gran capacidad adquisitiva y la avalancha del comercio hizo que los motores fuera de borda se multiplicaran. Pero el problema era siempre el mismo. No había gasolina.
La escasez y el monopolio generaban contrabando. La gasolina, es mucho más cara en Colombia que en Venezuela. El negocio era redondo.
A todos los gobiernos se les proponía lo mismo. Reuniones iban, reuniones venían. Todos los gobernadores prometían lo mismo. Pero la gasolina no llegaba.
Finalmente, un empresario privado tuvo un proyecto que daba ciertas esperanzas. Estaban construyendo gabarras y botes-tanque para surtir el preciado líquido a las gasolineras que se instalarían en las capitales de los Municipios.
En efecto, se construyeron poco a poco los depósitos y expendios en el interior y después de tantos años de sequía energética, finalmente se inauguró la gasolinera de San Fernando.
Comenzaba otra época.


VENTISEIS

A los estudiantes atabapeños, como los de otros lugares, les cuesta investigar, leer, buscar en diccionarios o en libros de consulta lo que los profesores les preguntan. Y no son los estudiantes de primaria, también los liceístas y universitarios.
Una de las fallas fundamentales del estudiante moderno es la escasez y pobreza de vocabulario. La imagen reduce a lo mínimo el lenguaje hablado. Una película en donde los diálogos son largos se hace fastidiosa. Un teatro, un discurso, que abunde en palabras no se soporta. Estamos en la época de la imagen. El estudiante medio atabapeño, como el venezolano en general, desconoce el significado de la mayor parte de las palabras que le dice el profesor.
Estaba Don Gil sentado a la puerta de su casa cabeceando una siesta, interrumpida a cada rato por el paso de algunas chicas que reían y cuchicheaban entre sí. Chicas pícaras de las que el Pavo Ucho decía con su lengua viperina que “ya probaron” o, como dice la canción del italiano Nicola di Bari: “...se creen importantes, porque a los catorce años ya han tenido un amante...”
Un grupo de zagaletones uniformados de franela caqui y pantalón azul, se empujaban detrás del tronco de un sarrapio vetusto, haciéndose los tímidos, para ver quién le hacía la pregunta a Don Gil.
Finalmente se decidieron:
- Don Gil, ¿usted puede decirnos qué significa la palabra “interinato”?
Don Gil los miró y les brindó una sonrisa que no se sabía, si era de burla o de complacencia.
- Como que el diccionario es un bicho raro para ustedes.., “Interino” es una persona que ocupa un lugar o un trabajo no permanente, que lo hace por otra persona sólo por un tiempo limitado. “Interinato” es entonces esa acción que cumple el “interino”.
Los estudiantes se desesperaban a copiar en sus cuadernos lo que escuchaban, apoyándolos, unos en sus rodillas, otros en la espalda del compañero.
- ¿Quieren un ejemplo? — continuó Don Gil — ¿Ustedes han escuchado hablar de los “maestros interinos”, que en estos últimos años abundan en Amazonas? Es un maestro que trabaja en lugar de otro que le llaman “fijo”. Los “fijos” ya no trabajan en el aula, son administrativos, jefes de Departamento, sindicalistas, políticos, empresarios, contratistas, negociantes, amas de casa… Eso si, todo con sus debidos permisos y licencia sindical o de servicios...
Pero como para dar clase se necesitan maestros de aula, últimamente se pusieron de moda los llamados maestros interinos o contratados: son los maestros que trabajan más que los otros, pero cobran menos…
Los zagaletones se fueron sentando alrededor de Don Gil. A éste le gustó la cosa y echándoselas de Sócrates en medio de sus discípulos, tomó aire y continuó.
- ¿Quieren otro ejemplo? Ultimamente no sólo tenemos maestros interinos, también tenemos gobernadores interinos. El último duró sólo treinta días, mientras se repetían unas elecciones. Pero al señor le gustó la cosa… creyendo que se iba a quedar para siempre, comenzó a actuar como si fuera fijo. En apenas un mes, dicen que se gastó seis mil millones de bolívares en pintura y machetes... Y como siempre, aquí no pasó nada. Bueno, algo sí pasó muchachos. Desde entonces el Amazonas fue considerado en Venezuela el estado más artista y pinturero y... con la virilidad más floreciente...

Don Gil con una sonrisa pícara despidió a los muchachos que comenzaban a levantarse, pues su capacidad de escucha había llegado al tope. Después se levantó también él y se dirigió hacia el baño, pues la fastidiosa próstata lo obligaba a orinar a cada rato.

- ¡¡¡Extra, Extra!!! ¡¡¡Ultimahora!!!
El obispo de Amazonas denuncia el aumento del consumo de droga en el estado y la siembra de coca en el interior. El Gobernador lo niega y lo conmina a que diga lo que sabe.
¡¡¡Inalcanzaaaaable!!!

VENTISIETE

El atabapeño es impredecible. Nunca sabes cómo va a reaccionar. Yo, que soy perro, trato de ver las cosas desde lejos, pues unas veces te dan una caricia y otras veces te salen con una patada. Si quieres conservar a los amigos, no prestes plata. Plata que prestas, amigo que pierdes. No se te ocurra recordarle que te deben, ni vayas a cobrarle. Saldrás mal parado.
Ayer llegó Tito. Es un joven alegre, chispeante, sobre todo en los fines de semana. Sin responsabilidades, es un buen candidato para seguir la bohemia “cacri”.
Tito Castilla se graduó de Bachiller de la República. Para aquel entonces en Atabapo, ser bachiller era un pasaporte para conseguir empleo inmediatamente. Había maestros que tenían sólo 6° Grado o Tercer Año de Básica.
Y, no sólo le ofrecieron un puesto de trabajo, sino que le dieron la oportunidad de escoger: tenía libre una plaza de maestro y el cargo de Secretario en el Liceo.
Tito se adentró en un proceso intelectual profundo al que no estaba acostumbrado. Era la disyuntiva, la encrucijada de su vida.
- Déjenme pensar - dijo con seriedad.
Conversó con amigos y compañeros, con antiguos profesores y parientes. La pregunta del millón no era: “… ¿en dónde se gana más?” No. Fue preguntando a los que sabían: “¿en dónde se trabaja menos?”.
Después de tanto estreñimiento intelectual se presenté al dador de trabajo, que aquí siempre es el gobierno y le dio la respuesta: “Secretario del Liceo”.
Y ahí comenzó su largo e importante currículum. Después de varios años supe que se había hecho docente. Milagros del destino.

En la Constitución anterior de Venezuela se establecía que, después de presentar la Memoria y Cuenta el Alcalde o el Gobernador, la votación de los Concejales o Diputados determinaba la continuidad o la sustitución de dicha autoridad.
En Atabapo se planteó esta situación y se vivió como uno de esos momentos emocionantes, en donde la adrenalina fluye generosa a todos los niveles. Más que una guerra, vamos a verlo como un emocionante encuentro deportivo, como uno de esos partidos de fútbol en donde los nervios están a flor de piel.
Fue como una gran final de la Champion’s League atabapeña entre los equipos “AD” y “Oposición”.

Antes del Partido.
En los días previos al partido, las apuestas jugaban todas a favor de AD. Aunque el equipo de gobierno tuvo grandes fallas a lo largo de estos dos años de campeonato, había que reconocerles que iniciaron con gran entusiasmo y haciendo gala de gran preparación física en las buenas intenciones. Crearon un mercado popular, que no le gustó a algunos jugadores de la Oposición, y la Oficina de Bienestar Social del equipo tuvo un buen funcionamiento. Pero también se criticaban fuertemente las ausencias repetidas del entrenador o alcalde.
Según avanzaba el campeonato, hubo disensiones dentro del equipo municipal y entre los jugadores más importantes, o sea, los concejales que hasta ahora habían apoyado al equipo AD. Comenzaron a verse en el vestuario diferencias entre los jugadores y aumentaron las críticas al entrenador municipal. Este, acusó a algunos jugadores, o sea a los Concejales, de flojos, que no ponían todo lo que tenían que poner en la cancha. De día en día fue creciendo la posibilidad del cambiar de entrenador.
Se acercaba el mes de enero, faltaba poco para la Gran Final. Dos de los tres mejores jugadores de AD se pasaron a las filas del otro equipo. Las apuestas siguieron creciendo. Las computadoras se volvían locas: AD 1 - Oposición 4... AD 2 - Oposición 3.
El árbitro designado por la FIFA para este evento era una señora, una madre de familia cuya imparcialidad estaba asegurada, pues pertenecía al Movimiento “Camino Independiente”. Ultimamente se la veía un poco nerviosa, como si estuviera pasando por una auténtica crisis.
Dimes y diretes, rumores y más rumores.., los periódicos, la radio, la TV, motivaban y calentaban los ánimos para la gran Final.
Se acercaba el día.
La afluencia de seguidores de ambos equipos se iba haciendo presente en Atabapo. Los Hoteles tenían todas las reservas ocupadas. El aeropuerto de San Fernando adquirió por ese tiempo, categoría internacional. Los controladores aéreos exigían horas extras...
El puerto fluvial sufría también un congestionamiento de yates potentes y demás naves. Los prácticos del puerto no eran suficientes.
Pero algo raro estaba pasando.
Elementos sospechosos y de alta peligrosidad, los terribles “hooligans” ayacucheros, cuyas fechorías eran conocidas en toda la región, casi todos ellos recibían sueldos del estado, poseían el pase al estadio otorgado por ‘honrados” líderes. Los policías se hicieron los locos y miraban para otra parte...
La presión se hizo cada vez más insoportable, sobre todo para el árbitro del partido, porque cada vez estaba con más dificultades para encontrar un camino “independiente”. No lo estaba pasando muy bien.
“El Danubio Azul” y “El Renovante” se veían siempre copados por multitud de fanáticos, con franelas, escudos y pancartas de uno y otro equipo. Una pancarta dedía: “¿Cuánto vale un árbitro?” Otra respondía: “¿Cuánto vale un jugador?”. Claras alusiones a los maletinazos que ambos equipos hacían circular en las sombras para comprar jugadores.
Aquí valía todo.

El día “D”: la hora de la verdad.
Era la hora de la verdad. El estadio cercano al Nigual, iba llenándose desde las primeras horas de la mañana. Los que no consiguieron entradas de tribuna, buscaban en la reventa.
Se inició la contienda con los trámites de rigor. Saludos diplomáticos. Moneda al aire para escoger el saque.
Arrancó el partido.
Los primeros minutos eran para tantear al contrario y estudiarse mutuamente.
El primer protagonista en el equipo blanco de AD era Gerardo que realizó las primeras jugadas que recibieron la aprobación del público arrancando los primeros aplausos. Voto positivo para el Entrenador.
Pero he aquí que en el equipo contrario surgió una pareja que, a pesar de no haber entrenado juntos por mucho tiempo, pues uno era del equipo del MAS y el otro había militado en AD, se unieron en entendimiento perfecto dominando la parte ancha de la cancha, en rápidas jugadas que ponían en serio peligro la arquería contraria y con ello la permanencia del entrenador-Alcalde.
El candeloso encuentro seguía su ritmo trepidante cuando en el área de AD se produjo una brusca jugada entre delanteros y defensas. El árbitro, la señora de “Camino Independiente”, debía tomar posición. Los segundos parecían horas, se movió lentamente hacia el lugar de la falta. El estadio enmudeció. De repente, el árbitro se volteó hacia la portería de AD y todo parecía que iba a pitarle penalty. Pero con un rápido giro de tacones señaló una falta y sacó tarjeta roja en contra de la Oposición.
Ahí comenzó el bochinche. Los espectadores, saltando las vallas, invadieron la cancha. Apenas se percibió el silbato del árbitro suspendiendo el partido.
Patadas, puñetazos, groserías, lanzamiento de almohadillas. La tángana estaba formada. Los “hooligans de Ayacucho” recurrieron a todo tipo de improvisadas y contundentes razones, como palos, cuartones, tubos etc.
El equipo de AD logró llevarse al árbitro para protegerlo de las iras de la Oposición.
El Acta del partido firmada por el árbitro de “Camino Independiente” nunca se encontró. Unos dicen que sí firmó, otros que no. Esa galleta jurídica no se resolvió. Cada equipo se creyó ganador y fueron a celebrarlo ruidosamente: los fanáticos de AD al “Danubio Azul” y los de la “Oposición” delante del Juzgado.
La fanaticada de la Oposición presentó ante el Juez el documento en el cual, el árbitro había firmado supuestamente contra AD. Nombró y juramentó en la sede de la FIFA al nuevo entrenador de la selección municipal. Era un ex jugador de AD y anteriormente muy amigo del entrenador - Alcalde.
Mientras tanto, la prensa del equipo contrario afirmaba que el árbitro nunca había firmado dicha Acta.
Los fanáticos fueron calmándose y, cansados de tanto trajín, se recogieron en sus casas y hoteles, mientras caía la noche sobre Atabapo.
Pero la noche esta vez, no era para descansar. El pueblo estaba profundamente dividido en dos bandos. Por la noche se maquinaron las estrategias a realizarse el día siguiente. La temperatura en lugar de bajar en horas nocturnas fue subiendo alcanzando cotas alarmantes.
A media mañana del día siguiente, el equipo de la Oposición, con todos sus líderes locales y regionales y un gran número de seguidores, se reunió frente a la sede de la FIFA - Alcaldía, convocados e incitados por una emisora FM de un reconocido ex - pastor tirapiedras, instalada sin permiso oficial en la población.
Como a las dos de la tarde, se oyó un griterío que iba creciendo como un gran tsunami. Apareció en la bocacalle un grupo armado de palos, piedras y botellas.
De pronto comenzaron a volar los proyectiles. Gritos, insultos, groserías. Ahí estaban todos: “Hooligans” de AD, violentos profesionales de uno y otro bando, al lado de diputados y lideres regionales que olvidaron el diálogo civilizado y la proverbial política, para convertirse todos ellos en vulgares tirapiedras.

La reacción del otro bando no se hizo esperar, movidos también por sus “hooligans” regionales e importados.
La batalla campal estaba servida.
Las fuerzas del orden, que hasta entonces se habían limitado a ser meros observadores, debieron recurrir a disparos al aire y lanzamiento de bombas lacrimógenas, (que, como suele suceder en Atabapo, afortunadamente no funcionaron), e hicieron huir a galope a los líderes del bochinche y logrando así interrumpir la irracionalidad que estaba a punto de convertirse en tragedia.
La llegada del Gobernador al Estadio y el desmantelamiento y suspensión de la FM espuria, parecía que iban calmando los ánimos y se abrían canales de posible diálogo.
Todos creían que la violencia se desataba por causas naturales o razones meramente políticas. No. Yo sabía con certeza que lo que había provocado todo este problema fue una epidemia de EPA. El virus durante esos días rodó libre por el pueblo, causando desastres en la relación de los humanos.

Después del partido.
Siguió la incertidumbre. La galleta jurídica surgida el día anterior continuó sin resolverse. Parecía ser que el Juzgado de Atabapo no tenía competencia en el asunto. El caso debía acudir a instancias superiores.
La actividad aeroportuaria y fluvial siguió en aumento. Periodistas y personajes de distinto signo se daban cita para resolver el problema. Algunos “hooligans” se iban pero venían otros cargados de metras y fondas. ¿Se preparaba otro encuentro?
El 19 de abril, fecha patria unitaria por excelencia, se celebraron dos actos cívicos, separados y a distintas horas. En lugar de cantar himnos a la paz se amenazaron mutuamente. Familias que antes eran amigas sin importar el color de los equipos, ahora se volteaban la cara.
Se rumoreaba que habría otro enfrentamiento.
La Guardia Nacional descubrió e incautó en los predios del lugar en donde había tenido lugar el enfrentamiento anterior, un alijo importante de botellas, palos y otras armas arrojadizas.
Parecía que la cordura y sensatez empezaban a funcionar nuevamente. El problema estaba ahora en el ámbito jurídico y se esperaba su veredicto.
Lo más comentado era la fijación de la fecha de un nuevo partido, en donde el viejo entrenador-Alcalde no tendría mucha dificultad para armar un equipo ganador.
Aquella noche me acosté temprano, pues me esperaba un madrugón para averiguar aquellos misterios. La voz inconfundible del locutor estrella de Radio Amazonas interrumpió la bella canción de Daniel Santos: “Virgen de medianoche...”

- ¡¡¡Extra, Extra!!! ¡¡¡Ultimahora!!!
“Tres muertos en la embajada de Japón...”
Presté atención admirando la rapidez de la información en los últimos tiempos.
“No, no, no... Perdonen, perdonen… tres muertos en la bajada de Tazón...”
“¡¡¡Inalcanzaaaaaable! !!!”

Ayer, el imbécil de mi primo, un perro negro, cacri como yo, sufrió un accidente. Enratonado por una noche de lujuria en el Nigual, fue a pasar la “rasca” en el campo de fútbol. No se dio cuenta que los homínidos jugaban los fines de semana a ese estúpido deporte, en donde 22 individuos se pelean por un balón de cuero dirigidos por un masoquista vestido de negro y con pito, a quien le mentan la madre a cada rato y él se queda tan tranquilo…
Comenzó el partido y mi primo, enrollado, dormía plácidamente cuando un joven zanquilargo avanzaba con el balón hacia la arquería contraria, sin ver al pobre cacri que dormía enratonado. El choque, los chillidos de mi primo que salió cojeando, la aparatosa caída del jugador y las groserías de los jugadores que ya cantaban el gol, hicieron a mi primo el perro más odiado de Atabapo.
El fútbol en este pueblo es un rito, mezcla de seriedad y guachafita. Los árbitros toman muy en serio su rol y chequean los zapatos de los jugadores antes de empezar, como en los partidos que ven por TV. Los pobres zapatos de goma lisa y gastada que apenas se sostienen... Si alguien les critica sobre alguna jugada o regla y les aconseja que vean los partidos por TV para que aprendan, le dicen que: “En otras partes puede ser así, pero en Atabapo es de esta manera”…
Antes de cada encuentro, desfilan los dos equipos saludan al escaso público... Después del partido, siempre se celebra con alcohol, la pérdida o la derrota. Da lo mismo.
Atabapo es el único pueblo en donde el fútbol directo se vive de forma global, como en TV: con la vista y con el oído. Hay un staff de narradores que se van turnando con comentarios de todo tipo y con narración estentórea, y cantan los goles imitando a los narradores de radio Caracol: “Gol, gol. gol, gol, gol.. Goooooooooooooooool”....
El día en que, por ausencia obligada de los equipos de sonido, no se transmitía un partido, se notaba enseguida por la falta de ambiente y la escasa presencia del público.

VENTIOCHO

Las fechas patrias se celebraban en Atabapo con pompa y brillo y no dejaban de ser un espectáculo para la población.. A pesar de que los equipos de sonido desde muy temprano anunciaban repetidamente su monotemático: “…probando, probando, uno, dos, tres... ¿se oye?...”, no siempre funcionaban convenientemente.
Como la Plaza Bolívar estaba hecha en forma de corral, con una cerca de tubos en su perímetro, la gente se apoyaba o se sentaba como espectadora de lo que allí acontecía.
Con casi una hora de retraso sobre la hora programada, aparecían las autoridades civiles y los efectivos de las Fuerzas Armadas y Policiales. Los alumnos de las escuelas, siempre puntuales, ya estaban cansados y se sentaban en los rojos pasillos y encima del cañón negro de la Plaza que apuntaba hacia el río.

Después de la entonación del Himno Nacional y presentación de ofrendas florales de todas las instituciones venía el Discurso de Orden. La duración del Discurso dependía del estado de ánimo del Orador. Había unos que duraban diez minutos y otros que alcanzan los tres cuartos de hora. Unos eran amenos y entretenidos, otros eran somníferos concentrados, unos eran de corte clásico y tradicional, mientras que otros trataban de hacerlos interactivos y participativos.
Aquel día salió a la palestra pública un orador joven, animoso y original. Avisó al público presente que, después del discurso se le harían unas preguntas sobre lo expuesto, repartiendo entre los acertantes, premios hasta de 20.000 Bs.
Después de una disertación oratoria, que frisó 1os veinte minutos sobre los prolegómenos de la gesta emancipadora, los primeros movimientos independentistas y sus consecuencias, cayó sobre la audiencia la primera pregunta con crudo realismo y que, supuestamente, quería resumir lo esencial del discurso:
- “¿De quién eran los testículos expuestos en la plaza para escarnio público?”
Se oyeron nombres. Inútilmente.
Pasó a la siguiente pregunta:
- “¿Cómo se llamaba el personaje histórico que destronó al rey Fernando VII?”.
Después de un breve murmullo se oyó diáfana la voz de una alumna:
- Napoleón.
- Negativa la respuesta — dijo el orador — no fue Napoleón.
Los presentes, comenzando por las autoridades y docentes, se mosquearon y aumentó el cuchicheo.
- Vamos, profesores, maestros, la pregunta también es para ustedes… - retó el orador.
El tiempo, cuando se topa con la ignorancia, se hace más lento y más pesado. Como nadie respondía, el orador quiso dar la magistral respuesta.
- Bueno, nadie acertó. Voy a dar la respuesta: El que destronó a Fernando VII no fue Napoleón. Fue el General “corso”.
El velo de ignorancia que cubría la Plaza de San Fernando se hizo cada vez más espeso, hasta que al final del acto un viejo maestro, de aquellos que sabían leer, se atrevió a romperlo:
- Señor Concejal. Lamento decirle que la respuesta dada por usted está equivocada. El que destronó a Fernando VII fue Napoleón, llamado “el general corso” porque era natural de la isla de Córcega.
Los asistentes, incluído el orador, se dispersaron con naturalidad. Todos sabían que en San Fernando podía suceder de todo y nadie se maravillaba...


- ¡¡¡Extra, Extra!!! ¡¡¡Ultimahora!!!
Hoy en horas de la mañana le fue incautado un maletín con droga a una joven pasante de medicina con destino a Caracas.
La joven en los primeros interrogatorios señaló ser víctima de un engaño por parte del Gobernador.
Continúan las pesquisas.
“¡¡¡Inalcanzaaaaaable!!!


VENTINUEVE

Benjamín era un homínido pana mío. Era de aquellas personas que tenían un don natural para resolver todos los problemas que el cotidiano nos depara: hoy es electricista, mañana es albañil, mecánico, carpintero, motorista, pescador o tracalero, todo lo que salga... Como aquella vez que le vendió a Noelia un frasquito de oro que no era oro, sino limaduras de cobre.
Bebía mucho Benjamín, y no precisamente agua. Después de una peligrosa operación quirúrgica y las recomendaciones del médico, creíamos que dejaría esa costumbre. El día que salió del hospital se echó una “pea” para celebrar.
Era muy amigo del P. Marcucci, un viejo cura italiano a quien le deparaba muchas bromas. El Padre había sido militar en la última guerra mundial y cuando alguien le preguntaba a cuántos había matado antes de meterse a cura le respondía:
- ¡¡Bah!! Yo no iba detrás de la bala...
La dificultad que tenía con el castellano era superada por la agudeza y rapidez de sus respuestas. En Atabapo tenía fama de imbatible en el campo de la sátira. René Piñate y Alirio Azavache eran su sopita. No le ganaban una.
Reclamaba con frecuencia a los muchachos para que no mancharan ni escribieran sus nombres en las paredes o asientos.
Una mañana al salir de casa, vio en el flamante asiento recién construido a las afueras de la parroquia un nombre escrito. Rápidamente buscó un marcador y le escribió debajo: “Hijo de p...”. ¡Santo remedio!, cuando regresó de la Misa, ya habían borrado el nombre.
Otro día, subía del puerto el P. Marcucci con una sarta de palometas cuando Benjamín, un poco alumbrado, bajaba por la otra acera.
- Marcucci, ¿qué llevas ahí?
- Bah, Benjamin, ¿no ves? Palometas - respondió Marcucci.
- Busca un burro que te lo meta — dijo disimuladamente Benjamín.
El P. Marcucci se hizo el loco, como si no hubiera escuchado y siguió su camino.
Pasaron dos meses y el P Marcucci bordeaba la Plaza Bolívar cuando se encontró con Benjamín, bueno y sano, que portaba en su mano una bella sarta de palometas frescas.
- Benjamin ¿qué llevas ahí? - dijo el Padre.
- ¿No estás viendo, Marcucci? Palometas.
- Yo no me acuerdo bien, Benjamín, pero creo que vas a tener problemas con burro...
Y el P. Marcucci continuó su paseo, dejando a Benjamín que se desternillaba de risa.

Cuando René Piñate, el dueño de “La Cascabel”, el único restaurante de la ciudad, era autoridad constituida, Prefecto de la Ciudad, se enorgullecía de ser un gran defensor de la ley. Cuando metió preso a su compadre, se excusaba diciendo:
- No soy yo, hermano. Es la Ley...
Precisamente un día, tenía que bautizar a su hijo.
Como todo hijo de vecino, se inscribió para hacer el curso dirigido por el P. Marcucci. Todo comenzó muy bien. Asistió la primera noche.
A primeras horas de la mañana siguiente, un radio de la Gobernación, convocaba al Prefecto para una reunión urgente en Puerto Ayacucho.
Por la noche, cuando el P. Marcucci, sentado a las puertas de la Iglesia, conversaba con un grupo de personas, se le acercó el Prefecto y como era su costumbre, habló con estentórea voz, como desafiando al cura:
- Padre, mañana no puedo ir al Curso. Tengo que salir para Puerto Ayacucho a una reunión urgente. ¿Puedo mandar un suplente?
- Bah... René… y para hacer el hijo ¿buscaste suplente? - respondió rápidamente el P. Marcucci, mientras el Prefecto se fue muerto de la risa.

En una fecha patria el Consulado de Colombia de Atabapo repartió varios Reconocimientos a personajes importantes del pueblo, entre ellos estaba el dueño del restaurante «La Cascabel».
Cuando el P. Marcucci se encontró con él le dijo:
- Cómo cambian los tiempos, René. Antes, a la culebra se le machacaba la cabezza. Ahora le dan condecorazzión...

Es ya un tópico que hay árabes en todas partes. También en Atabapo. Uno de los que primero conocí al llegar fue a uno que le decían “Manito”, un árabe enorme con unas manos gigantescas. Tenía un bar y recogía por el cuello diez o más botellas de cerveza con una mano.
Otro árabe atabapeño era Fadel Hassan. Casado con una atabapeña, era una árabe atípico.
Un día, bajó de la avioneta saludando a los mirones del aeropuerto, que todos los días iban a curiosear quién se iba y quién llegaba. Fadel bajó la escalerilla con sus dedos índice y medio formando la V de la victoria que puso de moda Churchill durante la guerra.
Al rato, se le acercaron varias personas extrañadas por aquel saludo. Uno de ellos le dijo:
- Caramba Fadel ¿desde cuándo saludas como Churchill?
- ¡Qué Churchill, ni qué carajo! Te estoy indicando que todavía me debes las dos cajas de cerveza que te tomaste el otro día…




TREINTA

Definitivamente, cuando el pobre lava, siempre llueve.
En 1988 se inauguró la Bomba de gasolina en San Fernando. Lo que se creía que iba a ser la panacea de todos los males relacionados con la escasez del combustible, no resolvió el problema.
Estar en la frontera, vivir en lugares inhóspitos y alejados, en todos los países se prima o subvenciona de alguna manera. También en Venezuela, sean los maestros, o militares u otros funcionarios, tienen una prima o subvención por frontera.
Los únicos que salen perdiendo son los naturales de aquí, los indígenas o los paisanos que se afincan en estas tierras. La gasolina en el interior del estado Amazonas era más cara que en otras zonas del país. Y no sólo eso, sino que aquí había restricción de compra. Con tantos discursos que se hacen sobre la Constitución, y aquí se viola diariamente al poner restricciones de compra de productos que son esenciales para la vida de las personas.
- No, tú no entiendes de estrategia — le decía el Comandante Ortiz al Prefecto Pascual, cansado ya de las quejas de los civiles — Tienes que saber que la gasolina es un producto estratégico, y estamos en frontera, por eso el control debe ser restringido para evitar la fuga al otro lado de la frontera; además, hay una cuota diaria de litros que no se puede sobrepasar.

Y ese disco se lo tocaban a cada rato al atabapeño, que sonreía por fuera y se mordía por dentro, pues todo atabapeño sabía la cantidad de tambores de combustible que a cada rato salía para Colombia, de día y de noche, con permiso o sin permiso de las autoridades. De eso sé yo mucho, pues duermo a la orilla del río, debajo de una voladora volteada en el puerto.

Al diálogo entre el Prefecto Pascual y el Comandante Ortiz se sumaron varios paisanos: Cuiche, Mayabiro, Titiaro y otros que se fueron acercando y formaron un grupo cada vez mayor. Unos de cerca, otros desde más lejos, sentados en los tubos de la Plaza, aprovechando la sombra del samán, seguían con atención una discusión que interesaba a todos.
- Mire, Comandante. Está comprobado que es muy raro el día en que se consume la cuota de los 7.000 litros - terció Cuiche - ¿a dónde va la gasolina que no se vende?
- Pregúntenle al dueño de la bomba...
- Eso mismo le hemos preguntado y él dice: Pregúntele a la Guardia... - dijo humildemente con voz muy baja un curripaco de Magua.
El otro día vi por TV un partido de tenis - añadió el Prefecto Pascual - El público movía sus cabezas de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, siguiendo el movimiento de la pelota. Así estamos nosotros, la Guardia le pasa la pelota al dueño de la bomba, y el dueño de la bomba a la Guardia. Y nosotros, de gafos, sin poder hacer nada.
- Ciudadano Prefecto, yo creo que usted está equivocado - dijo el Comandante con una sonrisa diplomática, tratando de sacarle hierro al asunto, al ver que el grupo se iba haciendo cada vez más numeroso - Venga conmigo a mi oficina. Le invito a un café.
Y se dirigieron al Comando. Ortiz pidió dos cafés al guardia de turno y se sentaron en los sillones de mamure de la sala del comando.
Yo, como siempre, me hice el loco y los seguí hasta la ventana que daba a la sala. El guardián no se fijó en mí. Cada vez me convenzo más de que el disfraz mejor para detective es el de perro “cacri”.
- Mire, Comandante. - Inició el Prefecto - Póngase en mi lugar. Todos los días me llega gente del interior quejándose de esta situación. Trato de resolverles el problema pero siempre me encuentro con este peloteo. El viajero que llega al mediodía y quiere proseguir viaje, no puede hacerlo. Tiene que esperar al día siguiente. Voy a la bomba y me dicen: “Eso es cosa de la Guardia...” Voy a la Guardia y me dicen: “Eso es cosa de la bomba”. Comandante, yo ya no soy un muchachito…
- Yo cumplo órdenes, Prefecto. Yo no hice este sistema. Cuando llegué a Atabapo, esto se venía haciendo así.
- Sí, Comandante. Pero somos personas y razonamos y podemos arreglar lo que va mal. Le pongo un ejemplo: Viene un indígena que necesita gasolina para ir Patacame, a Guarinuma o a Mure. Quiere comprar 5 tanques. El efectivo le dice que le basta con tres. Ese efectivo no conoce las distancias ni lo que consume el motor y él es el que establece los tanques que debe comprar.
- Bueno, Prefecto, a esas Comunidades se llega tranquilamente con tres tanques, y le sobra.
- Pero no es eso, Comandante. El combustible no es sólo para el viaje de ida. ¿El indígena no tiene derecho a comprar la gasolina que desee para pescar, visitar otras comunidades y para regresar acá de nuevo a vender sus productos?¿Cómo hace para regresar? Otra cosa, Comandante Ortiz - el Prefecto se olvidó del café que le trajo el guardia y continuó su perorata - La forma establecida por el anterior Comandante para tener acceso a la bomba es degradante, humilla a la persona. ¿Por qué hay que hacer la cola delante del Comando desde muy temprano, llueva, truene o relampaguee, para conseguir el ticket que le dará acceso a la compra de combustible? Y la cosa no termina ahí. Cuando le dan la factura, tienen que ir a la guardia para que la firmen y así poder llevarse su gasolina.
- Ya le dije, Ciudadano, que esta es la praxis con la que yo me encontré al llegar - dijo secamente Ortiz, mientras consumía su último sorbo de café.
- ¿Y entonces? ¿Esa es la subvención que el Estado otorga a esta gente indígena y de frontera? En lugar de apoyar, ayudar, favorecer, lo que están haciendo es complicar y aumentar los pasos burocráticos e injustos para el ciudadano. Yo, como venezolano, tengo el derecho de comprar con mi
dinero lo que yo necesito.
- ¿Y el contrabando, señor? - El comandante subió el tono de su voz por primera vez - Estamos en frontera. Usted sabe que hay gente que va a vender la gasolina que compra al otro lado, a Colombia.
- Mire, Comandante. Usted ha estudiado. Históricamente se ha demostrado que cuantas más restricciones ponen a esa libertad, más contrabando hay. Y además. Si uno o dos o diez, contrabandean ¿los demás tienen que pagar por pecadores? ¿Y cuál es la función de la Guardia? ¿dónde están los servicios de inteligencia?
- Cálmese. No me levante la voz, - dijo Ortiz dando un sorbo a su café - No tenemos logística. Por eso tratamos de prevenir el delito.
El Prefecto tragó saliva y se animó a dar un paso más.
- Comandante, ese no es el problema del civil... Yo no puedo impedir que salgan de su casa a todas las personas de este pueblo, para prevenir el delito que un individuo, o dos, o diez puedan cometer en este pueblo.
- No es lo mismo.
- Sí es lo mismo. La función de ustedes como autoridad en este caso, es buscar a esas personas y seguirlas de cerca, y si fallaron, pues hacer cumplir la ley... Pero no tiene por qué tratarnos a todos de contrabandistas.
- ¿Para que después venga la monjita Sor María con todos los Derechos Humanos y los dejen libres?
- Usted sabe bien lo que Sor María reclama. No se opone a que meta presos a los delincuentes, sino que los maltraten. No tienen el derecho de tratarlos como animales, golpeando, humillando y vejando, pues usted sabe que eso está prohibido por la ley.
- ¿Está acusando a la Guardia, Prefecto?
- No estoy acusando a nadie. Usted sabe que eso sucede con relativa frecuencia...
- Bueno, si es así, diríjase a instancias superiores a ver qué le responden…

El Comandante se irguió y mirando su reloj mientras arqueaba las cejas concluyó:
- Lo siento, Prefecto, pero tengo un asunto pendiente con la tropa.
- Hasta pronto, Comandante.
El Prefecto se levantó con la prontitud que le permitía su voluminosa humanidad, limpiándose el sudor de su rostro con su fino pañuelo color café.

- ¡¡¡Extra, Extra!!! ¡¡¡Ultimahora!!!

Nuestro corresponsal en Atabapo, el Puma Bautista nos informa:
“Sí, con los buenos días para todos. Hoy Atabapo madrugó con una noticia muy preocupante. La avioneta de Wayumi fue secuestrada esta mañana muy temprano cuando se disponía a cubrir su ruta hacia Puerto Ayacucho
Los datos que se conocen hasta ahora son los nombres de algunos pasajeros. Se supone que los ciudadanos de origen colombiano que estuvieron libando cerveza hasta altas horas de la noche en compañía de varios guardias, sean los autores de este secuestro.
Reportó para ustedes el Puma Bautista. A nombre de Comercial El Reconcomio, en donde usted puede surtirse de todo lo necesita para mejorar su calidad de vida. Seguiremos informando.”
“¡¡¡Inalcanzaaaaaable!!!





TRENTA Y UNO

Yumure, con su cara de amargado, como echándole la culpa a todo el mundo por lo que le había pasado en su vida, llevaba varios días en el pueblo dejándose ver muy poco; no sería nada extraño que él supiera algo del secuestro de la avioneta. Yo creo que dormía en Amanavén y, de mañanita, venía a contactar y hacer negocios a esta parte.
Ya no venía acompañado por el caballero alto y elegante de pelo gris, ahora lo seguía un joven con rasgos indios, un poco más alto que él; ojos color almendra, extraños en un indígena y pómulos salientes con una mata de pelo más larga de lo usual. Siempre hablaban en puinabe y muy bajito por lo que yo, que no soy un especialista en lenguas, nunca me enteraba de nada.
Aquella noche de junio, me hallaba con mis compinches debajo de la voladora-dormitorio, arrimada al muro del comando, tratando de capear un torrencial aguacero.
¡Qué aguacero! Iba y venía, como si allá arriba alguien acompasadamente, llenara y vaciara inmensos tobos de agua sobre esta cuña de tierra que es San Fernando. Los relámpagos ininterrumpidos, pero lejanos, formaban una cadena luminosa que envolvían las calles y las casas en una visión fantasmagórica.
De pronto, en plena lluvia, unos hombres como hormigas obreras, arrastraban tambores hacia un enorme bongo en donde los esperaban otros que los recogían y subían a bordo. Iban y venían, fotografiados por los relámpagos continuos y ahora acompañados también de truenos espantosos. La tormenta eléctrica estaba encima del pueblo, y como pasaba siempre, por prudencia, apagaron los generadores. La oscuridad se hizo más tupida, pero los relámpagos cada vez más claros no alcahuetearon la operación y brillaron por todo el tiempo que duró aquélla. Amainó la tormenta y regresó la luz al pueblo, cuando el bongo ya subía por la boca del Guaviare.
Nuestra matemática canina no es muy adelantada, no contamos con los dedos, pero sí con las pezuñas, y nosotros esa noche contamos 50 tambores.
Pero creo que los perros fuimos los únicos que nos enteramos de la operación. Bueno, nosotros y Yumure. Seguro que él tenía que ver con esto.
No fue ni la primera ni la última noche que sucedía. Me intrigaba el paradero de aquella gasolina y con mi afán detectivesco y mi gran curiosidad, ya hacía planes para meterme en el bongo para el siguiente embarque.
No era esta la primera aventura en tierras colombianas, Hacía unos años había ayudado a contactar con los secuestradores del amo de un perro amigo. Lo soltaron después de pagar un fuerte rescate.
Una de las cosas en que se diferencian los humanos de nosotros los perros, es que tienen respuestas distintas para las mismas preguntas o salidas opuestas para situaciones parecidas.
Nosotros respondemos siempre de la misma manera. Ellos no.
Ahí tenemos a Yumure que se quedó amargado para toda la vida y pagó toda su arrechera con la sociedad, inscribiéndose en las FARC. Todo, porque su mujer le montó cachos.
Otros en cambio, como si no pasara nada, la dejan, buscan otra y todos tan felices. Hasta se invitan en los cumpleaños y las dos mujeres pueden ser amigas.
Pero el colmo, lo más espectacular de esas buenas maneras, de tolerancia atabapeña, lo vi aquella mañana en la Plaza Bolívar. Era día de fiesta. Aunque no hubo misa, los toldos lucían frente a la estatua del Libertador y las cornetas repetían: “Aló! Probando, probando... un, dos, tres... ¡¡¡SSSSonido!!!”
La gente importante iba acercándose poco a poco, dado que la puntualidad nunca fue una virtud atabapeña. Los mirones de siempre, sentados en los tubos de la plaza, parecían estar dispuestos a presenciar una corrida de toros coleados en cualquier pueblo llanero.
Era el último acto político oficial antes de las nuevas elecciones. Ninguno de esos concejales esperaba salir elegido en los nuevos comicios. Solamente la Primera Autoridad tenía posibilidades de repetir en el cargo, después de haber superado la terrible prueba de la improbación promovida por la oposición.
Allí estaba Gerardo, el Vicepresidente de la Cámara con su impecable camisa de manga corta charlando amigablemente con otro concejal de la «implacable» oposición que nunca fue tal, pues siempre se entendían por debajo de la mesa.
Por una esquina de la plaza se acercó el concejal anteriormente muy amigo del alcalde, y el mismo que posteriormente armó aquella sampablera en donde se declaró enemigo acérrimo desafiándolo con la improbación de la Memoria y Cuenta y que ahora, para variar, era de nuevo amigo de la Primera Autoridad.
Yo ignoraba las razones de todos estos cambios de estado de ánimo que se daban en la política. Cosas de homínidos… ¿Será?
Más allá, rodeado de un pequeño grupo de personas, se acercaba también el concejal indígena, joven, buen mozo, conocido más por ser el galán que le quitó la mujer a la Primera Autoridad que por otro tipo de labor.
Y así fueron llegando todos. El Secretario y Jefe de Relaciones Públicas de la Cámara hizo lectura del programa del Acto y todo se desarrolló con la meticulosidad de las ceremonias oficiales: Himno, Ofrenda al Padre de la Patria y Discurso.
Lo central del acto fue el otorgamiento por primera vez, de la condecoración el “Sol del Yapacana”, la máxima distinción municipal a los Concejales salientes, reconociéndoles así “la gran labor realizada” en bien de la comunidad atabapeña.
Yo a los homínidos no los entiendo. No logro entenderlos en sus sentimientos.
Quise estar cerca en ese momento y, haciéndome el loco como siempre, me recosté en una de las escalas del monumento a Bolívar para ver el espectáculo de cerca. Fueron pasando uno por uno. El antiguo enemigo político recibió su condecoración con el intercambio consabido de sonrisas diplomáticas y también, con toda naturalidad, la Primera Autoridad algo más seria, condecoró a aquel que le quitó su mujer. A lo mejor lo condecoró por eso. Por hacerle ese favor. Por quitársela de encima. Sólo él sabrá quién salió ganando…

Después de contemplar ese espectáculo fui rumiando algunas conclusiones. Aunque lleve todo el tiempo del mundo en este pueblo, cada vez lo entiendo menos. Pero tengo que reconocer que una de las virtudes mayores del atabapeño es la tolerancia y el respeto hacia las otras ideas o maneras de ver la vida. Lo que cada uno hace, puede ser criticado, comentado, pero al final, todo se acepta y se concluye:
“Es su vida”.


¡¡¡Extra, Extra! !!! ¡¡¡Ultima hora!!!
Una avioneta con rumbo a San Carlos de Río Negro - Maroa fue desviada hacia destino desconocido. Entre los ocupantes de la misma está uno de los guardaespaldas del gobernador. Todo hace sospechar que es un secuestro relacionado con la droga.
Seguiremos informando.
¡¡¡Inalcanzaaaaaaable! !!!


TREINTA Y DOS

Atabapo es un pueblo comunicado al exterior por agua, la autopista fluvial del Orinoco, y por aire, los cielos abiertos despejados de cualquier accidente orográfico.
Pero no se comunica por dentro. Los atabapeños no gozan de buena comunicación. Nadie comunica nada, por eso el chisme es lo que le queda al atabapeño como recurso comunicativo interno.
El otro día el ex Prefecto Pascual decidió intervenir en la Cámara Municipal y al entrar saludó:
“Buenos días, Concejales invisibles...”
No lo hubiera dicho. Le cayeron los ediles defendiendo su labor, los sacrificios enormes que hacían en pro del pueblo para adelantar los proyectos, en Puerto Ayacucho y Caracas...
Tenía razón el viejo Pascual.
Aquí nadie comunica nada. Nadie sabe nada de nada. Los planes y proyectos de la Alcaldía y de la Gobernación se desconocen. No se sabe lo que propone el Gobierno ni lo que propone la oposición, el pueblo no participa en nada.
Falta liderazgo, alguien que motorice esa participación ciudadana. ¿Le tienen miedo a un Cabildo Abierto? Hagan Cabildos por zonas o sectores. Pero comuniquen lo que tienen pensado hacer y sobre todo, escuchen a la gente para conocer cuáles son sus prioridades.
Aún así no se acabará el chisme ni el hablar bajito, típico del indígena, pero al menos se limitará en gran manera, pues se dará oportunidad a todos para que hablen libremente.
- Pascual, Atabapo es un pueblo que camina por inercia - pensó en voz alta el viejo Don Gil, apoyando su mentón sobre el bastón de verraco - No tiene vida propia. Esto se mueve por sí sólo, por su propio peso. Los habitantes ya no son de acá, la mayor parte de los atabapeños se fue Ayacucho. Atabapo es el trampolín para saltar a la capital. Apenas consiguen un ranchito encima de una laja y se mudan para allá.
- Bueno... Algo creció y muchas cosas se mejoraron - repuso Pascual en vena positiva - Además, debemos darnos cuenta que estos pueblitos no pueden morir. Estamos en frontera Don Gil. Ya verá que esto va a crecer.
- Sí, amigo Pascual; crece en espacio y personas. Pero sigue la misma mentalidad apática, la abulia que lo paraliza. Este pueblo, no es de “casas muertas”, sino de “almas muertas”. Esto no progresa, Pascual, no progresa. Este es un pueblo que pasa por la historia... pero la historia no pasa por él. Da la impresión que el pueblo no es de ellos sino del Gobierno. No sienten la obligación de cuidarlo, de ponerlo bonito, de hacerlo crecer, mejorar, querer… una cosa es del otro, no es mía. Y si alguien destaca, lo matan con la lengua... ¿Por qué será que aquí sólo progresan los colombianos? Porque ellos creen sólo en su trabajo. Nosotros crecimos subsidiados. Creemos que todo se nos tiene que regalar, sin esfuerzo, sin trabajo. Lo de ellos es el “hoy”, lo nuestro es “esperar a mañana”, que esto se componga, que cambie el Gobierno, que la suerte me bese... - hablaba Don Gil en el frente descascarillado de su casa, mientras observaba la casa bien pintada del “hijuep...” de Jairo, el panadero del pueblo.
- ¿Y no hay solución a esto?
- Tal vez sí. Pero ni tú ni yo la veremos.

El reverbero de un sol mortecino reflejaba lánguido en las aguas del Atabapo y subía lentamente
calle arriba, envolviendo a los dos viejos en un aura de somnolencia.

¡¡¡Extra!!! ¡¡¡Extra!!! ¡¡¡Ultimahora!!!
De forma confidencial se supo que en la Catedral de Puerto Ayacucho aparecieron varios avisos anónimos con veladas amenazas a un sacerdote que está tratando de ayudar en el secuestro del señor Maniglia. El sacerdote tuvo que partir de forma urgente para Caracas.
¡¡¡Inalcanzaaaaaaaable!!!


TREINTA Y TRES

Noche oscura de aguacero blanco ¡qué paradoja! De esos aguaceros que no terminan nunca y en donde la humedad se inyecta en los huesos. Los perros lo pasamos muy mal. No podemos salir y nuestra capacidad olfativa pierde en calidad. Todo está mojado. Cuando amaina un poco, salimos de la voladora - dormitorio para un rápido rebusque. Esos días no andamos con melindres, comemos lo que primero aparece. Y eso es causa de muchas desgracias.
Los médicos y pasantes en lugar de estudiar algo de antropología, estudiaban más bien caninología; conocían nuestra sicología, nuestras actitudes y costumbres. Y eso era fatal para nosotros.
En esos días de grandes aguaceros dejaban por los rincones numerosos bocadillos de estricnina para diezmar la población de “cacris”, ya en grave peligro de extinción. Estos Hitler y Milosevic de bata blanca, no se dan cuenta que nosotros no somos la causa de la pobreza extrema en la que vive la gente y que la hace morir de grastroenteritis, paludismo u otra pandemia tercermundista. Pero se empeñan en exterminarnos. ¡¡Genocidas!!
Y esa fue la tragedia de anoche. Caímos en la trampa.

Amainaba la lluvia y salimos hambrientos a un rebusque desesperado. Las tripas tocaban una sinfonía “andante con moto”. El primer pan que encontré frente al Bar “El Completo” lo engullí casi de un golpe. Percibí apenas un ligero sabor a salsa de tomate ya pasada. Encontré otro debajo del alero de la Prefectura y lo saboreé un poco más lentamente. En ese momento, entre los espasmos del hambre, noté entre los dientes unas durezas blancas. Se me prendió el bombillo y empecé a provocarme el vómito. Metí mi pezuña derecha hasta el fondo de la boca y logré expulsar estos últimos bocados. Allí pude observar las blancas pastillas de estricnina camufladas entre los restos de unas sardinas.
Se me acabó la noche. Desanimado y hundido por la muerte de tantos compañeros, me regresé a la voladora a esperar la mía. Estaba consciente de que la primera carga de pastillas que había comido en el bar “El Completo” y que ya no pude vomitar acabaría con mi perra vida.
Me acosté. Me enrollé como era mi costumbre en las noches de frío.
De pronto, sentí un ligero bienestar que hacía más liviano mi cuerpo. Y empecé como a volar, a volar, etéreo… O yo giraba o el mundo giraba en torno a mí. No lo sabía. Unas veces el río estaba arriba y las nubes abajo, otras veces me movía raudo y veloz y otras me arrullaba lentamente, y en otro momento me sentía que caía en un pozo inmenso en cuyo fondo brillaban diamantes de todos los colores.
Por primera vez, en mi perra vida, yo sonreía zambulléndome en aquella gama de colores infinitos que se entremezclaban cual grandioso caleidoscopio, construyendo miles de figuras que me rodeaban y absorbían.
¿Será éste el cielo de los perros?
Yo daba piruetas con la agilidad de un atleta olímpico, boxeaba contra Tyson y le ganaba, corría los 100 metros en 5 segundos, nadaba los cuatro estilos de forma impecable, me tiraba en paracaídas, corría diez aeropuertos y no me cansaba.
De repente me sentí en una inmensa cama, entre cojines verdes, rojos y amarillos y comencé a soñar... Un sueño extraño.
“Me hallaba sobre la estriba de un barco cargado de tambores con gasolina. Me asomé un poco y noté por el color del agua, que estábamos en el Guaviare. El paisaje me era conocido. Varias veces estuve en Puerto Inírida por negocios y de parranda.
A la mitad del bongo colgaba un chinchorro, en donde dormitaba un hombre pequeño. El motorista era aquel indígena de ojos pequeños color de almendra, de mirada fría e impenetrable que acompañaba fielmente a Yumure en todas estas andanzas.
Pasó Guayare. También Los Cocos, lugar en donde por aquellos tiempos había una casa de “chicas alegres”, llamada La Laja. Cuando algún bonguero retrasaba su llegada a casa, siempre le daba a la esposa la misma excusa:
- Mi amor, nos agarró una tormenta enorme y casi nos trambucamos. Nos tocó dormir en “la laja”.
- Pobre mi cariñito. El frío que habrás pasado toda la noche - respondía la esposa que preparaba solícita el café, desconocedora de La Laja en donde el sinvergüenza de su marido había pasado la noche. Con todo menos con frío.

Llegamos a la confluencia del río Inírida, que tímidamente arroja sus aguas oscuras sobre el imponente Guaviare. Todos saben que el Vichada y el alto Guaviare son territorios de las FARC. Ellos son el “gobierno” en esas zonas. A veces, una ofensiva del Ejército obligaba a la guerrilla a una retirada táctica, lo que le permitía al campesino comparar los dos sistemas de gobierno: bajo la guerrilla o bajo el ejército. Se inclinaban ampliamente por aquélla.
Llegamos a Cumaral como a las 4 de la tarde. Bajó Yumure y al rato, vino con tres hombres que bajaron rápidamente 5 tambores. Apenas me dio tiempo de subir el verde barranco para otear el panorama. Era una finca normal con ganado a la vista. Mi olfato no percibió otro olor que el de bosta. Estaba yo en mi rastreo detectivesco, cuando vi a dos parientes míos que corrían furiosos lanzando ladridos exagerados, para ganar puntos con su amo.
- ¡Qué jalabolas son estos perros! - pensé yo - Tienen un terreno pequeño y ahí se creen los dueños absolutos. No aceptan que otro pise ese terreno. Nosotros, los perros callejeros, tenemos como nuestro todo el territorio. No tenemos límites, ni propiedad privada. No padecemos de esa fijación. Pobrecitos... algún trauma habrán tenido en la infancia... ¿No habrán sido contagiados de eso que llaman EPA?

Me monté en la proa del barco y, haciendo caso omiso de sus ladridos, de pie, los desprecié olímpicamente.
Partimos de nuevo, a pesar de que ya era tarde. A Yumure, desde que dejó a la mujer, no le gustaba la compañía. Siempre estaba solo, y aunque no dormía, se la pasaba acostado en el chinchorro tratando de leer lo imposible en el techo del barco. Navegamos hasta que se hizo de noche. El indio rebajó el motor y arrimó el barco en la orilla izquierda del río.
Mientras ellos dormían fui a dar un paseo, pues el ritmo horario de un perro no tiene nada que ver con el de los homínidos y, aunque yo en estos días, por voluntad propia me he convertido casi en perro faldero de Yumure, no quiere decir que voy a hacer lo que ellos hacen.
Me metí en un coto poco arbolado y entre un matorral y otro, había una siembra de otras matas que no eran yuca, ni papas, ni caraotas, ni otra cosa parecida. El coto era grande. Al fondo, a lo lejos, pude ver una luz tímida que contorneaba una casa de palma. Como a mí no me interesaba la bulla en ese momento, reculé en silencio no por miedo, sino para evitar que me olisqueara algún pariente mío y comenzara de jalabolas a ladrar como los otros.

Pasó la noche. Apenas pude dormir por las chivacoas que agarré, no sé si aquí o en Cumaral.
Al día siguiente ya de noche, llegamos al Cejal, un pequeño pueblo de unos 400 habitantes. Un señor con botas altas y una especie de ruana de algodón sobre el hombro izquierdo, llamó a Yumure por su nombre. Este bajó y siguió al hombre hasta una casa cercana al puerto. Yo me disfracé de perro faldero y los seguí con la intención de saber algo más sobre este viaje.
- Que no, hermano, el cargamento debe dejarlo aquí y subir vacío.
- Absolutamente - respondió Yumure - yo tengo el encargo de llevarlo hasta Barrancomina.
El interlocutor juntó las cejas y con ademán cansado le pasó una nota a Yumure, que leyó lo más rápido que le permitían sus cuatro grados de Primaria.
Debajo de una mesa había un perro con toda la pinta de ser un “cacri” igual que yo. Estaba enrollado y apenas me miró. Siguió echado hasta que Yumure y su interlocutor salieron de la casa.
Respondía al nombre de “Mapuey”.
Mientras bajaban los tambores de gasolina, repartiéndolos en diversos lugares, el cacri no era como los sifrinos del día anterior y dio muestras de amistad. Rápidamente congeniamos y en un pequeño recorrido por el caserío me puso al tanto de la cuestión.
- Este es un Comando de avanzada de las FARC. Los campesinos que ves aquí, de día son trabajadores y de noche y en otros momentos son militares. Están organizados. El Ejército anda cerca. Ayer hubo baile muy cerca de aquí. Mataron a cuatro de ellos y a dos guerrilleros. Por eso le mandaron dejar el combustible aquí a tu amo.
- Mire, pariente, yo no tengo amo - le dije mosqueado.- Yo me embarqué en ese barco porque como buen cacri quería conocer más mundo. Pero yo no tengo amo. Gracias a Dios, soy cacri.
- ¿No será un espía del ejército de allá? Mucho cuidado. Yo no le quiero echar una vaina, pero compórtese bien. Una pregunta: ¿Usted es de izquierdas?
- Ahora sí me jodí - pensé para mí - Creía encontrar un pariente normal, pero ahora resulta que este huevón se la echa de filósofo preguntándome estas y otras pistoladas: izquierda... derecha... liberales, conservadores. Sólo falta que los perros nos idioticemos como los homínidos. - Mire, compadre, yo no soy de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario. Soy adeco. Yo soy un perro ¿oyó? - terminé por decirle.
- Ah, eso es falso... usted le está haciendo el juego a la derecha. Para pasar de aquí tiene que recitar el credo marxista leninista. O recita el credo marxista, o ladro.
- Lo que faltaba... ahora me encontré con un perro marico... - pensé para mí. Ya iba a soltarle un discurso sobre las excelencias de la globalización y el libre mercado, pero me aguanté. Como yo quería ir a fondo en mi investigación, le dije que sí, que yo recitaba todos los credos que él me dijera.

Desde entonces, a pesar de su siniestro complejo, Mapuey fue mi mejor informante. Siniestro, porque todo lo hacía con la parte zurda de su cuerpo: señalaba con la pezuña zurda, escupía por la parte izquierda del cachete, hasta me repetía a cada rato que su mejor oído era el izquierdo y por donde mejor veía era por el ojo izquierdo. Total que mi compinche pariente era un zurdo total, un izquierdoso globalizado.
Cuando le dije, tratando de meter un poco de cizaña, que había escuchado que la guerrilla usaba “perros bomba”, esto es, que le metían un chaleco atado con bombas de tiempo y que los hacían estallar cuando llegaban a su objetivo, me dijo:
- ¿Usted se cree eso?
- ¡Caramba! Estoy preocupado. Que se maten los hombres, bien. Pero que maten a los perros, mis hermanos, no lo acepto. ¿Dónde quedan los “DD.CC”?
- Los qué?
- Los “Derechos Caninos”.
- Esos son inventos de la prensa de derecha. De los oligarcas cachacos...

Ahí me pasé varios días observando e investigando mientras la situación por Barrancomina no se arreglaba. Yumure y su motorista iban de aquí para allá, se reunían con otros hombres sobre todo de noche.
Mi amigo Mapuey, el perro izquierdoso, me comunicó que los gringos del Plan Colombia y los militares estaban complicando mucho las cosas por el alto Guaviare, que ayer bombardearon las cercanías de la ciudad y fumigaron una gran cantidad de hectáreas. También me dijo que estaba preparándose un operativo que tenía que ver con Venezuela. Una Operación en varios frentes que iba a dar mucho que hablar a la prensa internacional. Un golpe de efecto y propaganda.
- ¿Un secuestro de avión? — le dije.
- No lo sé aún. Cuando lo sepa te lo diré — masculló Mapuey doblando la boca hacia la izquierda y haciéndose el importante.
Yo, por mi cuenta, traté de hacer mis averiguaciones, y por aquí y por allá, fui atando cabos hasta hacerme una opinión propia.
“El fin no justifica los medios”. Es un logro ético humano desde hacía muchos siglos. Pero el hombre estaba también desde siglos acostumbrado a darle la vuelta en pasiva a esa frase: “Los medios son justificados por el fin”
En nuestro caso, el fin de la guerrilla sería eliminar este Estado y la fábrica de pobreza que era la oligarquía. El 20 % de siempre que somete al 80 % de siempre.
El fin del Estado era acabar con la guerrilla, que impedía que el país se desarrollara en paz, y que se lograra un país en donde no se viviera en eterna zozobra entre bombas, secuestros y matanzas.
Los medios usados eran justificados por todos. Unos, eran de forma abierta: por ejemplo, la violencia. La ejercían todos: unos, de forma institucional, otros de forma subversiva. Otros medios eran usados de forma más o menos disimulada: por ejemplo, el negocio de la droga: Era el medio de vida de todos; de forma directa o de forma indirecta. Unos protegiendo la producción, otros apoyando la distribución y otros lavando el dinero. Todos estaban embarrados...
Y Estados Unidos ¿qué pintaba en esto? Mucho. Los gringos estaban arrechos porque no controlaban el mercado. Es el único “chip” del dios-mercado que se les escapaba de control.
Colombia cometió un pecado: era productor y distribuidor del negocio. Si se hubiera limitado a ser humilde productor de coca, así como lo era de bananos Costa Rica, y le hubiera dejado los hilos del manejo financiero y las redes de distribución a los gringos, no existiría el “Plan Colombia”: “Certificación” asegurada...
Los gringos, como sus ancestros los ingleses, son de raigambre puritana y como buenos puritanos, son maravillosamente hipócritas: “Se debe certificar a los países productores de droga”. Estados Unidos, por derecho divino, era el país que además de ser el policía del universo, era también el garante de la moral y salud pública contra el “terrible flagelo de la droga”.
Pero resulta que él no aprueba el protocolo de Kyoto sobre el medio ambiente, porque sabe que es el máximo contaminador ambiental del universo, y controlar ese desastre ecológico le costaría miles de millones de dólares.
Se pone bravo cuando lo quitan de la Directiva de la Comisión de DD.HH. de la ONU porque le privan de hacer y deshacer, usando los DD.HH. para sus fines comerciales políticos.
Predica a toda hora la violación de los DD.HH. de una islita del Caribe que desde hace más de 40 años no logró poner de rodillas, a pesar de un bloqueo injusto, pero se calla ante la violación de los DD.HH. en otras naciones grandes, como China, porque los intereses de las inversiones gringas no pueden correr riesgos.
Pide la “Certificación” anual para los países productores de droga, pero no se deja “certificar” por nadie para comprobar si ellos hacen todo lo posible para aminorar el consumo, que es el que estimula la producción
Si ellos tuvieran la clave del mercado ya no habría que “certificar” a nadie.
Tal vez la soledad, la lejanía de mi pueblo y tal vez el cambio de dieta, junto con la amistad de mi izquierdoso compinche, hacía que estas elucubraciones mías se hicieran cada vez más largas y fastidiosas.

- Se llama “Operación Tarraya” — me dijo el pariente cánido apenas me vio esa tarde.
- ¿Y en qué consiste? — dije yo apresurado.
- Calma, compañero, tenga sosiego - dijo Mapuey mirando alrededor, con aires de misterio - Todavía me faltan unos detalles. Apenas tenga ciertos detalles le pasaré el dato. Pero le aseguro que dentro de poco, nosotros estaremos por allá.
- ¿Por allá dónde? — pregunté interesado.
- Por Barrancomina es la cosa. Hay que colearse en algún barco de los que van a salir de aquí, apenas llegue la orden.

Desde ese momento no dormí fuera del barco de Yumure. No quería perderme la fiesta. Si salen de noche como supongo, ahí estaré yo.
Mi compinche izquierdoso, como que tampoco estaba muy seguro que lo llevaran, con la excusa de proporcionarme más informaciones, también se montó en el barco de Yumure.
Efectivamente, la siguiente noche, después de cargar los tambores de nuevo, partimos sigilosamente río arriba. Una luna en creciente se asomaba pícaramente y jugaba al escondite entre unas tenues nubes.
En la proa iba un paisano veterano conocedor del río señalándole al motorista la dirección correcta con una linterna, de forma interrumpida.

Yumure en el chinchorro, mirando al techo del barco, seguía abstraído de todo lo que a su lado ocurría.
Entre los tambores y la punta de proa nos acurrucamos como pudimos, Mapuey y yo.
- ¿A quién van a secuestrar en Venezuela? - le pregunté tratando de sonsacarle nueva información.
- Peces gordos.
- ¿Cómo quiénes?
- No te apures. Pronto lo sabrás.
- Me da ganas de tirar al río a este cacri marico - pensé yo - Seguro que lo sabe, pero quiere echárselas de importante.
Me di la vuelta hacia el otro lado y dormí un rato al son del monótono run-run del motor.

El día despertaba con pereza. Una calima acuosa se extendía cual liviana cobija blanca sobre el color ocre del Guaviare. Yumure asomó su cara de enfado crónico, sin levantarse del chinchorro y volvió a acostarse.
Estábamos cerca de Barrancomina.

Curiaras de pescadores perfectamente camuflajeadas en el verde de la orilla, pescaban silenciosamente. Algunos levantan la mano saludando, otros ni se enteraban. De pronto una embarcación se nos vino de frente. Se arrimó a estribor y un hombre armado con una pequeña Uzi nos abordó. Yumure sentado en su chinchorro, sacó una carpeta y le entregó un papel que aquél leyó rápidamente. Después de contar los tambores, lo devolvió a Yumure regresando a su pequeña y rápida embarcación.
El retén nos indicó que estamos muy cerca de nuestro destino. En efecto, a las dos pequeñas vueltas del río llegamos al pueblo en donde no sólo entregaríamos la carga, sino que, según mi compinche canino, seríamos testigos de algo interesante.
Al arrimar, mientras descargaban los tambores y los metían en varios depósitos de la ciudad, di mi primer paseo para hacer la composición de lugar y en caso de algún peligro, saber hacia dónde escapar. Vi muchos hombres armados, unos con uniformes y otros de civil. El pueblo parecía vivir en plena normalidad, como si el estado de guerra no influyera nada en las actividades económicas y sociales. Allá unos vendedores de frutas gritaban su mercancía y vociferaban repetidamente el precio. Por este lado, unos ranchitos con techo de zinc cobijaban un concurrido juego de pool y billar mientras sonaba vocinglero un vallenato tejido de despecho. Un grupo de vacas pastaban despistadas a las orillas de un solar abandonado. Era un pueblo, como muchos pueblos de Colombia, con mucho más movimiento que San Fernando.
Cuando regresé a la orilla del río me esperaba mi zurdo compinche, mirando nervioso de un lado para otro, no sé si era por lo que iba a pasar o por la prisa de contarme el chisme.
- Vamos al barco un momento - me dijo dirigiéndose a la orilla - Hay noticias frescas.
Lo seguí. Brincamos la borda del solitario bongo y en la popa, cerca del enmudecido motor, empezó a hablar como una cotorra.
- ¿Tú oíste hablar en Venezuela de un virus EPA?
- Algo sí. Creo que es un tipo de enfermedad que se está extendiendo lentamente y que produce males irreparables sólo en algunas personas - (No le dije nada de mis dos chips incorporados, y que uno de ellos detectaba infaliblemente dicho virus).
- Bueno. Eso tiene que ver con la “Operación Tarraya”. En estos momentos, varios Comandos de las FARC están en distintas ciudades de tu tierra en busca de los peces gordos.
- ¿Qué peces son esos? - inquirí yo.
Son ex ministros, ex gobernadores, ex Comandantes de Guarnición, ex Comandantes de Puesto, Empresarios, Políticos y otras personas contaminadas de EPA.
- ¿Y para qué los traen acá? Eso es un secuestro masivo. Colombia se va a meter en más problemas con Venezuela – dije yo.
Mi zurdo compinche asomó el hocico por encima de la borda como olisqueando algo o para evitar que nadie escuchara un secreto. Después continuó:
- Toda esa gente estuvo, de una manera o de otra, relacionada con la guerrilla por muchos años, cuando ocupaban cargos de responsabilidad en la frontera de tu país. Yo no sé aún si se trata de ofrecerles una “vacuna” contra el virus EPA o de otra cosa. Lo que si sé es que ya están llegando por aire, por agua y por tierra los primeros Comandos de la Operación Tarraya.
- ¿Viste a alguno? - le dije.
- Ayer noche pude ver que bajaban a uno. Los traen encapuchados. No saben ni quiénes son sus secuestradores, ni por qué, ni para qué los secuestraron, ni a dónde los llevan. Escuché que para mañana, en un claro de la selva cercana, se dará una reunión importantísima. Escuché que estarán los Comandantes Marulanda, el Mono Jojoy, y otros más del Secretariado de las FARC.
- ¿Podremos ir nosotros?
- Prepárate para caminar. Yo voy a enterarme de la hora y del lugar exacto.

Pegó un brinco, se encaramó sobre la borda y saltó hacia la orilla. Vi que corría calle arriba. Había que reconocer que el filósofo izquierdoso tenía guáramo y me ayudaba en la investigación. Estaba ansioso de conocer a los secuestrados.
Era muy temprano cuando mi detective privado me llamó desde la orilla con unos ladridos en clave. Me asomé y dando media vuelta, me invitó a seguirle. Apresuré la marcha y cuando menos lo pensábamos, estábamos corriendo como si estuviéramos en un canódromo. Quería hablarle pero no era posible. Corría delante de mí como un desesperado. Rebajó la velocidad ya fuera del pueblo, cuando había que cruzar un pequeño caño. Mientras buscaba la parte más estrecha o un tronco caído para cruzarlo, pues los cacri no nos mojarnos sino por imprescindible necesidad, le dije:
- ¿Por qué corremos tanto? Es muy temprano. ¿A dónde vamos?
- Tenemos que estar allá cuando ellos lleguen. Nos queda todavía un trecho de camino por la selva. La reunión es a las 9 de la mañana.

Caminamos caño arriba, hacia la izquierda, hasta que encontramos un vado estrecho por donde cruzamos fácilmente, mojándonos apenas las pezuñas. Después nos introdujimos en un monte cerrado caminando entre bejucos y cortaderas, hundiéndonos en colchones mullidos de hojas secas, emborrachándonos de tanta variedad de verdes y respirando un aire acuoso ahíto de humedad.
Habríamos caminado como media hora, cuando se abrió ante nosotros un descampado redondo, como un perfecto conuco indígena en plena selva. En la parte izquierda del lugar, en donde nosotros nos escondíamos, estaba montada una gran carpa de lona, verde como el paisaje. Sentí ganas de acercarme a husmear si había alguien dentro, pero Mapuey me frenó:
- No conviene, hermano. Esta gente siempre está armada y cualquier ruido puede ser fatal. Disparan muy rápido. Allí, escondidos, aguardamos el tan deseado encuentro.
Tenía razón mi zurdo compañero. Al rato salieron dos guerrilleros uniformados portando una mesa pequeña. Después, sacaron unas cinco rolas o troncos que colocaron detrás de la mesa.
- Debe faltar poco para las 9 - dije ansioso.
No acabé de hablar, cuando por el extremo opuesto del conuco, frente a nosotros, apareció un grupo de guerrilleros uniformados que conducían a unos hombres y mujeres encapuchados que trastabillaban y tropezaban a cada rato. Sus manos estaban libres y la capucha tenía sólo un hueco para respirar, a la altura de la boca. Los condujeron guiándolos con delicadeza hasta colocarlos en hilera frente a la gran carpa verde.
Como desde el ángulo en que estábamos colocados no teníamos una visión completa, Mapuey y yo nos introdujimos en el monte y buscamos una posición más cercana a la carpa para ver más de frente a los encapuchados.
De pronto salió de la carpa un uniformado de estatura elevada, de cabello blanco, demasiado blanco para su edad, muy serio y una mirada penetrante.
- A ése lo conozco yo. Estuvo en San Fernando comprando gasolina con Yumure.- le dije al zurdo Mapuey.
- Es el Comandante “Arturo”. Jefe de Logística del Ejército de Oriente.
Se dirigió a los encapuchados y fue quitándole la capucha negra y saludando efusivamente a cada uno, mostrándoles su perfecta hilera de dientes blancos.
Las caras que presentaban los recién desenmascarados eran un poema. Caras de susto, de miedo, de terror, algunas de resignación, otras con la mirada vaga, aquellos con la cabeza baja, estos, aturdidos, dibujaban un interrogante con sus cejas, como preguntando qué era aquello. Había dos mujeres. Una de ellas, comenzó a sollozar.
Se miraban unos a otros desconcertados. Algunos se conocían y se saludaban con miedo, otros hacían como si no se conocieran. Pude verle la cara a cada uno.
Allí estaba un ex presidente residente en el extranjero. La cara del que estaba al lado la recordaba de verla en los periódicos, fue ministro de Defensa. Los otros tres me eran bien conocidos, pues los conocí en Atabapo cuando eran Gobernadores de Amazonas. Un antiguo Jefe de Guarnición de Puerto Ayacucho y dos ex Comandantes de la G.N. de Atabapo. Un Secretario General de un partido importante. Aquel empresario que hacía y deshacía en la Gobernación de Amazonas. Tres contratistas, famosos que dejaban siempre inconclusas las obras, excusándose en que necesitaban un nuevo financiamiento. Aquellos diez que cobraron los contratos de obras que nunca se hicieron. Algunos dueños de bombas de gasolina fronterizas, funcionarios corruptos de la Gobernación, dos barraganas de políticos cuyas riquezas subieron como la espuma... A todos los pude ver.
Se miraban todos de reojo, como con miedo de hablar entre sí, temiendo lo peor, al ver al grupo de unos 20 guerrilleros uniformados y armados hasta los dientes, en perfecto orden al lado derecho de la carpa.
Yo estaba con los ojos muy abiertos, dispuesto a no perderme un detalle.
Minutos después, salieron de la carpa tres personas también uniformadas. Uno, ya mayor, con el abdomen caído y escaso aire militar, con un revólver a la cintura y una pequeña ruana blanca sobre el hombro izquierdo.
- Ese es Marulanda “Tiro Fijo” - me susurró entusiasmado el izquierdoso Mapuey.
A su lado en las rolas, se sentaron el Mono “Jojoy” y el Comandante “Arturo”. Serios, observaron a los silenciosos y asustados secuestrados, sin que sus caras mostraran algún sentimiento.
El silencio de la selva se interrumpía de vez en cuando con el graznido de algún pájaro asustadizo. De pronto se levantó el Comandante “Arturo”, aquél que yo conocí en Atabapo y con voz clara, con fuerte acento paisa inició su discurso:
- Señoras, señores.
Bienvenidos a la Colombia libre. Tienen que perdonar la forma en que han sido trasladados hasta aquí, pero la situación de guerra en que nos encontramos no permite muchas delicadezas.
El Comandante Marulanda, quiso agradecer a todos ustedes en persona, los favores, las ayudas y soluciones que han prestado a la causa de la liberación de Colombia. Por muchos años, unos de una manera y otros de otra, ustedes han contribuido a que la logística de las FARC en la frontera, sobre todo en la frontera Sur, estuviera siempre aliviada y bien surtida.
Agradecemos de modo especial el apoyo del servicio de combustible, tan importante para nosotros en estas zonas.
Es por esto que el Comandante Marulanda quiere hoy felicitarlos y condecorarlos con la Orden de las FARC en su Primera Clase.
Les recuerdo que todos ustedes están infectados del virus EPA. Esperamos que sigan pagando la vacuna con prontitud y precisión. Les recordamos a algunos que se hacen los remisos, que conocemos el número de sus Cuentas bancarias en Miami, Islas Caimán, Bahamas y Suiza. Sabemos de sus apartamentos en Orlando, Nueva York, Caracas y Barquisimeto. Cualquier intento de fuga o tardanza en el pago de la vacuna o en la colaboración con nosotros, puede costarles muy caro.
El Comandante Marulanda les explicará esto de una forma más detallada.

Las palabras del Comandante “Arturo” cobraron una dureza especial y la sonrisa abierta del inicio se cerró en una mueca tensa y una mirada de hielo que congeló mayormente a los asustados secuestrados.
No obstante, a pesar del cortante discurso, respiraron al saber que su estancia allí no terminaría en tragedia.
Uno de los soldados entró en la carpa y salió inmediatamente con una bandeja llena de medallas doradas que colocó frente a Marulanda.
En fila los secuestrados, comenzaron a desfilar para recibir la condecoración de las FARC.
Empezaban a desfilar cuando, en una terrible visión por encima de la arquitectura arbórea que nos rodeaba, se levantaron tres Superpumas americanos que atronaron el ambiente. Se hizo un ruido atronador. Todos comenzaron a gritar, a disparar y a introducirse en la selva. El tableteo de las ametralladoras de los helicópteros era incesante. Las bombas se repetían continuamente, hasta que una de ellas cayó tan próxima al lugar en donde estábamos escondidos Mapuey y yo, que me di por muerto...”

Y ahí me desperté.
Cuando abrí los ojos me encontré debajo de la voladora del puerto de Atabapo, con unos dolores de cabeza horribles, un par de chichones en ella y un fuerte dolor de tripa. A mi lado estaba el bueno de Mamey mirándome con una cara que no sabía si era de risa o de admiración. Por la rendija de la voladora pude ver muchísimos pies de homínidos que iban y venían, corrían o estaban quietos y aplaudían cada vez que sonaba un cañonazo. Me asomé un poco y un fuerte olor a pólvora me hizo toser inmediatamente. Eran los Mordomos de la Fiesta del Carmen que venían en procesión recogiendo limosnas por todo el pueblo.
Mamey me contó lo sucedido desde el momento en que yo vomité el segundo pan con estricnina. Me dijo que me salvé por un error de los médicos. En lugar del terrible veneno pusieron unas pastillas de vallium y otras drogas que fueron las que me produjeron esa larga pesadilla. Aquella noche Mamey me encontró muy mal, tendido en la calle, y ayudó a arrastrarme hasta la voladora del puerto. Me contó que apenas podía aguantarme por la fuerza con la que yo me resistía. Por momentos ladraba, me levantaba dando piruetas y grandes saltos chocando mi cabeza contra la voladora, de ahí estos chichones adoloridos que tengo; otras veces daba la impresión de que corría pues movía las extremidades a gran velocidad y jadeaba como si estuviera en una carrera. Otras veces me calmaba y dormía, y dormido, hablaba sólo, lloraba y reía... Mamey me contaba todo esto muerto de risa.
- A cada rato decías EPA ¿qué es eso de EPA? - preguntó Mamey.
- Tanto periódico que lees y no asimilas... Es un virus que le pega sólo a cierta gente.
- ¿Y qué significan esas siglas?
- E.: Enriquecimiento. P.: Personal. A.: Acelerado. Enriquecimiento Personal Acelerado. Tengo la ligera presión de que tú y yo estamos inmunizados contra ese virus...



TREINTA Y CUATRO

A pesar del dolor de cabeza, me levanté al día siguiente dispuesto a empezar mi recorrido por el pueblo.
Estábamos en Julio. El río estaba enorme. ¡Cómo cambia el paisaje! Yo creo que en eso está la clave del hechizo de este pueblo. En todos los pueblos el paisaje varía según los días. Un día soleado tiene su encanto, así como es distinto un día de bruma o de lluvia, pero la estructura del paisaje es siempre la misma.
Atabapo no es así.
El paisaje de Julio con un río inmenso lamiendo las orillas de las calles, no tiene nada que ver con el paisaje de Febrero en donde unas inmensas playas blancas aparecen como por arte de magia transformándolo todo. Bueno, todo menos el carácter del atabapeño. Si en otros lugares pudieran contar con la belleza natural de este pueblo, ya habrían hecho de él un centro de atracción turística.
El atabapeño, empezando por sus autoridades, no estima lo que tiene, no quiere el futuro, lo que podría ser. Los pajonales crecen en cada esquina, los papeles y botellas son los adornos naturales de estas calles llenas de huecos, construidas por contratistas ineptos o aprovechados. ¿Será verdad lo que cuentan las viejas consejas de que a este pueblo le pegó la maldición del cura? ¿Será que este pueblo está reñido con el progreso?
Iba haciendo estas reflexiones mientras caminaba lentamente por el barrio La Carretera, con un tremendo “ratón” a cuestas, cruzando el pueblo de punta a punta hasta la Casa de la Fiesta.
El Patrono de Atabapo es San Fernando. Mala suerte tuvo este santo al recibir el patronazgo de este pueblo. Creo que es el único pueblo de Venezuela que no tiene fiestas patronales. Las últimas que se realizaron fue hace mucho tiempo. La apatía de la gente y la carencia de liderazgo de las autoridades no ayudaron a que la tradición se reavivara.
Como sucedáneo anual se celebraban otras fiestas: de Santa Lucía, patrona del barrio homónimo entre los antiguos habitantes de Santa Lucía del Río Negro, durante el mes de diciembre, y las fiestas de la Virgen del Carmen, a comienzos de julio. Dicen los viejos del pueblo que esa es una fiesta brasilera que se difundió de sur a norte, desde el Río Negro.
Azavache era el Yuíz estrella de este año. La fiesta está dirigida por este Yuiz o fiestero principal que tiene responsabilidad de la fiesta y su organización.
Doña Catalina y el Morocho eran algunos de los Mordomos principales, los encargados de las “tandas” y responsables de la comida comunitaria del último día de fiesta.
Normalmente, serian de nueve a doce Mordomos, pero en la modalidad atabapeña pueden llegar a cuarenta.
La fiesta comenzó hoy con la colecta de limosnas en especie y efectivo. Un tipo de procesión de los Yuíces y Mordomos por todo el pueblo, adornados con banderas y acompañados por un aparato de sonido que hoy sustituye al viejo tambor, y el trabuco, un primitivo cañón del que se encargan que funcione un grupo de expertos. Esos cañonazos fueron los que me despertaron esta mañana, creyendo que estaba en la guerrilla. Cada Mordomo lleva un cetro de madera adornado con papeles multicolores.
En comunidades pequeñas, unos 15 días antes de la fiesta, los mordomos, yuíces y los varones del pueblo salían de cacería buscando abundante comida para los días de fiesta. En Atabapo ya no se hace eso.

La casa de la fiesta estaba en pleno movimiento. Una cantidad de quioscos y chiringuitos proliferaban dentro y fuera del recinto. Casi todos estaban cubiertos con lonas o palmas, pues estamos en plena época de lluvia y la fiesta no puede aguarse. Cualquiera podría pensar que se estaba preparando una feria gastronómica con variedad de platos y diferentes manjares. Nada de eso. Ya están las cavas y refrigeradores llenos de cerveza para la primera noche.
En una esquina del recinto, prisionera en una especie de garita de cemento blanco se encuentra la Virgen del Carmen, callada, que tiene que calarse nueve noches de ruidosa música y soportar escenas etílicas del más variado sabor.
Uno de los asiduos visitantes de la Capilla de la Virgen era el compadre Topo, otro cacri de pura raza. Como la gente solía dejar allí dinero, para pagar sus promesas, Topo, cuando andaba fallo de real, como casi siempre, se acercaba a la Gruta y humildemente hablaba con la Virgen:
- Virgencita, perdona que te quite prestado este dinero, pero hoy estoy fallo... Después te lo devuelvo...
Nunca más lo devolvía. Yo creo que por eso la Virgen lo castigó pegándole esa cara de borracho empedernido.
En el centro del terreno estaba la casa de la fiesta con la pista de baile y el lugar de las tandas. Delante de ella ya estaban preparados los dos mastros. Dos troncos de unos 5 metros de alto todos cubiertos de frutas de la región: piñas, caña de azúcar, cambures, temares etc. Ya estaban covados los hoyos en donde los colocarían en una ceremonia dirigida por el Yuíz de Mastro.

Después de dar una ojeada por los alrededores, me fui hasta la casa del viejo Siballaba, pues hasta las cinco no comenzaba la fiesta.
Encontré a Don Luis en la sala meciéndose en el chinchorro. La mirada perdida y respirando sin dificultad, pero muy lentamente. Daba la impresión de que estaba bien, pero no tenía buena cara. Tuvo la delicadeza de estirar su brazo derecho y repasar mi lomo con la mano. Di una vuelta por la cocina y el cuarto. Todo estaba en desorden.
- Este viejo se cansó de vivir — pensé para mí.
Me asomé al patio y lo encontré descuidado y sucio. En la esquina de siempre, estaba la vieja máquina laminadora de caucho cada vez más herrumbrosa y a un lado, el viejo martillo con el que Don Luis machacaba sus penas.
No sé lo que daría por ayudar a este viejo. Nosotros tenemos mala fama, pero los hombres a veces se comportan mucho peor que nosotros los perros.
Me acosté cerca del chinchorro haciendo compañía a Don Luis que se mecía lentamente.

- Inavi, no creo en la vida. Ya no tiene sentido para mí. Me equivoqué... Ya pasó mi creciente de garza. Ahora, ya es pura bajada...

El viejo Siballaba rezumaba tristeza en sus palabras.
- Tuve cinco hijos ¿dónde están? Los crié, les di todo lo que pude y ahora ¿qué? Yo tenía que haber sido más egoísta, pensar un poco más en mí, en mi ancianidad. Yo tenía que haber botado a mi familia, antes de que ella me botara a mí como un cacharro viejo. ¿Tú sabes lo que se siente cuando uno es rechazado por los que te deberían querer? Siempre tuve miedo a que me dejaran... era lo que más temía. No me preocupaba de que me quisieran o no los demás, lo que me producía miedo era el dejar de ser amado por los que más contaban para mí. ¿Dónde están los que recibieron tanto de mí?¿Dónde están mis hijos?

Siballaba se sentó en el chinchorro con rostro cansino. Me miraba y hablaba conmigo. Creo que yo era lo último que le quedaba.
- No le temo a la muerte, Inavi. Cualquier día me encontrarás tieso en el chinchorro. Preferiría morir con una dosis de estricnina que morir de pena. Ellos me montarán un tremendo velorio, vendrán a mi entierro y me llorarán hipócritamente, como si en verdad me quisieran.
Se inclinó un poco más hacia mí y alzó la voz muy triste:
- No los escuches, Inavi. Haz algo para que esos lloros no se oigan. ¿me entiendes?
Me levanté y lancé un aullido de esos que suelo dar de noche, cuando la soledad lastima:
- Auuuuuuuuhhhhh.

El viejo se acostó de nuevo. Un raro brillo en sus ojos me produjo escalofríos...

A las cinco me encaminé lentamente hacia la casa la fiesta para ver la paradura de los mastros. Como atabapeño, sé que estamos muy lejos de Suiza y la puntualidad aquí no es una virtud.
Ya la gente comenzaba a acercarse. Los Mordomos movían sus palitos multicolores mientras daban las últimas órdenes. Los más tempraneros ya bebían cerveza como si tiempo no les alcanzara.
Por allá venían unas chicas bullangueras dispuestas a pasar una noche alegre. Las señoras mayores y aquellos que estaban pagando promesas se arremolinaban cerca de la gruta de la Virgen del Carmen dispuestas a rezar el Rosario antes de la paradura del mastro. Sentados en la acera ya hay grupos de jóvenes esperando que arranque el bonche y la repartición de tandas.
Burrito y Fayifayi, elegantes con camisa de manga larga, ayudaban en los preparativos para alzar los mastros.
Terminado el Rosario sonó el trabuco indicando el inicio de la fiesta. Los expertos comenzaban la operación de parar los dos mastros pletóricos de frutas y coronados por sendas banderas.
Con gran alegría, se dispararon los cohetes y el trabuco y se alzaron los mastros. Y los mordomos y yuíces hicieron una breve procesión con una imagen de la Virgen en torno a los dos mastros.
Y arrancó la fiesta. La gente se arremolinaba al rededor de los quioscos que despachaban cerveza.
Se oyó un disparo de trabuco seguido por un fuerte grito. La gente se agolpó hacia la cerca sur. Desde allí intentaban cargar entre varios a Kunikuni que sangraba abundantemente por un costado. Le alcanzó el disparo cuando estaba orinando en la cerca sur. Lo llevaron en carro a la Medicatura y un buen número de gente se fue también hacia allá.
Kunikuni era un joven alto y flaco como todos los Rivas de Santa Lucía, de tez morena, que se consideraba el mejor galán del barrio Santa Lucía y que narraba los embustes más grandes con toda la seriedad del mundo.
La parranda ya estaba prendida. Ya empezaba a sonar la Orquesta “Katán Music” con los estelares Clip, Batata, Topo, y su animador Cachadá, el doble de Leonardo Di Caprio… Como ya me sabía de memoria las canciones, también yo me fui hacia la Medicatura a ver lo que le había pasado a Kunikuni.
Había caminado unos metros y me encontré con Burrito y Fayifayi acostados en el piso, con su camisa blanca toda embarrada y sin zapatos. No hacía más de media hora que estaban buenos y sanos. La primera tanda los había tumbado.

Cuando llegué a la Medicatura estaban haciéndole la primera cura a Kunikuni, lavando y desinfectando la profunda herida. Me metí hasta donde pude en el Hospital a oír los comentarios de lo sucedido.
Verdaderamente, este es un pueblo en donde sucede lo que no ocurre en ninguna otra parte. Es el primer herido que veo por un disparo de papel higiénico.
El trabuco lo conforma un tubo de acero largo en donde se le introduce por un lado papel higiénico bien apretado y por el otro se le pone una carga de pólvora, que al explosionarla dispara el proyectil de papel higiénico. Con eso fue herido Kunikuni. Y pudo haberlo matado si le hubiera afectado algún órgano vital. Se salvó debido a la distancia considerable en que se hallaba.
Al día siguiente Kunikuni, ya pasado el susto, salió en avioneta hacia el Hospital de Puerto Ayacucho, no sin antes explicarle todo serio a una señora inocente, que eso le había sucedido por estar peleando con un caimán, en un descuido, el saurio le mordió ligeramente en el lomo. El... “apenitas” se había dado cuenta... embustero al fin…
Por nueve noches consecutivas, la fiesta siguió con su rosario de tandas etílicas y jolgorio bailable. En la sexta noche castigaron a dos infractores que arrancaron del mastro unos cambures, lo que está terminantemente prohibido. La pena no puede ser otra. Se les amarra al mastro y se les da a beber ron hasta que queden ahítos.
Tradicionalmente, en los caseríos, el último día se hacía una comida comunitaria con lo recogido, cazado y pescado con anterioridad.
A las 6 de la tarde de ese último día todos los mordomos van dando un golpe de hacha a los mastros que finalmente se caen con gran algarabía y risas de chicos y grandes, que recogen la fruta madura. El que agarra la bandera del Mastro será Yuíz de Mastro el siguiente año.
En algunas comunidades, esa última noche, se hacía una cena para todos los fiesteros y los que deseaban participar el próximo año. Debajo de cada plato o taza había una señal que al que le tocara, sería Yuíz o mordomo de la fiesta del próximo año. Ellos irán preparando la fiesta siguiente desde ese momento. Aquí no se hace nada de eso. Voluntariamente se presentan los nuevos candidatos. Por eso la Fiesta nunca muere.
Lo que muere es la sindéresis de muchos, en trasnochos tan continuados. Los jóvenes estudiantes que por esas fechas tenían exámenes, dormirán en las aulas y soñarán con las reparaciones.
Algunos sobrevivientes de la noche regresaban tambaleantes no se sabía hacia dónde, casi siempre en la dirección contraria a la cama que buscaban. Pela, que vive en el centro se dirigía hacia la carretera, Alirio, de la Punta, cruzaba el aeropuerto buscando su casa en el barrio de Santa Lucía.
Otros, en pequeños grupos escanciaban lo último de las botellas de Guárico, haciendo paradas a cada ratico. De repente discutían acaloradamente y al rato se abrazaban y se daban la mano amistosamente. Panchito, que era zurdo, ininterrumpidamente compartía a diestro y siniestro la mano izquierda con todo el mundo.
Joselo, sin camisa, sentado en la acera, sonreía continuamente como un Buda barrigón. A Chuga y a Fayifayi los separaban a cada rato, pues se enzarzaban en una pelea cuya causa ninguno de ellos conocía.
En la vuelta del Barrio Solano encontré al Flaco que hablaba con Chara sobre el campeonato de Futbol playero con Puerto Inírida. En la esquina de la Granja, Chirote charrasqueaba con dificultad una vieja guitarra tratando de imitar a Sandro dirigiendo endechas a su amada: “... sus labios de rubí...” Mientras que debajo del tanque de agua, Payarita, Mantecaca y Mojino roncaban a destiempo. Más allá, en el centro del campo de fútbol, el Puma, aprendiz de periodista narraba un imaginario partido de fútbol para Radio Amazonas, en donde mezclaba a Maradona con Sabogar y a Figo, Raúl y la “brujita” Verón con Levin, Christian y Puti...

¿Cuál es el problema? La vida sigue. Yo creo que la filosofía de vida del Cacri nació aquí, en Atabapo. Yo no soy Cacri por genética, soy Cacri por asimilación. Más de diez años en Atabapo convierten a cualquier cristiano en un Perfecto Cacri.
Ya el horizonte se teñía de malva, cuando pude raquetear a algunos de los que no pudieron llegar a la meta.
Les tengo simpatía a esta gente.
“Se parecen tanto a mí…” como dice la canción.



TREINTA Y CINCO

Octubre.

Asomaban los primeros calores. El río descendía perezoso en caudal y fuerza y los aguaceros se hacían cada vez más raros. El prado de bora que bordeaba las orillas de Maracoa se iba deshaciendo poco a poco en pequeños islotes. Unos bajaban Orinoco abajo, en busca de aventura, y otros se secaban y veraneaban mustios esperando el nuevo invierno. Como los atabapeños: unos se van, emigran, buscando nuevos horizontes. Otros deciden quedarse, aún a riesgo de morir de mengua, esperando una “creciente de garza” que les dé vida.
Amanda salió corriendo hacia la calle buscando un carro que no apareció. Lloraba. Fue su hermana Elisa quien le comunicó con tristeza por teléfono:
- Se murió Luis. Ven rápido.

Al final de la calle Don Diego, frente al nuevo Cacure logró alcanzar al Morocho que le dio la cola en el camión volteo de la Alcaldía.
Apenas me enteré en mi apartamento-voladora, salí corriendo hacia la casa de Don Luis Siballaba. Un gentío se agolpaba en torno a la casita en un cuchicheo contenido sobre el que se alzaba de vez en cuando, algún que otro estridente grito y lloros femeninos.
Me fui por el patio, por donde solía entrar yo todas las tardes para acompañar a un Don Luis cada vez más sólo y deprimido. Me fue más fácil introducirme en la casa. Allí en la sala estaba Elisa echada en el suelo como una Virgen Dolorosa, haciendo exagerados aspavientos mientras dos mujeres la sostenían y trataban de darle aire con un resto de almanaque viejo. De vez en cuando lanzaba unos ayes tan desgarradores que parecían verdaderos. Todo estaba sucediendo como me había advertido el viejo Siballaba.
Con dificultad me asomé a la habitación en donde Amanda con lágrimas apenas contenidas, pero sinceras, terminaba de arreglar y vestir el cadáver con las mejores prendas que tenía. Una camisa blanca de mangas largas y unos pantalones de mezclilla, color verdoso, que había comprado en su último paseo a Amanavén. El color blanco de la camisa menguaba un poco la fuerte palidez del rostro, rota sólo por la línea tenuemente morada de los labios.
Un hijo sentado en el catre y otros tres de pie, lloraban silenciosamente mirando a su padre. Don Luis los esperó por años. Nunca llegaron. Los observé. Parecían sinceros, pues no me daban la sensación de la teatralidad que mostraba Elisa, su madre. El atabapeño, como todo indígena no suele ser muy expresivo y raramente da rienda suelta a sus sentimientos. Sólo frente a la muerte de un ser querido se desinhibe y rompe ese cascarón que todos llevamos por fuera y que nos hace aparentar lo que en realidad no somos.
Decidieron hacer el velorio en casa de Elisa, por lo que apenas llegara el ataúd en el avión que traía a uno de los hijos que vivía en Maracay, se trasladaría a la casa del barrio del Centro. Estoy seguro que ese sería el último lugar que Don Luis escogería para pasar la última noche en Atabapo. Adujeron razones de comodidad y recepción de la gente durante el velorio.
Si yo fuera gente, montaría ya un escándalo. Pero como cacri estoy pensando algo para cumplir la última voluntad de Don Luis.
Tenóia que ser ahí precisamente, en la casa en la que su mujer le montó los primeros cachos con aquel indio adolescente. En la casa en donde Elisa, como dice mi compinche el cantante Sabina, por “diecinueve días y quinientas noches” trató de considerarse una carajita, enseñando a adolescentes las primeras letras de una experiencia genital.
En la casa que fue centro de bonches y fiestas de cumpleaños de sus hijos y familiares mientras él languidecía sólo en su casita del barrio Solano, despreciado por sus hijos que nunca más lo visitaron. Esos mismos hijos que ahora lo lloraban silenciosamente.
En un carro de la Alcaldía llevaron el ataúd y lo colocaron sobre dos pequeñas mesas con la pequeña ventana de cristal abierta para que todos los familiares y curiosos pudieran verle. Fueron a pedirle al cura los cuatro candelabros amarillentos que, juntamente con una palangana con agua llena de velas y otra con limones partidos debajo del muerto y un pequeño cuadro del Nazareno, completaron la escena tradicional del velorio atabapeño.
Mientras tanto, dentro de la casa se iban topando las caras tristes de personas que venían más a curiosear que a rezar o dar el pésame. Frente a la casa se hacían ya los preparativos para un frecuentado velorio. Se traían prestadas de la Alcaldía las sillas de plástico blanco y aparecían como por encanto una cantidad de mesas.
Sobre los velorios se han dicho muchas cosas. Algunos se escandalizan de las actitudes casi festivas que encierra. La verdad es que aquí, como en muchas partes de Venezuela, se cree que la muerte es parte integrante de la vida del hombre y es aceptada comunitariamente como un hecho humano, con las características propias del actuar humano, todo él trenzado de llantos y de risas, de alegrías y tristezas. Así es el velorio.
Me trasnoché contemplando desde la otra acera todos los personajes que se acercaban a la casa de Elisa. La gente fue llegando al atardecer. Vino el cura a rezarle al muerto y a ponerse de acuerdo sobre la hora del entierro. Poco a poco, fue desfilando mucha gente, unos entraban a la sala, otros se sentaban en las sillas esperando el cafecito o algo más. Según avanzaba la noche algunos de los borrachitos se iban volviendo pichacosos. En la acera de enfrente, a la oscuridad de un mango, un grupo de jovencitos cumplía su rito de iniciación etílica alrededor de una botella. Aunque no les gustaba, lo tomaban para demostrar a sus coetáneos que no eran maricos, sino hombres bien machos. Estos homínidos sí son pendejos, ya desde pequeños...
A la mañana siguiente, unos cuantos a quienes se les escabulló el tiempo, dormían reclinados sobre las mesas entre un mar de vasos de plástico, botellas vacías y sillas blancas vacías.

Mientras tres obreros covaban la fosa en el cementerio para enterrar a Don Luis, comencé mi plan de trabajo para recoger un gran número de perros cacri con el fin de cumplir la última voluntad que el difunto me había encomendado. Inicié la recluta en el barrio de Santa Lucía y Orinoco y de ahí pasé al barrio La Carretera, después el Menca, Solano, Maracoa y terminé mi recorrido proselitista en el Centro. Les comuniqué que a las cinco de la tarde nos encontraríamos en la parte exterior del cementerio.
Los obreros de la Alcaldía finalizaron la tumba a las cuatro de la tarde. Allí estaban Eulogio y el Chácharo sudando copiosamente con cara de amanecidos, mientras que el Burrito recuperaba a la sombra el sueño perdido esa noche. Todo estaba preparado: la arena, el cemento y el tambor de agua para hacer la mezcla, las palas, el zinc, las cuerdas.
Sólo faltaba el muerto.

La salida de la casa con el difunto fue muy lenta. Se escuchaban de lejos los lloros y despedidas, los lamentos melodramáticos. Desde la acera yo contemplaba el espectáculo. Allí estaba Elisa con una falda negra y una blusa blanca con los ojos llorosos y el pelo un poco revuelto. La sostenían dos de sus hijas que lloraban también, ayudándola a subirse al carro. Los hijos, más enteros, junto con otros hombres alzaron el ataúd de la mesa y lo llevaron hasta la camioneta que les esperaba afuera. También estaba Amanda, la única que lloraba con auténtico sentimiento.
El cortejo fúnebre se internó por la calle Don Diego mientras el sol rielaba mortecino sobre el Atabapo. Subieron por la última transversal y desembocaron en el camino del Cementerio con sus tradicionales charcos, ahora secos porque las lluvias ya habían amainado bastante. Ambas orillas del camino estaban cerradas con enormes gamelotales que desde años no conocían lo que era un machete.
Cuando dimos la última curva y apareció la escuálida entrada del campo santo, un enorme escuadrón de perros cacri se extendían sin disciplina, unos de pie, otros acostados, unos solos, otros en pequeños grupos, todos contemplando en silencio cómo descargaban el ataúd entre seis familiares y lo conducían hasta la orilla de la tumba.
Eulogio y Chácharo con rostro cansino, accionaban las palas mezclando, mientras Burrito, ya despierto, cargaba tobos de agua haciendo un gran esfuerzo para mantener abiertos los ojos.
Mientras se hacía la mezcla, el cura rezó unas oraciones en un momento en el que apenas se escuchaban los lloros de Elisa. Bendijo la tumba y al colocar las cuerdas por debajo de la urna para introducirla en el hueco, comenzaron los lloros, los gritos y aspavientos de Elisa y sus hijos, que la sostenían a duras penas para que no cayera en el hoyo.
Salí del cementerio, di un ladrido como señal y al instante, decenas de gargantas destempladas de perros cacri rompieron la tarde con ladridos cada vez más fuertes, silenciando los lloros de Elisa y los hijos. Los asistentes extrañados, se asomaban a la cerca tratando de espantarlos y algunos lanzaron piedras, pero los cacri ladraron más fuerte, más fuerte... Entré de nuevo en el cementerio y ladré hasta cansarme. Los vi a todos y ellos me vieron a mí.
- ¡Hipócritas! ¡Todo esto es un teatro!¿Por qué abandonaron a Don Luis? ¿A qué vienen esos lloros en la muerte si durante su vida lo despreciaron? El les quería y ansiaba su cariño y ustedes se lo negaron.
Yo ladraba como un perro obseso:
- ¡Hipócritas! ¡Hipócritas! ¡Hipócritas! ¡Hipócritas!...

En el rostro de Amanda noté una señal de que había comprendido mi mensaje y me pagó con una sonrisa. Ella era la única de la familia que lo había querido sinceramente.
El ladrido general de mi escuadrón de perros cacri siguió un rato largo, apagando definitivamente las manifestaciones de dolor que se redujeron a callados sollozos, no sé si era debido a que habían entendido el mensaje canino o si en realidad era la señal de que el teatro había terminado.
Yo me fui satisfecho de haber cumplido con el último deseo de Don Luis Siballaba. Me parecía oírlo:
- “Ellos me montarán un tremendo velorio, Inavi amigo. Vendrán a mi entierro y me llorarán hipócritamente, como si en verdad me quisieran. No los escuches, Inavi. Haz algo para que esos lloros no se oigan. ¿me oíste?”

De regreso, cuando descendía hacia la calle Don Diego, una pequeña nube dejó caer una garúa suave mientras sonaba una triste música en la casa de los Herrera. Creo que era: “Cuando los ángeles lloran...” de Maná. “Lloverá.. .Lloverá... un ángel se fue y no volverá...”
Una melodía que armonizaba perfectamente con el ocaso de intenso color lila que se desparramaba por las aguas del Guaviare, envolviendo a Atabapo en una atmósfera triste, mortecina.


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TREINTA Y SEIS

Los años pesan más, no por el tiempo que pasa, sino por las penas acumuladas. Según te van golpeando, vas envejeciendo progresivamente. Me doy cuenta que cada vez me estoy haciendo más ordenado, me estoy ciñendo a un horario, he codificado costumbres que antes no tenía. Esto es una señal clara de que mi vejez avanza. Aunque sigo siendo un cacri, la filosofia del cacri va debilitándose y cada vez me cuesta mantenerme libre. El viejo no puede ser libre porque cada vez depende más de los otros.
Por este miedo a la vejez, trato a veces de zambullirme en una actividad que ya no es para mí. Y me canso. Recorro el pueblo varias veces, voy de acá para allá, visito las casas de viejos amigos y alguna vez voy de pesca Orinoco arriba, perdiéndome varios días de este pueblo que es tan cacri como yo, pero que su vejez supera a la mía. Lleva siglos de dependencia.
Tal vez la muerte de este viejo amigo mío me produjo la fuerte depresión que me llevó a filosofar más y a comer menos. Estoy hecho un desastre. Se me pueden contar todos los huesos.

El estrés, el hambre y la depresión tientan continuamente al perraje, sea cánido u homínido. Y también me tentaron a mí.
Un buen hombre, el señor Alcal, tuvo compasión de mí. No sé si fue por la lástima que le di o ¿por qué no? por mis cualidades instintivas de sabueso. El caso es que de la noche a la mañana me vi en una tremenda mansión, lavado, perfumado y hasta un collar antipulgas me metieron.
Desconecté el chip detector de virus EPA y el «caraotómetro», y me di a la buena vida acallando mi conciencia. El bozal de arepa suele acabar con todos los problemas de conciencia. Eso lo había visto con frecuencia entre los homínidos, pero yo nunca lo había experimentado. Comprobé personalmente que el hartazgo anula los ideales y acaba con el sentido crítico de la persona.
Perdí el sentimiento de libertad que es sagrado para un cacri, renuncié a mi filosofía de vida y poco a poco me convertí en un “canis agallutus” cualquiera.
Mi educación y buenas maneras no eran las esperadas por mi dueño. Ladraba por cualquier cosa, me orinaba sobre cualquier mueble, no dejaba que me lavaran y hasta me permitía protestar cuando, en vez de una perrarina sabrosa de marca “Chiva’s”, me traían otras de gusto vulgar, de marca “Furia”, “Guánico” o “Vallenato”
Mis mejores momentos los pasaba con una pandilla de cacri, sucios y marginales, que aprovechaban mi nueva posición para resarcirse y menguar un poco la carestía alimentaria y etílica a la que estaban habituados. Todos los días les brindaba unas cajuelas de esa perrarina liquida o “Light”, último invento gringo para evitar el colesterol y la obesidad.
Mi único trabajo era medir las calles y las casas del pueblo, de arriba abajo, en perfecta sintonía con mis tradiciones cacri, pero con una diferencia: ahora tengo unas seiscientas mil calorías en el lomo, mientras que antes me la pasaba ladrando de anemia.

No puedo estar quieto. Lo llevo en la sangre. Menos mal que la casa del señor Alcal es grande y puedo ir de acá para allá. Es la única manera para mantenerme en forma.
Así pasé tres largos meses.
Ya no me reconocía como cacri. Alguno de mis antiguos compinches me lo dijo con una sonrisita burlona:
- Sólo falta que te pongan el lacito. ¿Por eso desconectaste el chip “caraotómetro”?

Y volví a pensar. Debía reaccionar. Esa no era mi vida.
Pero antes quería cumplir un sueño que desde tiempo me rondaba insistentemente.
Llevaba varias semanas dándole vueltas a un proyecto. No sabía si mi conciencia se estaba despertando o si obraba sólo por interés. Me acordaba de los cacri sacrificados por la estricnina de los médicos y de lo mal que lo pasé aquella noche en donde me salvé por milagro.
Reuní nuevamente aquel ejército de cacri que ladraron al unísono durante el entierro de Don Luis. Algunos me miraron con sospecha, por mi traición a la condición de callejero y mi aburguesamiento progresivo desde que estaba con el señor Alcal. Logré convencerlos.
El proyecto era dar un golpe en el Hospital “María Garrido” y destruir o hacer desaparecer todo el arsenal de estricnina que se conservaba en el Depósito.

Empezamos a trazar el plan de ataque.
Estábamos todos de acuerdo en que el asalto debía hacerse en horas de la noche. En lo que se difería era en los métodos a usarse.
Los más jóvenes y extremistas optaban por un ataque violento, frontal, en grupo, ladrando y atacando a la enfermera de turno para que abriera la puerta del Depósito.
Los más viejos aconsejaban usar la inteligencia. No convenía armar un gran escándalo tanto más que, al lado del Hospital estaba el Comando de la Policía.
Prevaleció esta última opción.

Llegó la noche “N”.
Con anterioridad habíamos robado la llave del Depósito y esa tarde dejamos entornada su puerta.
La enfermera Aleida era muy amiga mía. Le tocaba la guardia esa noche. Yo era el encargado de distraerla en la Oficina.
Entré y moviendo mi cola con una rapidez inusitada para mí, me empiné hasta ponerle mis patas delanteras sobre uno de sus brazos. Ella estaba emocionada leyendo una fotonovela rosa.
- Ay, Inavi... deja.

Yo había cerrado la puerta de la oficina al entrar. El camino hacia el Depósito estaba libre. Un Comando conformado por seis cacris seleccionados entre los más ágiles mental y físicamente, se deslizaron rápidamente por el pasillo y penetraron en el depósito. Cada quien cumplió su función. Dos, abrían los recipientes de plástico que contenían las pastillas. Otros dos los transportaban al baño y los otros dos vaciaban las pastillas dentro de la poceta.
Estábamos perfectamente sincronizados. Cada vez que accionaban la cisterna, yo ladraba escandalosamente para que Aleida no escuchara nada. Aleida, sin levantar los ojos de la fotonovela, pasaba su mano sobre mi lomo, como para calmarme de mis supuestos celos. Tuve que ladrar 10 veces y 10 veces recibí el mismo gesto cariñoso de Aleida, que seguramente, en lugar de un perro hubiera preferido acariciar el lomo del galán protagonista de la fotonovela que estaba leyendo.
Cuando supuse el final del operativo del Comando cacri, con un ladrido de adiós me despedí de Aleida y salí corriendo.
Todo había salido como lo habíamos programado. Lo celebramos con unas “cajuelas”... de perrarina.

Al siguiente día, la Doctora llamó al Enfermero Jefe. La poceta de uno de los baños estaba obstruida.
Buscaron a Juanchito, el fontanero especialista, quien después de una operación que duró toda la mañana, al levantar la poceta descubrió un enorme bloque blanco formado por miles de pastillas que taponaban completamente la tubería. Llamaron a la doctora y con asombro descubrió los recipientes de plástico triturados en pequeños pedazos, que los del Comando también habían arrojado en la poceta. No había duda. Era estricnina.
Rápidamente se dirigió al Depósito. Toda la existencia de estricnina había desaparecido.
Todavía hoy, la policía está indagando y tratando de descubrir a los autores y las motivaciones del robo.
Esa fue mi última buena acción en beneficio de todos los cacri de Atabapo.
Cansado de mi esclavitud dorada, de la perrarina “Cbiva’s”, de mis baños perfumados y de mis seiscientas calorías mensuales, renuncié a mi vida de “canis agallutus” y volví a mi vida cacri.



TREINTA Y SIETE

Comencé a caminar de nuevo por todos los barrios. La muerte de Siballaba me alejó instintivamente de las zonas de Solano, Marakoa y Centro. Ahora pasaba días enteros al otro lado del aeropuerto, en el barrio Santa Lucía y en el barrio Orinoco, aquel que mi compinche Topo le llamaba pretenciosamente, “Beverly Hills”.

Con frecuencia acompañaba a Kunikuni Rivas o a alguno de sus hermanos en sus andanzas de pesca por el Orinoco. Con ellos reviví aquellas tardes que pasaba con Don Luis, Atabapo arriba. Son buenos pescadores los Rivas. Descienden de una familia procedente de una zona del Río Negro, en donde si no eres buen pescador y cazador lo pasas muy mal.
Emigrados hace muchos años a Atabapo recrearon en este barrio atabapeño las costumbres, tradiciones y fiesta de aquella Santa Lucía rionegrera, fundada por el viejo Trinidad Rivas.

El Orinoco es más generoso en pescado que el Río Negro y hasta Kunikuni, el más joven de los Rivas, cobró casi tanta fama de pescador como de embustero. A cada rato, si se descuidaba el interlocutor, lo veías contando con toda la seriedad del mundo cómo cazó aquel caimán que media más de 12 metros...
Sus hermanos eran más callados y se reían de la capacidad que tenía Kunikuni de inventar tantos embustes.

Salimos aquel día del Puerto de Tití como a las 11 y media. Nos dirigíamos a Caño Bocón, Orinoco arriba. La mañana amaneció lloviendo, lo que nos obligó a salir tan tarde. El bongo de los Rivas era un poco más cómodo que el de Siballaba, por lo que pude descansar más cómodo cerca de la proa. Iban de caza y pesca por varios días. Tal vez vieron en mí una pinta de cazador y como era amigo del cacri de ellos, me dejaron embarcar.
Habrían pasado dos horas de viaje cuando nos cruzamos con un bongo. Era una Comisión de la Guardia Nacional que transportaba un grupo de mineros hacia San Fernando. Saludamos desde lejos y no nos dijeron nada.
Una hora después, nos encontramos con otra embarcación que se acercaba. Otra comisión de la Guardia Nacional.
Nos desviamos un poco hacia el centro del río y seguimos nuestro camino. Estaríamos casi a unos 500 metros cuando se oyó un disparo de Fal. Comencé a ladrar desesperadamente pues me habían alcanzado en el cuadril trasero. Ladraba pero no podía moverme.
Julio sacó un cigarro, lo prendió y no me prestó atención. Creería que estaba peleando con su cacri. Al poco sonó otra detonación y Julio cayó al piso del bongo gritándole al hermano:
- ¡Me han matado! ¡Me dieron! ¡Me dieron!

Juan tomó el mando del motor fuera de borda y aceleró al máximo.
- Acelera, acelera. Vamos a casa — le decía Julio, cada vez más débil.
Juan quiso acercarse al bongo de la Guardia Nacional gritándoles que los ayudaran. Ellos seguían sin prestarle atención. Cuando vieron que nuestro bongo les estaba dando alcance, se pararon.
Uno de los guardias dijo:
- ¿Qué pasó?
- Uno de ustedes le disparó a mi hermano.
Se miraron los dos guardias. Los mineros que estaban con ellos observaban en silencio mientras los guardias hablaban entre ellos.
Juan apretó los dientes con rabia y aceleró el motor de golpe.
Julio perdió el conocimiento y cuando llegamos a puerto lo transportaron urgentemente a la Medicatura.
Julio estaba mal. Tenía el peligro de quedar inválido para toda su vida. Una avioneta lo trasladó inmediatamente al Hospital de Puerto Ayacucho.

¿Qué había pasado? Había dos versiones. La del Guardia que declaró que se le había disparado el Fal. Un caso fortuito. Se le escapó el tiro.
La de los testigos presenciales: los mineros que venían en el bongo de la Comisión, atestiguaron que el Guardia había apuntado y disparado dos veces hacia la embarcación nuestra. El primer tiro me alcanzó a mí y el otro a Julio.
Resultado: Julio camina en muletas todavía. El juicio está en marcha, pero como siempre, creo que todo pasará por debajo de la mesa.
Por lo que a mí me toca, en este pueblo no ha sido fundado aún el Comité de DD.CC. (Derechos caninos), y no pude recurrir ni a Sor María, la de DD.HH. ni a instancia alguna.
Resultado: La inmovilización casi total de mi pierna derecha hizo de mi caminar una cosa
ridícula.
La pierna no me servía de nada y la arrastraba impotente, como una rémora pegada al cuerpo. Tardaré mucho tiempo haciendo terapia para recuperarla.
Para un cacri la inmovilización era un tormento. Mi subsistencia diaria dependía de mis piernas. Mis piernas eran la garantía de mi independencia.




TREINTA Y OCHO

Pasó el invierno.
El Atabapo bajaba lentamente y se despedía de las orillas ocupadas temporalmente. Como siempre, bajo el fondo negro de sus aguas comenzaban a asomar las calvas de las primeras playas, y que en la creciente de garza se cubrirían otra vez, perdiendo las aguas el color ambarino.
Ahora entendía perfectamente aquello que me repetía Don Luis: “Inavi, ya pasó mi creciente de garza. Ahora, todo es bajada...”
Arrastrando mi pierna dolorida, me acerqué al puerto. Allí estaba aún volteada, la voladora que fue mi casa por muchos años. Los homínidos suben y bajan, charlan y gritan, pero ya no los oigo. Me encierro en mi mundo y pienso.
La vejez se aproxima. Me ganó la carrera. Me estaba invadiendo aquella misma depresión que yo no aceptaba en Don Luis: “esta vida ya no tiene sentido para mí.”
Era la hora de soledad del cacri.
Su canto a la eterna libertad desembocaba en un mar de dependencia que él siempre rechazó. O se rinde ante ella y se convierte en un perro faldero, cobijándose en una casa y aceptando un amo benévolo, vendiendo su libertad a cambio de un hueso diario, o acepta la bajada total en su vida y se pierde libremente en el cielo verde de la selva.
Ya no me queda otra opción. No puedo renunciar a la libertad, a mi filosofía de cacri, ni en la creciente ni en la bajada.
Mi vida vale más que un hueso...



EPÍLOGO

Iriavi arrastraba lentamente su pata trasera, entre un mar de arenas blancas dejando tras de sí, una línea ansiosa de eternidad...
Con los chips desconectados y la mirada turbia, observó en el cielo los círculos de los zamuros que planeaban cada vez más bajos...
La creciente de garza pasó... ¿sus huesos dormirían sobre esos blancos huesos de río que son las playas del Atabapo?
Enrollado como cuando uno tiene frío, a mitad camino entre la selva y el río, la luz decrecía, el paisaje se diluía y a lo lejos creía escuchar la canción del poeta de su vida callejera:

“Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza
en el hombro de la luna;
y le hablo
de esa amante inoportuna,
que se llama soledad,
que se llama soledad....”


FIN



San Fernando de Atabapo 27-06-2001

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